El bebé del Jefe

• ¿Y él piensa en cómo te podría hacer sentir? •

Mivi terminó de arreglarse; había pasado un tiempo sentada en el colchón, asimilando cada una de las palabras que había dicho, además de recordar que estaba lidiando con ese último tema de la conversación, que podía dar paso a algo más.

Si bien, estaba segura de que el método que había utilizado, no iba a dar los resultados que cada uno estaba esperando, no sentía que tenía que hacerlo todo por segunda vez; al menos no en ese momento y considerando que debía ir con su doctora, más por el tema de rutina, que por otra cosa.

A decir verdad, Farouh era el primer hombre de verdad que estaba en su vida; del pasado no podía hacer alusión, porque ni siquiera recordaba ese instante como algo a lo cual aferrarse o añorar. Si dependía de ella, no hubiese existido nunca ese escenario, no obstante, estaba consciente de que ni siquiera tuvo otra opción.

Lo quería a él y podía dejarlo en el espacio en el que se encontraba, porque de todos modos, estaba a gusto con su presencia, al igual que con todo lo que le iba enseñando en la unión de ambos.

Había deseado vivir parte de esa dinámica con alguna persona, pero nunca había llegado quien tuviera esa conexión tan única y sutil que experimentaba a su lado, desde lo profundo.

Tenía algo que ver con cómo se sintió la primera vez que llegó a ese sitio; era una persona sin conocimientos, sin ideas de lo que se trataba del todo su mundo y lo único que hizo con ella, fue sentarse y explicarle todo lo desconocido, hasta que diera pie al avance y aprendiera a poner freno en las cosas que lo ameritaban.

La primera vez que lo supo casado, ni siquiera reaccionó a la noticia. Estaba en su mundo, sin pensar en él como algo más; lo que sí podía asegurar en lo interno, era que había apreciado cada segundo que le dio, cada minuto que tomó para verla, e incluso, cada ocasión en que la hizo sentir parte de su vida laboral y de su empresa, sin segundas intenciones de por medio.

Aun así, no iba a pasar por alto el hecho de que en algún punto, lo que se había formado dentro, terminó haciendo inclinación hacia un estado del que no tuvo entero conocimiento; pensaba que lo experimentado, tenía que ver con lo que él le entregaba sin temor alguno, no obstante, supo que no estaba bien ese día, por lo que decidió echar un poco atrás.

Su distancia comenzó de manera mental y aunque siempre lo llamaba 'señor', las veces que decía su nombre en alguna oración, se fueron acortando; no tuvo más remedio que ser franca consigo misma. No iba a pasar nada entre ellos, mucho menos al estar unido a una mujer a la que estaba segura, amó de muchas maneras; por eso, y aunque se le hizo insípido, no quiso buscar salir con los pretendientes que mostraron cierto interés en ella, incluso en medio del trabajo.

No hizo perfiles de cita, no fue a una ronda de conocer personas a ciegas, no leía nada que tuviera que ver con el amor y se enfrascó tanto en su trabajo, que hasta dejó de salir consigo misma.

Eso la hizo sentir mal de alguna forma y lo comprendió, porque estaba perdiendo su vida de manera indirecta, por alguien que no conocía sus sentimientos y que no se sentía mal por lo que estaba atravesando. Fue cruel e injusta, aunque dejó de serlo con el paso del tiempo.

Volvió a su rutina y a pesar de que los paseos consigo bajaron, no dejó de apreciar sentarse sola en una banca, sentir la nieve caer sobre su enorme suéter o ver a pequeños jugar en el parque cercano, con sus madres alrededor.

También había optado por ser menos encerradiza; de las cosas que cocinaba, le hacía llegar a sus vecinos, a los que sabía que le intrigaba y si acaso, tomaba asiento con ellos para oírlos hablar de cualquier cosa que se les ocurriera soltar.

Eso la mantuvo a flote, en un equilibrio, permaneciendo discreta, e igual de fiel a su labor, como cuando empezó en el edificio, logrando que las emociones volvieran al espacio que les correspondía, pudiendo trabajar con él como un equipo, junto con los demás.

Suspiró, estirando la camisa para dejarla dentro del pantalón deportivo, buscando un saco de los que compró, para colocarlo encima.

Llevaba el suelto cuando salió del piso, cargando los pedazos de lasaña que había sacado para cada guardia, luego de haberlos calentado de la manera tradicional, porque tampoco le gustaban los microondas.

Su sonrisa se borró al ver que solo uno de ellos estaba presente en el espacio; miró a todos lados, llegando hacia el más robusto y pequeño, quien permanecía con algo de congoja en el rostro, viendo a otro lado.

—Buenos días—emitió, intentando poner algo de energía en el escenario.

—¡Buenos días, señora-ah!—Gritó, dando un salto ante su respingo, pareciendo asustado de verla.

Maeve parpadeó, intentando recuperar la audición a causa de su grito, con las manos elevadas en su dirección.

—Ay, perdón—murmuró, bajando la guardia en cuanto liberaba sus palmas del regalo—. Es que estoy aburrido—abrió un lado del recipiente cristalino, hundiendo el tenedor para probar el pedazo de forma estrepitosa—. Dios mío, está deliciosa—habló el chico, llenas sus mejillas con el manjar—. ¿Le sobró un poco más? Para mi amigo, porque esto no va a dar—la mujer estiró los labios en una sonrisa. No tenía otra cosa que hacer, aparte de verlo atragantarse con el aperitivo que había hecho de cena, asintiendo de modo repetitivo hacia ella, cada vez que probaba.




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