.
.
Camino al auto antes que no pueda resistir y volver para acompañarla, inquieto por el simple hecho de tener que dejarla sola.
No quiero hacerlo después de lo que pasó, no tengo los mejores pensamientos debido a lo que vivió, porque no sé si podrá sentirse bien o tal vez usada ante lo que hicimos, si no permanezco a su lado como su hombre, a quien de entregó y con quien no tiene nada que se asemeje a lo que pudo ocurrir le hace años.
Metido en el auto, me cuesta encender el motor, a pesar de que tengo las manos sobre el volante, todavía detenido en lo que veo que los mensajes aumentan en la pantalla del teléfono, con los empleados curiosos de saber si estoy llegando o de plano, he decidido no asistir hoy al despacho.
De todos modos, podría hacer el trabajo remoto, si no fuera por la reunión donde quiere ordenar las cosas con ese hombre, con quien ahora me arrepiento de darle paso a hacer un segundo trabajo, por mucho que no piense perder la oportunidad de que todo esto salga bien.
Suspiro, cediendo a lo que mi alma pide a gritos en lo que salgo del móvil, ignorando al guardia que viene hacia mí para saber si algo me ocurre, decidido a ir por mi mujer en lo que llego al piso que me corresponde.
Apenas estoy saliendo cuando la vecina del fondo entra, recibido en el olfateo de su animal, quien me ve como si me reconociera de algo y a quien le hago una señal de adiós con las manos, mientras pienso que me devuelve el gesto, pasando de su dueña a quien temo ver a los ojos.
No estoy seguro de que pueda escuchar lo que ocurre, pero tampoco quiero correr un riesgo innecesario de tener que lidiar con una expresión desaprobatoria o una mueca que no estoy esperando de ninguna forma.
Exhalo, abriendo la puerta en el desespero, nervioso, viendo que permanece de espaldas, como si estuviese a punto de llegar al baño, con la prenda de cama rodeando su frente, antes de soltar el teléfono en la mesita.
Levanta la cabeza, extrañada al ver mi figura desde el espacio, hundiendo el ceño en lo que me observa, sin girar demasiado, todavía cubierta.
—¿Qué estás haciendo aquí?—Demanda, pasando saliva en lo que veo toda su complexión, no porque quiera estar con ella de nuevo, ni por el deseo en sí, sino porque necesito verla a los ojos, con sinceridad, para que note lo desesperado que estoy con el solo gesto de pensar que voy a dejarla sola.
—No puedo—arruga la frente, inspirando para hablar con claridad—. No puedo irme, no quiero dejarte sola—reconozco, sincero, notando que abre sus labios en el cambio de su expresión al bajar un poco la guardia cuando lo entiende.
—Farouh—toma el teléfono para ver la hora—, son las diez y treinta y cuatro de la mañana—formula, dejando el aparato en su lugar, con la pena de verme así—. Estaba yendo a darme un baño, para...
—Ven conmigo—decido, cerrando al fin en lo que doy un paso, sin ir hacia ella.
—¿Qué? Estás loco—sacudo el rostro, atento.
—Solo ven—niega, evitando que siga por ese lado.
—No. No está bien, Farouh—habla, consciente—. Además, fue tu decisión darme cinco días libres; y no es que no quiera, es que no se puede—encoge los hombros—. No estoy protestando, no te he llamado porque estoy cansada de no tener que hacer nada en casa; no hay justificación válida para eso y no quiero mentir más si no se ha acordado, ni se han cambiado las cosas de la manera en que se puede hacer, de verdad—exhibe, pensando un segundo en lo que habla, mirándome de lleno—. Mira que tampoco lo hicimos bien el lunes y me imagino que la pasaste mal por eso—continúa, haciendo que caiga en cuenta de la verdad, porque inventé una excusa bastante detallada para personas que nunca habían escuchado decir nada así sobre Maeve, y si acaso, alguno de los empleados, a menos que fuera necesario decirlo en ese punto—. Ve tranquilo; te prometo que estaré bien.
—Es que no—declaro, sentado en el reposo, donde luego me acompaña, viéndola a un lado—. Pensé en darte la oficina que nadie usa o llevarte por algo, no lo sé, un invento para que te sientas bien y en libertad—comento, bajando el rostro en lo que uno sus índices con los míos, pegando los hombros—. O tal vez, que vengas conmigo y luego le digo a Francis que te acerque de nuevo aquí—la enfoco, atento a su mirada que sigue conmigo—. Por favor—pido, con las manos unidas un poco más—. Estoy seguro de que no va a pasar nada malo, solo no quiero irme solo, después de lo nuestro. Te necesito conmigo, Maeve Darbney—emito, recibido por su beso en la mejilla al pensar en tomar una decisión.
—Está bien—libero el aire, feliz y emocionado, a pesar del tiempo que se tomó en hablarlo, por lo que iba atando de a poco en su cabeza—. Iré contigo y vuelvo.
—¿Sí? ¿En serio?—Sonrío, observando que sonríe del mismo modo, dándole un beso que la tumba sobre el colchón.
—Sí, mi amor—estiro las comisuras aún más, perdido en el encuentro de sus labios en lo que atrapa con sus dedos mi hombro, encantado por su expresión.
—Me dijiste mi amor—Mivi sonríe, devolviendo una nueva ola de vida contra mí, al no poder escapar de sus brazos, cubierto por el edredón y el instante de entrega que nos envuelve, entre risas, lejos de las prendas que me separan de su piel.
Cada uno se recibe, probando su boca donde me auno en medio de sus roces, atrapado por sus palmas que yacen dejando marcas en mi piel.