Brantain permaneció de pie junto al sillón.
No dijo nada.
No parecía capaz de hacerlo.
Durante unos segundos, la habitación quedó suspendida en un silencio tan completo que Nathalie pudo escuchar el leve golpeteo de una rama contra uno de los cristales.
Harvy fue el primero en apartarse.
La seguridad habitual de su rostro se había quebrado.
Miró a Nathalie.
Después a Brantain.
Luego otra vez a Nathalie.
—No sabía que estabas acompañado.
Nathalie no respondió.
Brantain bajó la mirada.
Tenía las manos rígidas a ambos lados del cuerpo.
—Señor Brantain...
La voz de Nathalie salió más débil de lo que había pretendido.
Él reaccionó al escuchar su nombre.
Se inclinó hacia el sillón, recogió el sombrero que había dejado sobre una pequeña mesa y lo sostuvo entre las manos.
—Creo que he permanecido demasiado tiempo.
—No.
Nathalie se puso de pie.
—No, por favor. Espere.
Brantain evitó mirarla.
—No es necesario.
—Sí que lo es.
—No creo que haya nada que explicar.
Aquello la alarmó más que cualquier acusación.
Habría preferido que se enfadara.
Que exigiera respuestas.
Incluso que levantara la voz.
La calma de Brantain era mucho peor.
—Claro que hay algo que explicar.
Harvy dio un paso atrás.
Por primera vez desde que Nathalie lo conocía, pareció desear encontrarse en cualquier otra parte.
—Brantain, esto ha sido culpa mía.
Brantain alzó los ojos.
—No necesita disculparse conmigo.
—Creo que sí.
—No.
Su tono seguía siendo educado.
Demasiado educado.
—No tiene usted ninguna obligación conmigo.
Harvy frunció el ceño.
—Aun así...
—Harvy.
La voz de Nathalie lo detuvo.
No quería que hablara.
No sabía qué podía decir.
Y en aquel momento cualquier palabra mal escogida podía empeorarlo todo.
Se volvió hacia Brantain.
—Si me permite...
—Buenas tardes, señorita Nathalie.
Aquella formalidad cayó entre los dos como una puerta cerrándose.
Ella sintió un pequeño estremecimiento.
Unos minutos antes la había llamado Nathalie.
Ahora volvía a ser señorita Nathalie.
—No puede marcharse así.
Brantain sonrió.
Fue una sonrisa breve y dolorosa.
—Creo que es precisamente así como debo marcharme.
Caminó hacia la puerta.
Nathalie lo siguió.
—Señor Brantain.
Él se detuvo.
Ella extendió una mano.
—Por favor.
Brantain miró aquella mano, pero no la tomó.
—No deseo incomodarla.
—No me está incomodando.
—Entonces me alegro.
—Eso no es lo que quiero decir.
Él levantó los ojos hacia ella.
Durante un instante, Nathalie creyó ver algo que la sorprendió.
No solo dolor.
También vergüenza.
Brantain no parecía sentirse únicamente traicionado.
Parecía sentirse ridículo.
Y Nathalie comprendió inmediatamente por qué.
Había estado sentado en aquella sombra preparándose para declararle su amor mientras otro hombre entraba y la besaba como si tuviera derecho a hacerlo.
Brantain no solo pensaba que ella prefería a Harvy.
Probablemente creía que todos menos él lo sabían.
—Yo no tenía idea...
Murmuró.
—Es decir, no comprendía la situación.
—No hay ninguna situación.
Sus palabras salieron demasiado deprisa.
Brantain la miró.
Nathalie se arrepintió inmediatamente.
Harvy también la miró.
—Quiero decir...
Ella respiró.
—Usted está interpretando algo que no es lo que parece.
—Puede ser.
—Lo es.
—Entonces me disculpo.
—No quiero que se disculpe.
El tono de Nathalie se volvió más firme.
—Quiero que me escuche.
—No creo que deba hacerlo ahora.
—¿Por qué?
—Porque no confío en escuchar con justicia.
Aquella respuesta la sorprendió.
Brantain apretó el sombrero entre los dedos.
—Y preferiría no decir algo de lo que después pudiera arrepentirme.
Por primera vez, Nathalie se quedó sin respuesta.
Brantain hizo una pequeña inclinación.
—Buenas tardes.
Esta vez salió.
Nathalie permaneció inmóvil.
Oyó sus pasos en el corredor.
Después, la voz apagada de una criada.
La puerta principal.
El ruido seco al cerrarse.
Y finalmente nada.
Solo entonces se volvió hacia Harvy.
Él seguía junto a la chimenea.
—Nattie...
—No.
Harvy cerró la boca.
Ella caminó lentamente hasta el centro de la habitación.
—No digas nada.
—Creo que debería.
—Eso es precisamente lo que temo.
Harvy dejó escapar el aire.
—No lo vi.
Nathalie lo miró.
—Eso ya lo has dicho.
—Porque es verdad.
—¿Y eso debería mejorar las cosas?
—Explica lo ocurrido.
—No explica por qué me besaste.
Harvy arqueó una ceja.
—¿Ahora el problema es que te besé?
Nathalie sintió que la irritación subía de golpe.
—El problema es que entraste sin mirar, cruzaste la habitación como un idiota y me besaste frente al hombre que estaba a punto de pedirme matrimonio.
Harvy permaneció quieto.
—¿Estaba a punto de hacerlo?
—Sí.
—No lo sabía.
—No sabías nada porque nunca te detienes a pensar.
—Creía que estábamos hablando del beso.
—Estamos hablando de ti.
Harvy sonrió apenas.
—Eso suele ocurrir cuando estamos solos.
—No hagas bromas.
Su voz fue tan cortante que él perdió la sonrisa.
—Está bien.
Nathalie comenzó a caminar de un lado a otro.
—¿Qué pensabas?
—No pensé.
—Eso es evidente.
—Vi que estabas sola.
—No estaba sola.
—Ya lo sé.
—Y aunque lo hubiera estado...
Se detuvo.
Harvy esperó.
Nathalie no terminó la frase.
Él inclinó ligeramente la cabeza.