Harvy supo que algo estaba cambiando mucho antes de que Nathalie se comprometiera.
No habría sabido decir exactamente cuándo.
Quizá fue durante una cena.
Quizá durante una tarde cualquiera.
Quizá ocurrió de manera tan gradual que solo se volvió evidente cuando ya era imposible fingir que nada había sucedido.
Brantain estaba apareciendo demasiado.
Eso fue lo primero.
No era extraño que hombres visitaran a los Vannier.
Nathalie había crecido rodeada de ellos.
Amigos de Paul.
Hijos de conocidos de la familia.
Jóvenes que aparecían durante algunas semanas con flores, invitaciones y conversaciones cuidadosamente preparadas, y después desaparecían cuando comprendían que Nathalie no estaba especialmente interesada.
Harvy los había visto llegar.
Y también marcharse.
Algunos le habían resultado divertidos.
Otros irritantes.
La mayoría completamente irrelevantes.
Brantain era distinto.
Porque no se marchaba.
-Otra vez aquí.
Harvy hizo aquel comentario una tarde mientras observaba desde la ventana del club cómo el carruaje de Brantain avanzaba por la calle.
Paul estaba sentado frente a él.
-¿Quién?
-Brantain.
Paul apenas levantó los ojos del periódico.
-¿Qué pasa con él?
-Va hacia tu casa.
-Mi casa está en esa dirección.
Harvy lo miró.
-Gracias por la información geográfica.
Paul pasó una página.
-¿Qué quieres que diga?
-Que está cortejando a tu hermana.
Paul bajó finalmente el periódico.
-Eso ya lo sabe todo el mundo.
Harvy sintió una irritación absurda.
-¿Todo el mundo?
-Prácticamente.
-Yo no.
Paul lo observó.
-Eso es más interesante.
Harvy tomó su copa.
-No tiene nada de interesante.
-Claro.
-No pongas esa cara.
-¿Qué cara?
-La que pone Nathalie cuando cree que sabe algo que yo no.
Paul sonrió.
-Eso reduce bastante las opciones.
Harvy bebió.
-¿Ella está interesada?
-¿En Brantain?
-No conozco a otro hombre del que estemos hablando.
Paul se encogió de hombros.
-Supongo.
-¿Supones?
-Nunca hablo con Nathalie de esas cosas.
-Es tu hermana.
-Precisamente.
Harvy miró otra vez por la ventana.
El carruaje ya había desaparecido.
-Es bastante poco agraciado.
Paul rió.
-Eso es cruel.
-Es exacto.
-También es rico.
Harvy volvió la cabeza.
Paul lo miraba con una expresión demasiado divertida.
-Muy rico.
Añadió.
-Ya lo sé.
-Nathalie también.
Harvy dejó la copa.
-¿Qué quieres decir?
-Nada.
-No.
Harvy se inclinó.
-Dilo.
Paul sonrió.
-Solo digo que mi hermana no es una criatura especialmente inmune a las ventajas materiales.
-Qué delicado.
-No estoy criticándola.
Paul bajó la voz.
-Nuestra familia tampoco está precisamente en condiciones de despreciar un matrimonio como ese.
Harvy conocía parte de la situación.
No toda.
Pero suficiente.
Había visto algunas cuentas sobre el escritorio del señor Vannier.
Había escuchado conversaciones interrumpirse.
También había visto a Nathalie repetir vestidos más veces de lo habitual y después fingir que aquello obedecía a una elección estética.
Nunca había preguntado.
La familia Vannier era demasiado orgullosa.
Y Harvy, pese a todos sus defectos, sabía cuándo una pregunta podía convertirse en una humillación.
-Entonces sería por dinero.
Dijo.
Paul hizo una mueca.
-No he dicho eso.
-Casi.
-Nathalie no se casaría con un hombre que detestara.
-Qué tranquilizador para Brantain.
Paul volvió al periódico.
-¿Por qué te importa?
Harvy tomó otra vez la copa.
-No me importa.
Paul soltó una risa.
-Eres un mentiroso terrible.
-Tú eres un hermano terrible.
-También.
Harvy no volvió a preguntar.
Pero aquella tarde no dejó de pensar en Brantain.
Conocía a Nathalie desde que ambos eran niños.
Eso era parte del problema.
Había personas a las que uno llegaba a conocer.
Y después estaba Nathalie.
Harvy no recordaba haberla conocido.
Simplemente había estado allí.
En la casa.
En las vacaciones.
En los veranos.
En las discusiones con Paul.
En los almuerzos familiares.
En los juegos infantiles que con el paso de los años se habían transformado en conversaciones, paseos, bailes y silencios.
Nathalie era parte de un paisaje que él había asumido eterno.
Quizá por eso nunca se había preguntado realmente qué significaba.
La primera vez que la besó, ninguno de los dos tenía un plan.
Tenían diecisiete años.
Paul había salido de la habitación.
Nathalie se había burlado de algo que Harvy había dicho.
Él la desafió a repetirlo.
Ella lo hizo.
Harvy la besó.
Nathalie lo empujó.
Después lo abofeteó.
Después se rió.
Tres minutos más tarde estaban discutiendo sobre otra cosa.
Nunca hablaron del beso.
Meses después ocurrió otra vez.
Después otra.
No con frecuencia.
No como una relación.
Solo cuando alguna extraña combinación de cercanía, desafío y oportunidad hacía parecer absurdo no hacerlo.
Harvy nunca pensó demasiado en aquello.
Nathalie tampoco parecía hacerlo.
Eso era precisamente lo cómodo.
Nada exigía definición.
Nada necesitaba futuro.
Hasta Brantain.
Dos días después de ver su carruaje, Harvy fue a casa de los Vannier.
Entró como siempre por la puerta lateral.
Una criada le informó que Paul estaba fuera.
-¿Y Nathalie?
-En el salón, señor.
Harvy se dirigió hacia allí.
Se detuvo antes de entrar.
Escuchó una voz masculina.
Brantain.