El Beso

Capítulo 9 - El Día De La Boda

Nathalie despertó antes de que llamaran a su puerta.

Durante unos segundos no recordó qué día era.

Vio la claridad de la mañana filtrándose entre las cortinas, escuchó el silencio extraño de la casa y permaneció inmóvil, todavía atrapada entre el sueño y la vigilia.

Entonces lo recordó.

La boda.

Hoy.

Sintió un golpe seco en el pecho.

No miedo exactamente.

Tampoco alegría.

Algo demasiado grande para tener un solo nombre.

Se incorporó lentamente.

Sobre una silla estaba preparada una bata clara. Junto al tocador descansaban las joyas que usaría.

En la habitación contigua esperaba el vestido.

Nathalie miró hacia la puerta que comunicaba ambas habitaciones.

No se levantó de inmediato.

Durante semanas había imaginado aquella mañana como una sucesión de emociones solemnes.

Pensó que quizá lloraría.

Que sentiría nostalgia.

Que descubriría una terrible certeza o una duda repentina.

En cambio, lo primero que sintió fue hambre.

Aquello la hizo reír.

—Perfecto.

Murmuró.

—Muy romántico.

En ese momento llamaron a la puerta.

Tres golpes rápidos.

Nathalie sonrió.

—Pasa, madre.

La puerta se abrió.

Era Paul.

—Me ofende que me confundas con ella.

Nathalie levantó una ceja.

—Nadie más llama como si hubiera un incendio.

Paul entró llevando una bandeja.

—Te traje desayuno.

Nathalie lo miró con sospecha.

—¿Tú?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—No arruines el gesto.

Colocó la bandeja sobre una mesa.

Había café, pan, fruta y una pequeña porción de pastel.

Nathalie señaló el pastel.

—¿Eso es desayuno?
—Hoy puedes hacer lo que quieras.
—No le digas eso a madre.
—Jamás.

Paul se sentó.

Nathalie salió de la cama.

—¿Por qué estás despierto tan temprano?
—No podía dormir.

Ella lo miró.

—¿Tú también?
—Esta casa parece un cementerio antes de una invasión.

Nathalie sonrió.

Sirvió café.

Paul la observó.

—Entonces.
—Entonces qué.
—Hoy te casas.
—Me habían informado.
—Todavía puedes huir.

Nathalie le lanzó una servilleta.

Paul rió.

—Era una broma.
—Mamá casi se desmayó ayer cuando hice una parecida.
—Por eso esperé a estar solos.

Nathalie tomó un poco de café.

Paul dejó de sonreír.

—¿Estás bien?

Ella suspiró.

—Eres la octava persona.
—¿Octava?
—Que pregunta.
—Entonces responde por octava vez.

Nathalie pensó.

—Sí.

Paul la estudió.

—¿Sí de verdad?
—Sí de verdad.

Él asintió.

—Bien.

Hubo un silencio.

Después añadió:

—Me agrada Brantain.

Nathalie levantó los ojos.

—Eso sí es una confesión inesperada.
—No te emociones.
—Creía que lo encontrabas aburrido.
—Lo encontraba aburrido.
—¿Y ahora?

Paul se encogió de hombros.

—Sigue siendo un poco aburrido.

Nathalie rió.

—Excelente defensa.
—Pero es buena persona.
—Lo sé.
—Y te quiere.
—También lo sé.

Paul miró hacia la ventana.

—Harvy también te quiso.

La sonrisa desapareció del rostro de Nathalie.

—No esperaba que lo mencionaras esta mañana.
—Precisamente por eso lo hago.
—Qué considerado.
—Escucha.

Paul se inclinó.

—Llevo años viendo cómo os comportáis.

Nathalie dejó la taza.

—No quiero hablar de...
—No voy a darte un sermón.

Ella esperó.

—Solo quiero decir que siempre pensé que algún día tú y Harvy terminaríais haciendo algo estúpido.

Nathalie arqueó una ceja.

—Lo hicimos.
—Sí.
—Varias veces.
—No necesitaba ese detalle.

Paul hizo una mueca.

Ella sonrió.

—Continúa.
—Cuando te comprometiste con Brantain pensé que quizá estabas tomando la decisión segura.

Nathalie bajó la mirada.

—No estabas equivocado.
—Al principio.

Ella lo miró.

Paul sonrió.

—Pero ya no.

Nathalie sintió una pequeña presión en el pecho.

—¿Cómo lo sabes?
—Porque antes hablabas de todo lo que cambiaría cuando te casaras.
—La casa.
—Los viajes.
—El dinero.

Paul movió una mano.

—Ahora hablas de Brantain.

Nathalie permaneció callada.

—Es bastante evidente.

Ella sonrió.

—No se lo digas.
—Jamás. Podría volverse insoportable.

Paul se levantó.

Antes de salir, se detuvo junto a ella.

—Nattie.

Nathalie levantó los ojos.

—¿Sí?

Paul parecía incómodo.

—Te voy a extrañar.

Ella sintió que la emoción aparecía demasiado rápido.

—No hagas eso.
—¿Qué?
—Esto.
—No estoy haciendo nada.
—Exactamente la frase de Brantain.

Paul frunció el ceño.

—Ya estás empezando a comparar a tu hermano con tu esposo. Eso es enfermizo.

Nathalie rió.

Después se levantó y lo abrazó.

Paul quedó rígido.

—Esto es peor.
—Cállate.
—No sabía que las bodas te volvían sentimental.
—A mí tampoco.

Él la abrazó finalmente.

—Ve a casarte, entonces.

Nathalie se apartó.

—Eso pensaba hacer.

Una hora después, la casa había dejado de estar en silencio.

Todo ocurría al mismo tiempo.

Criadas subiendo escaleras.

Puertas abriéndose.

Cajas apareciendo y desapareciendo.

Flores llegando.

Voces provenientes de habitaciones distintas.

Su madre dando órdenes desde algún lugar imposible de localizar.

—¿Dónde están los alfileres?
—En el tocador, señora.
—Esos no. Los otros.
—¿Qué otros?
—Los correctos.

Nathalie estaba sentada frente al espejo mientras dos mujeres trabajaban en su cabello.

Eleanor se encontraba junto a una ventana.

Había llegado temprano.

—Nunca había visto a tu madre tan cerca de iniciar una guerra.




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