Farouh
Cierro la puerta, recibido en la calma que llena el espacio al no encontrar su presencia de inmediato; inspiro el aire, consciente de que a pesar de ello, todavía me acompaña, captando en el borde izquierdo de la cama, el rastro de un bolso que descansa en el suelo, girando para verla sentada en el colchón.
Apenas levanta la cabeza en cuanto la veo, dándole el frente en lo que deshago el nudo de la corbata, aligerando la sensación de asfixia con la que estuve lidiando durante el día, por el simple hecho de no tenerla cerca.
Cuelgo el saco en el recibidor, acompañado del maletín y la tela, descansando los hombros al soltar los botones de las muñecas en la camisa, posando la atención en mi compañera.
—Buenas noches—saludo, llevando el trago hasta el fondo de mi garganta, metido en el sitio para verla desde su lugar—, perdón por llegar tan tarde—murmuro, consciente de la hora, porque es un poco más allá de las ocho en punto y ni siquiera tuve tiempo de avisarle que me iba a quedar a ordenar algunas cosas en la empresa.
En realidad, creí que iba a hacerlo rápido, incluso antes de que todos dejaran el piso de trabajo que cada uno comparte conmigo; la cosa es que no quise dejar más labores atrasadas de las que todavía tengo, considerando que por ahora, no tengo la ayuda que necesito debido a los días libres que le entregué.
Además, de alguna u otra forma, supe que llegar temprano iba a ser una desventaja, sobre todo después de los mensajes que me envió con respecto a estar cocinando en casa; por lo que sé, e incluso siento, no ha ocurrido nada de eso, ni he experimentado inspirado la sensación de uno que otro olor nuevo en la estancia.
Lo que hizo, fue despistarme un poco de lo que sea que pasó en lo tuvo de día, lo que es algo que no pienso cuestionar, a menos que quiera hablarlo con la libertad que se merece, porque entiendo si todavía no está lista.
Por el momento, lo de ambos es apenas un intento de lo que sí y de lo que no podemos mezclar, e incluso hablar, por lo que prefiero prestarle la atención y el tiempo que necesita con tal de dejar las cosas en el orden que requiere para su vida.
—¿Tienes hambre?—Niega, mirando apenas mis manos en el regazo, al estar con las piernas juntas en el espacio, todavía de brazos cruzados.
—Llegué hace poco de la terapia—formula, bajo, con la vista en mis dedos sobre el colchón—. Sé que sabes que no cociné nada.
—Lo sé—auguro, buscando conectar con su mirada—, pero también sé que no quieres hablarlo—me ve, despacio, al tiempo que encojo las piernas a mi alrededor.
—No estoy lista—susurra, tragando de a poco, al inspirar profundo la confesión.
—Estaré aquí cuando lo estés—musito, recibido en el roce de sus yemas con las uñas de mis dedos, atraído despacio hacia su presencia, donde busca que la cubra, rodeada por mis brazos en cuanto queda entre la unión de los dos.
Inspiro, besando su sien en la calma que nos embarga, aunados en el roce al sentir que sus manos aferran mis muñecas ante la búsqueda de un poco de calor.
Me permito estirar uno de mis brazos para acomodar la calefacción a una temperatura de su gusto, enredados en el instante donde descansa la cabeza sobre mi hombro, afianzada a esa esquina.
Contemplo el área, que definitivamente ya no es la misma, a pesar de que todavía no ha ordenado que traigan los muebles de los que me habló, seguro de que todo con ella ha logrado pequeños cambios que noto alrededor; todo parece estar simple, no obstante, su presencia hace que sienta algo distinto en el lugar, afianzando el hecho de que ya no siento ningún rastro de soledad.
Me calma la idea de que compartimos espacio, sin importar que no haya un beso, ni terminemos enredados entre las sábanas, gustando de que su presencia se inmiscuya haya en lo más simple de la casa, como lo que trajo en la bolsa que está cerca del reposo.
Parte de lo suyo, ha hecho presencia en este sitio, por encima de que sean muchas o pocas cosas lo que sea que haya traído a este lugar; el punto es que se sienta parte de lo que tengo, que entienda que una parte de mí la quiere por completo conmigo, aún si sé, que ella va a su ritmo. De todos modos, no pienso obligarla a hacer lo que no quiere, ni desea, y si un día de esta semana despierta queriendo irse a casa, no voy a ser yo quien le quite el poder de decisión que todavía carga.
La quiero y aprecio el desastre que me ha hecho y en lo que me ha convertido, por lo que no pienso oponer resistencia a nada de lo que ocurra entre los dos, mucho más, si todo eso termina obrando para nuestro bien.
—Farouh—murmura, ya con las manos un poco más tibias, aunque sin soltar el agarre que nos ata.
—¿Sí?
—¿Cómo estuvo el día?—Exhalo. El simple hecho de hacerlo despierta en ella la capacidad de burlarse de mí, o de mi gesto, en realidad, queriendo castigarla de una manera a la que no hemos llegado, aunque tampoco me preocupa si eso no llega a pasar.
—Horrible—la hago reír, afianzado al sonido de su pecho que resuena un poco, descansando más la espalda en la pared—. No es lo mismo cuando no tienes secretaria.
—¿En serio? No me diga—farfulla, girando el rostro hacia mí—. Porque si algo tengo entendido, es que usted decidió darme cinco días libres; no, una semana, cuando tres días eran suficiente—augura, posando la vista en su expresión. Parece más vivo ahora, risueña, con la capacidad de iluminar una calle completamente muerta y sumida en la oscuridad, solo por ese gesto en ella.