Se tomó su tiempo para apagar la estufa, dejándola probar los frutos en lo que tomaba asiento en la silla que había sacado antes para hablar con él, acomodada en frente al verlo servir los platos, bajo la calma.
No tardó en notar la forma tan delicada en que hacía las cosas en su presencia; su compañero parecía más interesado en hacerla sentir bien, cuidarla, dejarle en claro que estaba bajo su cuidado y que no tenía razón para desconfiar de sus intenciones, ni de lo que quería incluso hablar con ella.
Por eso entendía un poco más la sensación tan natural que había ocupado la estancia minutos atrás; no solo era el aroma de lo que hacía en la cocina, ni el perfume abarcado por su presencia; se trataba de lo que permanecía ahí, de lo que le había dado durante su sueño, al encontrarla bajo el edredón, sin querer que despertara.
Para ser sincera, tampoco había reparado en la temperatura, ni en el cambio del termostato al nivel habitual mientras estaba durmiendo; el espacio seguía templado, como si pudiera tiritar durante mucho tiempo, aunque justo ahí no podía sentirlo tanto.
El caliente de su piel todavía estaba sobre sí, eliminando los pequeños temblores que casi siempre la acogían por dentro y eso era parte de lo que le gustaba, que él fuera su lugar seguro, uno que en el pasado no pensó siquiera tener.
Sin duda, Farouh se estaba convirtiendo en algo, mas bien, alguien con quien contar y a quien aferrarse, lo que de algún modo hacia que su corazón se disparara, porque no tenía idea de si las cosas iban a ser lo suficientemente firmes como para seguir juntos o si todo iba a cambiar en un momento.
No quiso pensar demasiado en ese instante, alejada de los pensamientos al ver su plato más cerca en cuanto lo tuvo de frente, probando un poco del caldo en el segundo.
—Se ven muy bien—señaló, encantado.
Giró el rostro hacia el lugar que veía, sintiendo el roce de su palma en su mejilla al volver la mirada hacia su compañero.
—Tú también—murmuró, bajo su tacto, liberando los labios en cuanto sus dedos rozaron la piel, estremecida por el picor que pareció llenarla igual que el calentón en sus mejillas, bajando un poco el rostro.
Dejó un beso en la yema de su dedo, descansada en la palma que dejó para ella, disfrutando el contacto, antes de comenzar a cenar.
El silencio reinó unos minutos donde pudo ajustar el sabor a lo que su paladar le pedía, comiendo con gusto en tanto Farouh la vio, intentando ocultar el agradecimiento de su estómago por haber pasado algo de hambre.
Lo único que pudo hacer fue verlo sacudir la cabeza, estirando las comisuras por su decisión, consciente que no había forma de cambiar a esa mujer que tenía consigo, porque era justamente parte de lo que le gustaba de ella.
—Mivi—emitió, sobre su vista.
—¿Uhm?—Dejó la cuchara, fijo en ella.
—Acertaste en la elección—indicó, volviendo a ver los muebles, captando cada detalle presente.
—Gracias—habló, recibida en el beso de su dorso, unidos sus dedos con los suyos al continuar—. Yo..., quería decirle..., decirte algo.
—Dime—la mujer lo notó, directo.
—A pesar de cómo surgió el trabajo, no deja de ser bueno—soltó—. Aún si Fowles es un socio medio extraño, porque está solo, pero es lo que haces, es como ayudas y es tuyo. Es tu proyecto, al final de cuentas y va a dar resultados. Estoy segura de eso.
—¿Sí?
—Síp—acotó, conectada a ese vistazo tan extraño que le dio, removida un poco por el brillo de sus ojos ante la mención que pareció haber disfrutado.
—Lo dices ¿porque?—Encogió los hombros, a punto de hablar—. ¿Porque nos vamos a casar ahí?—Preguntó, a pesar de notar un tinte de broma en su voz.
Maeve tragó, retirando la mano en cuanto una tos seca liberó su garganta, fijo en su expresión al acercarse, dándole un poco de agua para que se calmara.
La observó, revisando su rostro e incluso dentro de su boca por si tragó algo de la sopa que le hizo mal, recibido en la calidez de su palma alrededor de su muñeca, dándole algo de tranquilidad.
—¿Estás bien?—Indagó, avergonzado, con el sostén de su mano, mirándola con atención.
—Sí.
—Perdón. No debí decir nada de eso—suspiró, inquieto.
—No—lo vio, seria—. No dijiste nada malo—afianzó, pegada al espaldar en ese beso que dejó en las almohadillas de su mano, llevando caricias a su cintura.
—Fue algo tonto—Maeve negó, de pie, quedando casi a su altura en lo que dio un paso hacia él, sostenido su rostro entre sus manos.
—Entonces serías mi tonto—afirmó, bajo, prendada a sus ojos.
Lo contempló un poco, tocados despacio al saborear juntos el instante, logrando estirarse un poco hacia él para darle un beso que sabía, cada uno estaba necesitando.
Lo aprobó, captando en su vientre una sensación de picor, emocionada por la forma en que la recibía, aunada alrededor de su brazo en cuanto sus brazos pudieron envolver su cintura.
No tardó mucho en levantarla, dejando el espacio de la encimera libre, con el llamado ardiendo de a poco en cada rastro de sus venas, conectados al instante donde se guió al borde, elevando sus brazos un segundo.