El Beso

Capítulo 8 - La Víspera

Dos días antes de la boda, Nathalie despertó antes del amanecer.

Permaneció inmóvil en la cama durante varios minutos, mirando el techo de su habitación mientras la casa continuaba sumida en silencio.

No había ocurrido nada.

Ningún ruido la había despertado.

Ninguna pesadilla.

Ningún presentimiento.

Simplemente abrió los ojos y comprendió, con una claridad incómoda, que en cuarenta y ocho horas dejaría aquella habitación.

La idea era absurda.

No porque no lo supiera.

Llevaba semanas preparándose precisamente para eso.

Habían enviado parte de su ropa.

Se habían embalado libros.

Su madre había inspeccionado personalmente las cajas de vestidos.

Había objetos que Nathalie ya no encontraba porque pertenecían, según le explicaban, a su nueva casa.

Y, sin embargo, hasta aquella mañana no había comprendido realmente lo que significaba marcharse.

Se incorporó.

La luz gris anterior al amanecer comenzaba a dibujar los contornos de los muebles.

Su tocador.

El armario.

La pequeña mesa junto a la ventana.

Había dormido allí desde los catorce años.

En aquel mismo lugar había llorado por cosas que ahora le parecían insignificantes.

Había escondido cartas.

Había discutido con su madre.

Había escuchado a Paul caminar por el pasillo a altas horas de la noche.

Había esperado fiestas, viajes, vestidos y hombres que después olvidó por completo.

En dos días, aquella habitación seguiría existiendo.

Pero ya no sería exactamente suya.

Nathalie apartó las mantas y caminó descalza hacia la ventana.

La ciudad todavía estaba oscura.

Abrió ligeramente las cortinas.

Pensó en la casa de Brantain.

Pronto despertaría allí.

Tendría otra habitación.

Otro tocador.

Otra vista desde la ventana.

Otro apellido.

Señora Brantain.

Había escuchado esa expresión muchas veces durante las últimas semanas.

Ahora le produjo un pequeño estremecimiento.

—Señora Brantain.

Murmuró.

No sonaba mal.

Tampoco sonaba todavía como ella.

Bajó temprano.

Encontró a su padre solo en el comedor.

Aquello era extraño.

El señor Vannier casi nunca desayunaba antes que su esposa.

Estaba sentado frente a varios papeles y llevaba las gafas bajas sobre la nariz.

Al verla, cubrió instintivamente uno de los documentos con la mano.

Nathalie se detuvo.

El gesto era antiguo.

Lo conocía.

Era el mismo gesto que había visto durante años cuando entraba inesperadamente en su despacho.

—Buenos días.

Su padre retiró la mano.

—Buenos días, pequeña.

Nathalie tomó asiento.

Hacía mucho tiempo que no la llamaba así.

—¿Qué haces despierto?
—Podría preguntarte lo mismo.
—No podía dormir.
—Yo tampoco.

La criada entró y sirvió café.

Durante unos minutos hablaron poco.

Nathalie miró los papeles.

Su padre lo notó.

—Son cuentas.
—Lo imaginé.
—Nada que deba preocuparte.

La frase le resultó tan familiar que casi sonrió.

—Eso también lo imaginé.

El señor Vannier se quitó las gafas.

—Pronto dejarás de tener que escuchar conversaciones sobre nuestras cuentas.

Nathalie sintió que aquella frase escondía algo.

—¿Eso te alegra?
—Mucho.
—No parece.

Su padre la observó.

Había envejecido durante los últimos años más de lo que Nathalie había querido notar.

El cabello se había vuelto gris en las sienes.

Los hombros parecían ligeramente vencidos.

—Cuando naciste.

Dijo.

—Pensé que podría darte todo.

Nathalie no esperaba aquello.

—Papá...
—Los padres tienen ideas ridículas.

Sonrió.

—Uno mira una criatura de pocas horas y promete cosas que todavía no sabe cómo conseguir.
—No necesitabas darme todo.
—No.

Miró los papeles.

—Pero quería.

Nathalie permaneció callada.

Su padre continuó:

—Hubo años mejores.
—Lo sé.

Él la miró con sorpresa.

—¿Lo sabes?
—Nunca fuiste tan bueno ocultándolo como creías.

El señor Vannier soltó una pequeña risa.

—Entonces heredaste de tu madre la habilidad de observar demasiado.
—Probablemente.

Nathalie miró las cuentas.

—¿Estamos peor de lo que pensaba?

Su padre vaciló.

Aquella respuesta era suficiente.

—¿Cuánto?
—No importa.
—Sí importa.
—Ya no.

La frase la molestó.

—Porque voy a casarme con Brantain.

Su padre no respondió inmediatamente.

—En parte.

Nathalie sintió una sensación amarga.

Aquello era lo que había querido durante años.

Resolver el problema.

Asegurarse de que nunca más existieran aquellas cuentas escondidas.

Y ahora que lo tenía delante, no sentía triunfo.

—¿Brantain te ha ayudado?

Su padre levantó la cabeza.

—No.
—¿Le has pedido algo?
—Nunca.
—¿Piensas hacerlo?
—No.

Nathalie lo estudió.

—Entonces no entiendo.

Su padre dobló lentamente uno de los documentos.

—Tu matrimonio cambia cosas aunque él no me entregue un centavo.
—¿Qué cosas?
—Los acreedores son pacientes con un hombre cuya hija va a entrar en una familia como la de Brantain.

Nathalie sintió que aquello la desagradaba.

—Entonces están utilizando su apellido.
—Así funciona el mundo.
—No debería.
—Muchas cosas no deberían funcionar como funcionan.

Nathalie se levantó y caminó hacia la ventana.

—¿Por eso estabas tan contento con el compromiso?

Su padre guardó silencio.

—Papá.
—Fue una razón.

La respuesta dolió.

Nathalie se volvió.

—¿Y si no hubiera querido casarme con él?

El señor Vannier la miró inmediatamente.

—Entonces no deberías haberlo hecho.
—¿Aunque perdiéramos la casa?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.