Ni siquiera supo cómo entró a su casa debido a la tensión, pero agradecía el hecho de cómo ocurrió ese pequeño milagro, al saber las llaves regadas en otro lado del piso, porque se le hacía más fácil dejarlas ahí, que tener que tomarlas de nuevo y pensar en salir.
No estaba preparada para volver a verlo, después de esos días; ni siquiera era que no deseaba ayudarlo, no obstante, la había abrumado con su presencia en un momento inesperado, porque apenas se encontraba asimilando el cambio médico en el que no había pensado del todo.
Dejó pasar el calentón de su estómago, logrando que la bilis volviera a su lugar, porque no iba a sacarlo todo afuera, considerando incluso que tampoco había pensado en comer para su hora de almuerzo.
Recién esperaba estar en paz en casa de Farouh para pensar en eso, lo que no llegaría a ser posible, al estar escondida de ese hombre a quien pocas veces podía nombrar como su padre.
No ignoraba que en su momento se hizo cargo de ella cuando vio que su madre no volvería, la cosa era que no fue la figura que esperó por años en el tiempo que crecía y conocía de la vida; él se encargó de ser todo lo opuesto a lo que necesitaba, hasta que no pudo escapar de la única forma de salida que tuvo en frente, al tener que tomarla, por encima de su decisión.
Pegó la cabeza del material, con las piernas encogidas hasta el pecho, abrazada de ellas en lo que veía su alrededor; podía sentir el calentón que llenaba el sitio, además de la sensación de haberlo extrañado.
Aun si no habían sido demasiados días fuera de su hogar, no negaba el hecho de que siempre le hacía falta.
Ese apartado se convirtió en su lugar seguro; en otros lados, no encontró la conexión necesaria para quedarse, por mucho que fueran buenos, hasta que llegó a esa parte alejada de la ciudad, un sitio que parecía solitario para la gente del otro extremo, aunque para ella fuera un paraíso y un escape, donde creyó que nunca la iba a encontrar.
A pesar de sus cambios, lo hizo y no quiso preguntarle cómo lo logró; tenía el modo de hacer contacto de dudosa procedencia, cosa de lo que se dio cuenta el tiempo que pasaron en esa casa. Él siempre buscaba ganar de alguna forma, así que todo lo que pudiera ofrecer a cambio de otras cosas, lo conseguía por su cuenta.
—Hija—cerró los ojos, habiendo pensado que no estaba ahí, lo que casi comenzó a llenarla de alivio—, sé que no fui el mejor padre. Fui la peor persona y el peor resultado que pudiste tener en la vida—asentó, contra el objeto—, pero no te pido más que eso. Ni siquiera vine por dinero—lo escuchó más abajo, como si estuviera a su distancia, contra el material—. Tal vez no es eso lo que quieras, pero desde la rehabilitación, he estado ahorrando para darte lo que no pude en el pasado—tragó, girando para ver que pasaba el fajo de billetes por debajo de la puerta, sin siquiera atreverse a tocarlo—. Quiero un auto también, solo que debo probarle al sistema que soy competente con lo que hago y hablé de nuestra relación, que no es buena, pero necesitan a alguien que me apoye—continuó—. Tú eres todo lo que tengo, Maeve—limpió su rostro, viendo el frente, de brazos cruzados al desear no oírlo.
—No me tienes—susurró, sin nombrarlo como antes—. Me perdiste—farfulló, con las palmas temblando al quedar de pie, yendo al baño con desesperación para limpiar sus facciones junto a sus manos.
El agua fría la hizo pensar en otra cosa.
Quería solo asimilar que era su primera, aunque no la única, inspección de rutina que iba a comenzar a hacerse.
No es que lo viera como un logró, sin embargo, algo dentro suyo se sentía bien con ese escenario, porque un hombre a quien de verdad quería en su vida, había optado por fijar sus ojos en los suyos, como no creyó que pasaría.
Estaba siendo sincera consigo misma y al saberlo, seguía consciente de que no habría deseado a nadie más; no lo habría buscado tampoco, puesto que en sus planes no rondaba nada de eso, aun si la elección podía tornarse algo correcta.
Se lavó los dientes, saliendo despacho del lugar, quedando descalza para que no escuchara siquiera sus pasos, metida en la cama donde se acurrucó.
No quiso ser distinta con la doctora, ante cualquier cuestión; la verdad, pensar en un embarazo o en un cambio en su vida, no le causaba un estado de miedo repentino; no cuando ya había elegido dejarlo entrar, a pesar de los temores por las circunstancias del trabajo.
Iba a continuar siendo su empleada e iba a trabajar de la misma forma que lo hacía antes, porque lo que ocurría, no ameritaba ningún cambio en sus horarios, ni en sus tratos, a pesar del descanso que le dio.
No era una necesidad, aún así, estaba agradeciendo que su hombre tomara esa decisión, porque de haber estado en el trabajo, se le iba a hacer necesario un pequeño descanso para asimilar los nuevos hechos, tomando el tiempo necesario consigo, que no podía atravesar con bien en ese instante.
Suspiró, boca arriba un segundo, para luego recuperar su estado, sin volver a oírlo y sin escuchar sus pasos.
No estaba segura de que hubiese partido, ni tampoco intentó recoger el dinero donde lo dejó con algún objeto largo; quizás solo decidió quedarse contra la pared o echado en el suelo, firme en una esperanza que no iba a llegar.
Parpadeó, cansada, metiendo uno de sus brazos bajo la almohada en lo que veía la mesita a un lado de la cama, colocando sus pertenencias en el espacio al pensar en cómo dejó caer ese vaso, sin tener alguna opción.