La semana anterior a la boda comenzó con lluvia.
Durante tres días, el cielo permaneció cubierto por una capa gris y uniforme, y la ciudad pareció encogerse bajo una humedad persistente que oscurecía las fachadas, vaciaba los paseos y convertía las calles en una sucesión de paraguas, carruajes cerrados y charcos.
A Nathalie le gustaba aquella lluvia.
Le daba una excusa para permanecer en casa.
Durante semanas había sentido que todo el mundo tenía derecho a verla, felicitarla, aconsejarla o preguntarle cómo se sentía.
Ahora podía encerrarse en el salón pequeño, junto a la chimenea, y dejar que su madre rechazara algunas visitas con el argumento perfectamente aceptable de que la novia necesitaba descansar.
—Si alguien vuelve a preguntarme si estoy nerviosa.
Dijo Nathalie una mañana.
—Comenzaré a responder que sí solo para ver qué hacen.
Su madre revisaba una lista de invitados.
—Te recomendarán dormir.
—Ya me recomiendan dormir.
—Entonces te recomendarán comer.
—También.
—Y después te preguntarán por los hijos.
Nathalie levantó los ojos.
—No se atreverán.
La señora Vannier sonrió.
—Dales tiempo.
Nathalie volvió al libro que tenía abierto.
No estaba leyendo.
Hacía varios minutos que no pasaba de página.
Su madre la observó.
—¿Ahora qué ocurre?
—Nada.
—Has leído la misma frase seis veces.
Nathalie cerró el libro.
—Tal vez sea una frase excelente.
—O estás esperando a Brantain.
Ella miró hacia el reloj.
—Dijo que vendría a las cuatro.
—Son las tres y media.
—No estoy esperando.
Su madre volvió a la lista.
—Naturalmente.
Brantain había adquirido una costumbre que Nathalie empezaba a reconocer con facilidad.
Si decía que llegaría a las cuatro, aparecía a las tres cincuenta y cinco.
Nunca antes.
Nunca después.
La puntualidad era una de esas pequeñas características que Nathalie había encontrado aburridas al principio y que ahora le producían una sensación extrañamente agradable.
Harvy podía prometer llegar a las cinco y presentarse a las siete riéndose de algún desastre ocurrido por el camino.
Brantain llegaba cuando decía que llegaría.
Aquello parecía insignificante.
Cada vez le parecía menos.
—¿Dónde está Paul?
Preguntó Nathalie.
—Fuera.
—¿Con Harvy?
Su madre levantó los ojos.
Nathalie comprendió demasiado tarde.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Sabes perfectamente.
—Solo me sorprende que preguntes.
—Harvy sigue siendo amigo de Paul.
—Claro.
—Y yo puedo pronunciar su nombre sin que tenga un significado oculto.
—Eso espero.
Nathalie respiró con impaciencia.
—Todo está resuelto.
—Bien.
—Él va a casarse con Eleanor.
—Sí.
—Yo con Brantain.
—Sí.
—Entonces deja de comportarte como si existiera un secreto.
La señora Vannier dejó la pluma.
—Yo no soy quien teme que exista uno.
Nathalie frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Su madre pareció arrepentirse inmediatamente.
—Nada.
—No.
Nathalie se incorporó.
—Dilo.
—No es importante.
—Si no fuera importante, no habrías puesto esa cara.
—¿Qué cara?
—La que utilizas cuando sabes algo y estás decidiendo si quiero saberlo.
La señora Vannier la observó unos segundos.
Después suspiró.
—Ha habido comentarios.
Nathalie sintió una tensión inmediata.
—¿Sobre qué?
Su madre no respondió.
No hacía falta.
—Sobre Harvy.
—Sobre ti y Harvy.
Nathalie dejó el libro a un lado.
—¿Qué comentarios?
—Nada concreto.
—Eso es peor.
—Precisamente por eso no quería decírtelo.
—Madre.
La señora Vannier dobló lentamente la hoja que tenía entre las manos.
—La señora Delacroix escuchó que vuestra relación había sido más... cercana de lo que se suponía.
Nathalie sintió calor en el rostro.
—¿Más cercana cómo?
—Ya sabes cómo funcionan estas cosas.
—Quiero saber qué dicen.
—Que os veíais a solas.
—Eso es cierto. Harvy prácticamente vivía aquí.
—Que existió un entendimiento entre vosotros.
—No existió.
—Que el compromiso con Brantain ocurrió después de que algo entre tú y Harvy fracasara.
Nathalie se puso de pie.
—Eso es mentira.
—Lo sé.
—¿Quién empezó esto?
—No lo sé.
—Alguien lo sabe.
—Nathalie...
—¿La señora Mortimer?
—No.
—¿Los Gray?
—Por supuesto que no.
—¿Entonces quién?
Su madre negó.
—Un rumor no necesita un autor durante demasiado tiempo.
Nathalie caminó hasta la ventana.
La lluvia corría por los cristales.
—¿Brantain lo sabe?
La señora Vannier guardó silencio.
Nathalie se volvió.
—Madre.
—No sé.
—¿Su familia?
—Probablemente.
Aquella respuesta produjo un frío inmediato.
—Su madre.
—Es posible.
Nathalie cerró los ojos.
La señora Brantain ya conocía el beso.
Ahora podía escuchar una versión mucho peor.
No un accidente.
No una familiaridad mal entendida.
Una historia.
Un romance secreto.
Un compromiso roto.
Nathalie abrió los ojos.
—Esto es absurdo.
—Sí.
—Entonces desaparecerá.
—Quizá.
—¿Quizá?
Su madre se levantó.
—Los rumores desaparecen cuando dejan de ser interesantes.
—Y mi boda es dentro de seis días.
—Exactamente.
Nathalie sintió que se le secaba la boca.
—Todo el mundo estará hablando.
—Durante unos días.
—¿Y tú dices eso como si no importara?
—Importa menos de lo que crees.
—A ti.
—A cualquiera que sobreviva una temporada social.
Nathalie se volvió hacia ella.
—Yo no quiero sobrevivir a mi boda.
—No tendrás que hacerlo.
—Quiero que sea perfecta.