El bebé del Jefe

• Ahora siempre quiero estar en casa •

Maeve descansó la espalda contra la puerta, intentando no pensar en cómo podía percibir sus pasos a lo lejos, atenta al cierre de las puertas en el ascensor en cuanto pudo bajar la cabeza.

El nudo se le plantó en la garganta, sintiendo un poco del peso de la soledad, que si bien se habia disipado antes en su presencia, e incluso cuando creyó que ya estaba de camino al trabajo, no quiso soltarla de forma completa, al recordar lo que había sucedido horas antes.

Pensar en que pudo manifestar esos síntomas inconscientes, le hizo ver que de algún modo, todavía era vulnerable a la situación que vivió; por mucho que pudo haberlo intentado, no fue suficiente colocar esa barrera entre la circunstancia del pasado y su presente. Su Psicóloga se lo había advertido desde que tomó la decisión de estar sola.

No había ignorado el hecho de que en ocasiones tuvo pesadillas, a pesar de que dejaron de ser recurrentes cuando aprendió a aceptar su realidad. En ese tiempo, cambió de trabajo, compaginando su vida con los movimientos de Farouh y todo lo que la hacía evitar pensar en que estaba sola y en que la figura que más le importó en su momento, fue quien la dañó.

Tenía que admitir que los encuentros con él no eran tan intensos como en la realidad; si acaso pasaba a saludar, al menos hasta que encontró ese trabajo y desde ahí, no hubo forma de alejarlo de su vida.

Había pensado en que era su intento de disculparse, de volver a tener acceso a esa figura que nunca cuidó como debía, la cosa estaba en que era demasiado tarde y no quería volver atrás, no como cuando se atrevió a pensar que habría un cambio, que incluso él podría recapacitar.

A pesar de todo, eso nunca llegó y tuvo que hacerse a la idea de vivir por encima de los escombros que hizo de su existencia; por eso se aferraba tanto a su privacidad, a no invadir espacios ajenos, a no estar con nadie que no conociera bien, lo cual era una razón para haber aceptado a Farouh.

Él no la veía como un bicho raro, ni siquiera la vio como una mujer con la que estar o en quien buscar beneficios; desde el primer segundo en que la vio, notó respeto, curiosidad por lo torpe que fue al inicio por no saber nada de su mundo, admiración por verla crecer en las cosas que para otra, pudieron ser menos sencillas, aunque su capacidad de aprender rápido la salvó.

Y ahora estaba en ese punto, compartiendo algo más que nunca creyó posible, aun cuando se había hecho a la idea de que no iba a pasar, por mucho que sintiera algo por él en lo hondo de su pecho.

Sin duda, no estaba lista, al menos no para creerlo, porque de manera parcial tenía que aceptarlo, solo que no tenía idea de cuándo eso comenzó a hacer mello en el interior de ese hombre; lo que sí podía rescatar es que no lo sintió como un desconocido la primera vez que estuvieron juntos.

Él supo cómo leerla, cómo hacerlo todo de acuerdo al instante; no necesitó demasisas palabras y ahora ya estaba en su espacio, en un lugar ajeno, en un entorno distinto, compartiendo la cama con un hombre que no sabía si iba a elegirla, después de que eso terminara. Porque estaba segura de que eso iba a pasar. Tal vez no por su sueño, ni por manchar las rosas de cama, sino porque él era su jefe y no siempre salía algo bueno de ese tipo de relaciones.

Aun así, no quiso ignorar que tenía esperanzas, no obstante, su deseo era que nada del pasado volviera a atormentarla. No ansiaba volver a sentirse extraña, amenazada, con una sensación de poca seguridad y descontrol como lo experimentó al volver a casa.

Farouh tenía un control, uno sano, sobre su vida, pero no lograba echar a un lado el hecho de que el síntoma había regresado y él pudo detectar a tiempo incluso el no querer estar sola, sabiendo que eso iba a carcomer su cabeza de forma profunda.

Respiró, sentada en el colchón, con las manos sobre el rostro al meditar en todo aquello que poco a poco la hizo sentir abrumada; no tenía claro que fue una sobreviviviente después de lo ocurrido, lo que sí tuvo presente fue que esas heridas iban a encontrarse dentro de sí por mucho tiempo, aún si no estaba dispuesta a dejar que gobernaran en lo que construyó nuevo en su existencia.

No pensó que la culpa o la vergüenza iban a sacarlo por el simple hecho de estar viviendo una vida íntima, plena y diferente, a pesar de que todavía no se sentía completamente lista como para mostrarse a él.

Le costaba soltar esa tela, incluso dejar que entrara en ella, porque aunque sentía mucho por ese hombre, también resentía el hecho de estar herida.

Por lo mismo, no quiso dejar las terapias, por encima del tiempo que ya llevaba con esa mujer; noneran amigas, pero la necesitaba, incluso para poder contarle esa reacción que no esperó, pero de la que hablaron al ver el trasfondo de su daño.

No solo podía llegar a lo mental, su cuerpo iba a mostrar eso que tanto le afectó con los años y que lo hiciera junto a Farouh, no la llenó de paz, sino de una incertidumbre que él no tenía cómo opacar, ni siquiera sabiendo por dónde iba el rumbo de lo que había en su cabeza.

Exhaló, mirando sus manos en el espacio al juntarlas en medio de su vientre, intentando darse un abrazo al estar inclinada.

No quiso permanecer demasiado en el lugar, tan solo sentada, sintiendo que el peso de su cabeza era demasiado, por lo que caminó al baño donde lavó su rostro, antes de decidir tomar una segunda ducha; era la única forma de sentir que podía retomar el control de sus sentidos, cerrando los ojos bajo el grifo al no olvidar lo que había pasado y cómo todavía quería a ese hombre consigo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.