El corredor lateral estaba casi vacío.
La música llegaba desde el salón principal convertida en un murmullo distante, apenas interrumpido por algunas risas y por el sonido ocasional de una copa depositada sobre una bandeja.
A ambos lados del pasillo, grandes plantas ornamentales formaban pequeñas zonas de sombra entre las lámparas de pared.
Nathalie había elegido aquel lugar precisamente por eso.
Allí podían hablar sin ser observados con demasiada facilidad.
Y, sobre todo, sin ser escuchados.
Brantain caminaba a su lado con una rigidez que ella no le había conocido antes.
Su brazo permanecía tenso bajo los dedos de Nathalie.
Ella lo notaba.
Notaba también que él no la miraba.
Aquello le resultaba incómodo.
Durante semanas había sido suficiente con entrar en una habitación para sentir los ojos de Brantain sobre ella.
Ahora parecía hacer un esfuerzo consciente por mirar cualquier cosa excepto su rostro.
Llegaron al extremo del corredor.
Nathalie retiró la mano de su brazo.
—Aquí estaremos mejor.
—Como usted prefiera.
Otra vez aquella formalidad.
Señorita Nathalie.
Como usted prefiera.
Aquellas pequeñas distancias comenzaban a irritarla.
—No tiene que hablarme como si apenas me conociera.
Brantain la miró finalmente.
—No estoy seguro de saber cómo debería hablarle.
La respuesta fue tranquila.
Pero dolió.
Nathalie respiró lentamente.
No debía enfadarse.
Había esperado cuatro días para aquella conversación.
No podía desperdiciarla por orgullo.
—Precisamente por eso quería hablar con usted.
Brantain bajó la mirada.
—No tiene obligación de explicarme nada.
—Ya me dijo eso.
—Y continúa siendo verdad.
—No para mí.
Él levantó los ojos.
Nathalie sostuvo su mirada.
—Lo que usted piense de mí me importa.
La expresión de Brantain cambió apenas.
Era poco.
Pero Nathalie lo vio.
Una primera grieta en aquella frialdad cuidadosamente construida.
—No debería.
Respondió él.
—¿Por qué?
—Porque no soy nadie para juzgarla.
—No estoy pidiéndole que me juzgue.
—Entonces no comprendo qué quiere de mí.
Nathalie guardó silencio durante un instante.
Aquella era la parte delicada.
No podía parecer demasiado ansiosa.
Tampoco podía ser demasiado indiferente.
Debía encontrar exactamente el punto intermedio.
Bajó ligeramente la mirada.
—Quiero que comprenda que lo que vio no significa lo que cree.
Brantain apretó la mandíbula.
—No sé qué creo.
—Sí lo sabe.
—Preferiría no hablar de eso.
—Yo no.
Él la observó.
Nathalie continuó antes de que pudiera interrumpirla.
—Harvy ha sido amigo de mi familia desde hace muchos años. Desde que éramos niños.
—Lo sé.
—Es prácticamente un hermano para Paul.
—También lo sé.
—Ha entrado en nuestra casa durante años sin anunciarse. Cena con nosotros, viaja con mi hermano, conoce a mi madre...
—Nathalie.
Ella se detuvo.
Había pronunciado su nombre.
Sin señorita.
Algo dentro de ella se relajó.
—Sí.
Brantain parecía incómodo.
—No necesita convertirlo en un hermano para que yo me sienta mejor.
Aquello la tomó desprevenida.
—No estoy haciendo eso.
—¿No?
—No.
Brantain desvió la mirada.
—Entonces dígame la verdad.
Nathalie permaneció inmóvil.
—Eso intento.
—No.
Él negó lentamente con la cabeza.
—Está intentando decirme algo que no me lastime.
La frase la sorprendió.
Durante aquellas semanas había considerado a Brantain un hombre sencillo.
Honesto.
Predecible.
No había pensado que pudiera distinguir con tanta facilidad entre una explicación y una versión conveniente de la verdad.
—No quiero lastimarlo.
Dijo.
—Lo sé.
—¿Y eso le molesta?
Brantain soltó una risa breve.
—No sé.
Se volvió ligeramente hacia una de las ventanas del corredor.
Fuera, la noche había terminado de caer.
—Durante los últimos días he pensado muchas cosas.
Nathalie esperó.
—Algunas bastante ridículas.
—¿Como cuáles?
—No creo que quiera escucharlas.
—Sí quiero.
Brantain guardó silencio.
Después habló en voz más baja.
—Pensé que quizá todos sabían algo que yo ignoraba.
Nathalie sintió una punzada de culpa.
—Eso no es cierto.
—Pensé que probablemente había hecho el ridículo durante semanas.
—Tampoco.
—Pensé que usted y Harvy podrían haber encontrado bastante divertido verme aparecer una y otra vez.
Nathalie dio un paso hacia él.
—Nunca.
Brantain la miró.
—Nunca me he reído de usted.
—No quise decir...
—Ni siquiera con Harvy.
—Nathalie...
—Escúcheme.
Su voz había adquirido una firmeza sincera que ya no era parte de ningún cálculo.
—No permitiría que nadie se burlara de usted.
Brantain permaneció quieto.
Ella continuó.
—No lo he considerado ridículo ni una sola vez.
—Pero sabía lo que sentía.
Nathalie dudó.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—No lo sé exactamente.
—¿Semanas?
Ella asintió.
Brantain sonrió con tristeza.
—Entonces realmente soy muy malo ocultando mis sentimientos.
—Terrible.
Él dejó escapar una pequeña risa.
Aquello alivió la tensión durante apenas un instante.
Nathalie aprovechó.
—Pero no me molestaba.
Brantain dejó de sonreír.
—¿No?
—No.
Nathalie bajó los ojos.
Esta vez no necesitó fingir completamente la incomodidad.
—En realidad...
Hizo una pausa.
—Me agradaba.
Brantain la miró fijamente.
Ella continuó.
—Me agradaba que viniera.
—Creía que quizá simplemente me toleraba.
—No habría pasado tantas tardes con usted si solo lo tolerara.
—Por educación.
—No soy tan educada.