Durante los días siguientes, Nathalie evitó preguntar por Harvy.
No preguntó a Paul.
No preguntó a su madre.
No buscó su nombre en las conversaciones.
No miró hacia la puerta cada vez que alguien llegaba a la casa.
Y, sobre todo, no preguntó por Eleanor.
Se dijo que aquello era una prueba de indiferencia.
Su madre no estuvo de acuerdo.
—Es una prueba de disciplina.
Dijo una mañana.
Nathalie levantó los ojos del bordado que fingía atender.
—No sé de qué hablas.
—Naturalmente.
—¿Podemos tener una conversación sin que intentes analizarme?
—Podríamos.
—Gracias.
—Pero sería mucho menos interesante.
Nathalie dejó la labor sobre el regazo.
—No estoy pensando en Harvy.
—No lo he mencionado.
Nathalie apretó los labios.
Su madre sonrió.
—Exactamente.
—Eres insoportable.
—Y tú demasiado fácil de provocar últimamente.
—Estoy cansada.
—Eso sí lo creo.
La boda se acercaba.
Faltaban apenas tres semanas.
La casa estaba llena de cajas, telas, flores de muestra, tarjetas, listas y criados entrando y saliendo con una frecuencia que empezaba a desesperar a Nathalie.
Había días en que deseaba que todo terminara.
No la boda.
Los preparativos.
Quería despertar una mañana y descubrir que ya estaba casada.
Que la decisión había sido tomada.
Que no quedaba nada que discutir.
Nada que comparar.
Nada que reconsiderar.
Solo una vida por comenzar.
Aquella idea empezó a parecerle cada vez más atractiva.
Brantain, en cambio, parecía más tranquilo.
O al menos eso aparentaba.
Desde la cena con los Gray no había vuelto a mencionar a Harvy.
Nathalie lo notó.
Aquello debería haberla aliviado.
Sin embargo, la ausencia del nombre se volvió una presencia silenciosa entre ambos.
Cada vez que Paul hablaba de una salida con amigos y no mencionaba a Harvy, Nathalie se preguntaba si Brantain también lo notaba.
Cada vez que alguien comentaba algo sobre Eleanor, observaba a Brantain de reojo.
Nunca reaccionaba.
Eso la inquietaba más.
Una tarde, mientras paseaban por un jardín público, Nathalie decidió enfrentarlo.
—Está demasiado callado.
Brantain sonrió.
—Creía que eso le gustaba de mí.
—A veces.
—¿Y hoy?
—Hoy parece que está evitando decir algo.
Brantain caminó unos pasos antes de responder.
—Quizá no tenga nada que decir.
—Eso no se lo cree ni usted.
Él rió.
—Empiezo a lamentar que me conozca tanto.
—Ya es tarde.
Nathalie tomó su brazo.
—Dígame.
Brantain miró hacia los árboles.
—Recibí una invitación.
—¿Para qué?
—Una cena.
—Eso no parece dramático.
—En casa de los Gray.
Nathalie sintió que su paso se alteraba ligeramente.
Brantain lo notó.
Ella también.
—¿Cuándo?
—El sábado.
—¿Iremos?
—No lo sé.
—¿Por qué?
—Porque pensé que quizá preferiría no hacerlo.
Nathalie lo miró.
—¿Por mí?
—Sí.
—No necesita protegerme de una cena.
—No pretendía...
—¿Quién estará?
Brantain tardó demasiado en responder.
—Harvy.
Nathalie sintió inmediatamente que ahí estaba el verdadero motivo.
—Claro.
—Y probablemente...
—Eleanor.
Brantain asintió.
Nathalie soltó su brazo.
—Entonces iremos.
Él la observó.
—No tiene que demostrar nada.
—No estoy demostrando nada.
—Nathalie.
—He dicho que iremos.
Brantain guardó silencio.
Ella continuó caminando.
—Si empiezo a evitar lugares porque Harvy pueda estar presente, todo el mundo lo notará.
—No me importa todo el mundo.
—A mí sí.
—Lo sé.
La respuesta fue demasiado rápida.
Nathalie se volvió.
—¿Eso es una crítica?
—No.
—Lo pareció.
Brantain suspiró.
—Solo quería decir que a usted le importa cómo se ven las cosas.
—Porque las cosas tienen consecuencias.
—Sí.
—Y usted también debería saberlo.
Él asintió.
—Lo sé.
Caminaron unos metros más.
Nathalie volvió a tomar su brazo.
Esta vez lo hizo con más suavidad.
—No quiero discutir.
—Yo tampoco.
—Entonces iremos el sábado.
Brantain la miró.
—¿Está segura?
—Sí.
—Bien.
Ella sonrió.
—Otra vez esa palabra.
Brantain sonrió también.
—Intentaré usar otra.
—Le conviene.
Pero cuando reanudaron el paseo, Nathalie ya estaba pensando en el sábado.
La noticia llegó antes.
Dos días después, Paul entró en la casa con una energía que no prometía discreción.
—¿Dónde está todo el mundo?
Nathalie estaba en el salón con su madre.
—Aquí.
Paul apareció en la puerta.
—Perfecto.
Su madre levantó los ojos.
—¿Qué ha pasado?
—Harvy.
Nathalie sintió una punzada inmediata.
No hizo ningún movimiento.
—¿Qué ha hecho ahora?
Preguntó la señora Vannier.
Paul sonrió.
—Por una vez, algo respetable.
Nathalie dejó el libro sobre la mesa.
—¿Qué?
Paul la miró.
Hubo un segundo de vacilación.
Demasiado tarde.
—Ha pedido la mano de Eleanor.
El silencio fue breve.
Pero para Nathalie pareció mucho más largo.
—Ah.
Su madre la observó.
Paul continuó, menos entusiasmado.
—El padre aceptó.
—¿Y Eleanor?
Preguntó la señora Vannier.
—También, obviamente.
Nathalie se levantó.
—Entonces habrá que felicitarlos.
Paul la miró con cautela.
—Sí.
—¿Cuándo lo anunció?
—Esta mañana.
—Qué bien.
La frase salió perfectamente.
Demasiado perfectamente.
Su madre seguía observándola.
Nathalie caminó hacia una mesa.
—¿Se sabe cuándo será la boda?
—No.
—Probablemente después de la mía.