El Beso

Capítulo 1 - La Sombra Junto Al Fuego

Aún quedaba bastante luz en el exterior cuando Brantain llegó a casa de los Vannier.

Era una de esas tardes en que el día parecía resistirse a terminar.

El cielo conservaba un tono dorado detrás de las copas desnudas de los árboles, y las fachadas de las casas de la avenida recibían los últimos reflejos del sol.

Los carruajes pasaban de vez en cuando sobre el empedrado húmedo, levantando un rumor apagado que se perdía entre las paredes elegantes del vecindario.

Dentro de la casa, sin embargo, la tarde parecía mucho más avanzada.

Las cortinas del salón estaban corridas y la única iluminación provenía de una lámpara colocada sobre una mesa lateral y del fuego que ardía lentamente en la chimenea.

Los leños, demasiado húmedos, despedían un humo ligero y producían una llama irregular que a veces iluminaba los muebles y, un instante después, los devolvía a la oscuridad.

Brantain había terminado sentado en uno de los rincones menos iluminados.

No había elegido aquel lugar deliberadamente.

Nathalie le había señalado el sillón al entrar y él lo había ocupado sin protestar.

Pero después de unos minutos comprendió que la sombra le convenía.

Desde allí podía observarla.

Y, sobre todo, podía hacerlo sin sentirse observado.

Nathalie estaba sentada junto al fuego.

Tenía un gato gris acomodado sobre el regazo y acariciaba distraídamente su pelaje mientras hablaba de una recepción que tendría lugar al final de la semana.

—Dicen que la señora Mortimer ha invitado a más de cien personas.

Comentó.

Brantain asintió.

—Eso escuché.
—Será insoportable.
—Entonces supongo que no irá.

Nathalie levantó los ojos hacia él.

—Naturalmente que iré.

Brantain sonrió.

—Entonces no debe ser tan insoportable.

Ella dejó escapar una risa breve.

—Una cosa no tiene nada que ver con la otra.
—Creía que la gente evitaba aquello que consideraba desagradable.
—Eso sería un lujo.
—¿Un lujo?
—Desde luego. Hay muchas cosas desagradables que uno está obligado a soportar.

Brantain inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Las recepciones, por ejemplo?
—Algunas recepciones.
—¿Y algunas personas?

Nathalie sostuvo su mirada durante un momento.

—También.
—Espero no pertenecer a esa categoría.

La sonrisa de ella apareció lentamente.

—Todavía no lo he decidido.

A Brantain le pareció que el corazón le golpeaba con una fuerza ridícula.

Habría querido responder algo ingenioso.

Algo que la hiciera reír de verdad.

Algo que demostrara que él también era capaz de desenvolverse en aquella clase de conversación ligera que Nathalie parecía dominar sin esfuerzo.

Pero no encontró nada.

Nunca encontraba nada.

Había hombres que podían llenar una habitación solo con entrar en ella.

Hombres que poseían esa facilidad misteriosa para decir la palabra correcta en el instante preciso, para provocar risas, conquistar miradas y hacer que incluso una trivialidad pareciera interesante.

Brantain no era uno de ellos.

Lo sabía.

Y sospechaba que Nathalie también.

Era un hombre de facciones comunes, de movimientos algo rígidos y conversación directa.

No era desagradable, pero nadie lo habría descrito como atractivo.

En cualquier reunión se lo podía encontrar junto a una pared, escuchando más de lo que hablaba, con una copa intacta entre las manos y una expresión ligeramente incómoda.

Sin embargo, cuando Nathalie estaba presente, hacía el esfuerzo.

Siempre lo hacía.

Durante las últimas semanas había aprendido los nombres de personas que no le interesaban, había asistido a fiestas que prefería evitar y hasta había soportado conversaciones interminables sobre vestidos, caballos, música y viajes solo porque existía la posibilidad de permanecer algunos minutos cerca de ella.

Nathalie lo sabía perfectamente.

El gato se movió sobre su regazo y ella acomodó una de sus patas.

—¿Usted irá a la recepción?

Preguntó.

—Si usted va.

La respuesta salió demasiado rápido.

Brantain lo lamentó en cuanto la pronunció.

Nathalie, en cambio, pareció divertirse.

—Qué respuesta tan peligrosa.
—¿Peligrosa?
—Podría hacerme creer que tiene usted interés en verme.

Brantain sintió que se le calentaba el rostro.

—No creo que eso sea ningún secreto.

La mano de Nathalie se detuvo sobre el lomo del gato.

Durante unos segundos no se escuchó otra cosa que el crepitar del fuego.

Luego ella volvió a acariciar al animal.

—No.

Dijo suavemente.

—Supongo que no lo es.

Brantain apartó la mirada.

Aquella conversación había llegado más lejos de lo que había previsto.

Había imaginado aquel momento muchas veces.

Durante noches enteras.

Se había preguntado cómo comenzar, qué palabras utilizar, si debía hablarle en una visita como aquella o esperar una ocasión más formal.

Incluso había ensayado frases.

Todas le parecían absurdas ahora.

Nathalie, por su parte, conocía perfectamente el efecto que había causado.

No necesitaba verlo con claridad para imaginar su expresión.

Brantain era transparente.

Aquella era una de las cosas que más apreciaba en él.

Un hombre como Brantain podía ser torpe, sí, pero también resultaba predecible.

No ocultaba demasiado.

Sus intenciones aparecían en su rostro mucho antes de que consiguiera expresarlas con palabras.

Nathalie había descubierto hacía tiempo que aquello era una ventaja.

Ella había conocido hombres mucho más interesantes.

También hombres más atractivos.

Hombres capaces de bailar durante horas, contar historias fascinantes y dirigir hacia una mujer esa clase de sonrisa que podía hacerle olvidar momentáneamente todo sentido común.

Brantain no poseía ninguna de aquellas cualidades.




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