El Beso

Capítulo 4 - El Compromiso

La noticia del compromiso comenzó a circular antes de que Nathalie tuviera tiempo de acostumbrarse a ella.

A la mañana siguiente de la recepción, cuando bajó a desayunar, encontró a su madre sentada junto a la ventana con tres sobres abiertos frente a ella.

—Ya lo saben.

Dijo la señora Vannier.

Nathalie tomó asiento.

—¿Quiénes?
—Todos.
—Eso parece improbable.

Su madre levantó una de las cartas.

—La señora Mortimer.

Levantó otra.

—La señora Delacroix.

Y finalmente la tercera.

—Y tu tía Adèle, que vive a cuarenta minutos de aquí y rara vez se entera de algo antes de que haya dejado de ser interesante.

Nathalie tomó una taza.

—Entonces sí. Todos.
—Te advertí que el rostro de Brantain era prácticamente un anuncio.
—No sabe disimular.
—Por fortuna.

Nathalie sirvió té.

—¿Por fortuna?
—Un hombre que no sabe disimular suele resultar más fácil de administrar.

Nathalie levantó los ojos.

—No voy a administrar a mi esposo.

Su madre sonrió.

—Claro que no.
—Lo digo en serio.
—Y yo también.

Nathalie dejó la cucharilla sobre el plato.

—A veces hablas del matrimonio como si fuera una empresa comercial.
—A veces lo es.
—Eso es deprimente.
—Solo si se administra mal.

Nathalie soltó una risa.

—Debería escribir un libro.
—Las mujeres que saben estas cosas rara vez las escriben. Prefieren que sus hijas las aprendan.

La conversación quedó interrumpida por la llegada de la criada.

—Señorita Nathalie, han traído flores.
—¿De quién?

La joven sirvienta sonrió.

—Del señor Brantain.

La señora Vannier miró a su hija.

—Por supuesto.

Las flores eran demasiadas para una sola mesa.

Rosas.

Lirios.

Pequeñas ramas de flores blancas cuyo nombre Nathalie desconocía.

Entre ellas había una tarjeta.

La abrió.

Solo contenía unas palabras.

«Para Nathalie, con toda mi felicidad. B.»

Nathalie leyó la frase dos veces.

—Qué breve.

Comentó su madre.

—Es Brantain.
—Precisamente.

Nathalie guardó la tarjeta.

—Me gusta.

La señora Vannier no dijo nada.

Pero la observó.

Nathalie lo notó.

—¿Qué?
—Nada.
—Estás pensando algo.
—Siempre.
—Entonces dilo.

Su madre tomó un sorbo de café.

—Empiezas a hablar de él de una manera diferente.

Nathalie sintió una pequeña incomodidad.

—Es mi prometido.
—Ayer todavía era un hombre rico que quería casarse contigo.
—No seas desagradable.
—No lo soy.

La señora Vannier sonrió suavemente.

—Quizá solo estoy descubriendo que no eres tan calculadora como pretendes.

Nathalie la miró.

—Nunca he pretendido serlo.
—Por supuesto.
—Madre.
—¿Sí?
—Come.

La señora Vannier obedeció.

Pero seguía sonriendo.

Brantain llegó poco antes del mediodía.

Esta vez no se sentó en la sombra.

Nathalie lo recibió en el salón principal, donde las cortinas estaban abiertas y la luz de la mañana inundaba las alfombras, los muebles y los cuadros de las paredes.

Por primera vez, ella lo observó detenidamente a plena luz después de haberse comprometido con él.

Era el mismo hombre.

Por supuesto.

Las mismas facciones poco distinguidas.

El mismo cabello peinado con excesivo cuidado.

La misma postura algo rígida cuando no sabía qué hacer con las manos.

Sin embargo, algo parecía diferente.

Quizá era ella.

Brantain se acercó.

—Buenos días.
—Buenos días.

Hubo una pausa.

Ambos sonrieron.

—Esto es extraño.

Dijo él.

—¿Qué cosa?
—No sé cómo saludarla.

Nathalie arqueó una ceja.

—Lo ha hecho correctamente.
—Antes sabía cuáles eran las reglas.
—¿Y ahora no?
—Ahora parece que han cambiado todas.

Ella miró alrededor.

—No noto ninguna diferencia.

Brantain soltó una risa nerviosa.

—Yo sí.

Nathalie se sentó.

Él lo hizo frente a ella.

Durante varios segundos ninguno habló.

—Esto es absurdo.

Dijo Nathalie.

—Mucho.
—Ayer conversábamos perfectamente.
—Ayer todavía no había aceptado casarse conmigo.
—¿Eso lo ha dejado sin vocabulario?
—Prácticamente.

Ella sonrió.

—Entonces será un matrimonio silencioso.
—Eso quizá le agrade después de algunos años.
—No cuente con ello.

Brantain pareció relajarse.

—¿Recibió las flores?
—Sí.
—Temí que fueran demasiadas.
—Lo eran.

Su rostro cayó.

Nathalie se compadeció inmediatamente.

—Pero me gustaron.
—Ah.
—Mucho.

Brantain volvió a sonreír.

—No sabía cuáles prefería.
—Podría haber preguntado.
—Quería que fuera una sorpresa.
—Entonces la próxima vez envíe menos.
—Lo recordaré.
—Y rosas oscuras.
—¿Son sus favoritas?
—Ahora lo sabe.

Brantain asintió con una seriedad casi cómica.

—Rosas oscuras.
—No necesita memorizar cada cosa que digo.
—Probablemente lo haré de todos modos.

Aquella respuesta provocó una sensación cálida en Nathalie.

Desvió los ojos hacia la chimenea.

El gato gris dormía cerca del fuego.

El mismo gato.

La misma habitación.

Sin embargo, ya no podía mirar aquel lugar sin recordar el beso de Harvy.

Brantain también dirigió brevemente la mirada hacia el rincón.

Nathalie lo notó.

El recuerdo seguía allí para él.

Eso la incomodó.

—¿Ha hablado con su familia?

Preguntó.

Brantain volvió la atención hacia ella.

—Esta mañana.
—¿Y?

Él vaciló.

—Mi madre quiere conocerla mejor.

Nathalie sonrió.

—Eso suena diplomático.
—Lo es.
—¿No está contenta?
—Está sorprendida.
—¿Por qué?

Brantain la miró como si la respuesta fuera obvia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.