Nathalie permaneció inmóvil.
Harvy estaba frente a ella.
La recepción continuaba alrededor de ambos como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
Una mujer reía cerca de la escalera.
Alguien pedía otra copa.
La música cambiaba de pieza.
Desde el salón principal llegaba el murmullo constante de decenas de conversaciones.
Pero Nathalie apenas escuchaba.
—Repítelo.
Rijo.
Harvy sonrió.
—Tu esposo me ha enviado a besarte.
Ella lo observó con incredulidad.
—Eso dijiste.
—Entonces no hacía falta repetirlo.
—Harvy.
—Estoy completamente serio.
Nathalie miró hacia el salón.
—¿Dónde está Brantain?
—Hablando con alguien.
—¿Y de verdad te dijo eso?
—Palabra por palabra, no.
—Entonces estás mintiendo.
—No.
Harvy apoyó una mano sobre el respaldo de una silla.
—Me dijo que no quería que vuestro matrimonio destruyera nuestra amistad. Después decidió demostrar lo enormemente civilizado que es.
Nathalie sintió que el corazón le latía más deprisa.
—¿Demostrarlo cómo?
Harvy levantó una ceja.
—Aparentemente enviándome a besar a su esposa.
Ella no pudo evitar una pequeña risa.
Era absurdo.
Completamente absurdo.
Y, sin embargo, cuanto más pensaba en ello, más reconocía a Brantain en el gesto.
No porque fuera natural en él.
Precisamente por lo contrario.
Brantain llevaba semanas intentando vencer sus propios celos.
Había escuchado la verdad.
Había soportado los rumores.
Había permitido que Harvy continuara formando parte de sus vidas.
Aquello probablemente era su forma torpe y exagerada de decir:
Confío en ti.
Confío en los dos.
Nathalie sintió algo parecido a ternura.
Y algo más.
Una emoción antigua que creyó haber dejado atrás.
Miró a Harvy.
Él seguía sonriendo.
—¿Y qué vas a hacer?
Preguntó ella.
—Todavía no lo sé.
—Eso sería nuevo.
—¿Qué cosa?
—Que pienses antes de actuar.
Harvy rió.
Nathalie volvió a buscar a Brantain entre los invitados.
No lo encontró.
—Supongo que es natural.
Dijo lentamente.
—Que un hombre se vuelva generoso en una ocasión como esta.
Harvy la estudió.
Ella continuó:
—Después de todo, acaba de casarse conmigo.
—Eso puede producir efectos extraños sobre el juicio.
Nathalie sonrió.
—Ten cuidado.
—Lo intento.
—Parece que finalmente confía en nosotros.
Harvy inclinó la cabeza.
—En ti.
—¿No en ti?
—Brantain es inteligente.
Ella soltó una risa.
Y aquella risa cambió algo.
Durante semanas habían evitado encontrarse a solas.
Habían medido distancias.
Palabras.
Miradas.
Ahora, de pronto, todo parecía permitido precisamente porque ya no debía significar nada.
Nathalie observó el rostro de Harvy.
Lo conocía demasiado bien.
La línea de su sonrisa.
La expresión insolente de sus ojos.
La manera en que inclinaba ligeramente la cabeza cuando se disponía a provocarla.
Era el mismo hombre que había entrado en la habitación sin mirar.
El mismo que la había besado frente a Brantain.
El mismo que había provocado la crisis que casi destruyó su compromiso.
Y durante una fracción de segundo, Nathalie sintió regresar aquella antigua emoción.
No amor.
Ya no se engañaba respecto a eso.
Algo más sencillo.
Más físico.
Más egoísta.
El deseo de comprobar que todavía podía hacerlo.
Que aquella parte de Harvy seguía siendo suya de alguna manera.
Aunque solo durante un instante.
—Entonces.
Dijo ella.
—Si mi esposo te ha enviado...
No terminó.
No necesitaba hacerlo.
Harvy la observó.
Nathalie sintió calor en las mejillas.
La situación poseía una ironía casi deliciosa.
Brantain, el hombre que había sufrido por aquel primer beso, ahora autorizaba el último.
Todo estaba resuelto.
Todo estaba bajo control.
Por primera vez, el beso no podía destruir nada.
Sus ojos se suavizaron.
Sus labios se separaron ligeramente.
Harvy la conocía lo suficiente para entender.
Siempre lo había hecho.
Durante un instante no dijo nada.
Después sonrió.
No era la sonrisa que Nathalie esperaba.
Era más tranquila.
Casi afectuosa.
—Hay un problema.
Ella frunció ligeramente el ceño.
—¿Cuál?
Harvy miró hacia el salón.
—He dejado de besar mujeres.
Nathalie lo observó.
Después rió.
—Qué estupidez.
Harvy no rió.
—Lo digo en serio.
La sonrisa de Nathalie desapareció lentamente.
—¿Desde cuándo?
Él pareció pensarlo.
—Desde hace poco.
—No te creo.
—Eso no cambia demasiado.
Nathalie sintió irritación.
—Harvy.
—Nattie.
—Mi esposo acaba de enviarte a besarme.
—Una situación histórica.
—Y vas a negarte.
—Sí.
Ella lo miró con incredulidad.
—¿Por Eleanor?
La expresión de Harvy cambió apenas.
—En parte.
—¿En parte?
—También por mí.
Nathalie cruzó los brazos.
—Eso suena sospechosamente moral.
—Estoy tan sorprendido como tú.
—No sabía que el matrimonio te había reformado antes siquiera de celebrarse.
Harvy sonrió.
—No lo ha hecho.
—Entonces explícate.
Él guardó silencio unos segundos.
—¿Recuerdas lo que te dije?
—Has dicho demasiadas tonterías durante demasiados años.
—Que los besos son peligrosos.
Nathalie sintió una punzada de reconocimiento.
Aquella tarde.
Después del compromiso.
No volveré a besarte.
—Pensé que estabas bromeando.
—Yo también.
—Entonces ¿Qué ha cambiado?
Harvy la miró.
—Comprendí que cada vez que te besaba estaba intentando evitar una conversación que no quería tener.