Harvy evitó la casa de los Vannier durante cuatro días.
No fue una decisión elegante.
Tampoco especialmente valiente.
Simplemente no supo qué otra cosa hacer.
Cada mañana encontraba una razón distinta para no pasar por allí.
Un almuerzo.
Una visita.
Un asunto pendiente.
Una reunión que podía haberse pospuesto.
Cualquier cosa servía mientras le permitiera permanecer lejos de la puerta lateral por la que había entrado casi todos los días durante años.
Paul lo encontró extraño desde el primero.
—¿Estás enfermo?
Harvy levantó la vista de su copa.
—No.
—Entonces ¿Por qué no has ido a casa?
—¿Tengo obligación de registrarme diariamente?
Paul se sentó frente a él.
—No.
—Perfecto.
—Pero normalmente apareces incluso cuando nadie te invita.
—Estoy reformándome.
Paul soltó una risa.
—Eso sí sería una enfermedad.
Harvy sonrió.
No quería hablar.
Mucho menos con Paul.
Paul conocía demasiado a Nathalie.
Y demasiado a él.
—¿Pasó algo?
Preguntó.
Harvy tomó su copa.
—Nada.
—Nathalie está de un humor espantoso.
La mano de Harvy se detuvo.
—Eso tampoco es noticia.
—Más que de costumbre.
—Tal vez encontró un espejo poco favorecedor.
Paul lo observó.
Harvy supo inmediatamente que la broma no había funcionado.
—¿Tuvisteis una discusión?
—Siempre discutimos.
—No así.
Harvy miró hacia otro lado.
—¿Qué dijo?
—Nada.
Aquello le preocupó más.
—¿Nada?
—Exactamente.
Paul se reclinó.
—Y tú llevas cuatro días desaparecido.
Harvy dejó la copa.
—No estoy desaparecido. Estoy aquí.
—Sabes lo que quiero decir.
Harvy se levantó.
—Tengo que irme.
—Eso parece una confirmación.
—Interprétalo como quieras.
Paul lo vio tomar los guantes.
—Harvy.
Él se detuvo.
—¿Qué?
—Si hiciste algo estúpido...
Harvy soltó una risa.
—Tendrás que ser más específico.
Paul no sonrió.
—Solo no la compliques más.
Aquella frase se acercó demasiado.
Harvy abrió la puerta.
—No pensaba hacerlo.
Era la verdad.
Por una vez.
No regresó a casa.
Caminó.
Había desarrollado aquella costumbre desde el beso.
Caminar hasta cansarse lo suficiente para que pensar resultara incómodo.
No funcionaba especialmente bien.
Brantain seguía apareciendo.
No podía dejar de imaginar el momento previo a su entrada.
Nathalie junto al fuego.
Brantain en la sombra.
Él a punto de hablar.
Era posible que hubiese estado a punto de declararse.
Nathalie se lo había prácticamente confirmado con su furia.
Eso convertía el beso en algo peor.
Harvy no solo había sido imprudente.
Había intervenido en una decisión que Nathalie estaba a punto de tomar.
Y, aunque detestaba admitirlo, una parte de él sabía que aquello no había sido completamente accidental.
No había visto a Brantain.
Eso era cierto.
Pero sí llevaba días pensando en él.
Pensando en Nathalie casada.
Pensando en perder su lugar.
Y cuando había entrado y la había visto sola, o aparentemente sola, había actuado como si necesitara recordarse que todavía existía algo entre ellos que Brantain no tenía.
Un derecho.
Una costumbre.
Un territorio.
El beso había sido una estupidez.
Pero también había sido una reclamación.
Eso era lo que más le desagradaba.
Porque Nathalie no era algo que pudiera reclamar.
Mucho menos cuando él nunca había querido hacerse responsable de lo que reclamaba.
El quinto día recibió una invitación para la recepción de la señora Mortimer.
Naturalmente.
Toda la ciudad parecía invitada.
Harvy pensó en no asistir.
Después decidió que eso sería todavía más evidente.
La cobardía tenía límites.
Se vistió.
Llegó tarde.
No demasiado.
Lo suficiente para evitar la primera oleada de saludos.
La casa estaba llena.
Música.
Copas.
Conversaciones.
Perfumes.
Harvy reconoció demasiadas caras.
No vio a Nathalie.
Sintió alivio.
Después decepción.
Aquello lo irritó.
Tomó una copa.
Conversó con dos personas.
Rió en los lugares correctos.
Respondió sin escuchar.
Después la vio.
Nathalie estaba al otro extremo del salón.
Vestida de una manera que habría llamado la atención incluso si él no hubiera pasado buena parte de su vida sabiendo dónde buscarla.
No estaba sola.
Brantain estaba cerca.
Harvy sintió que algo se tensaba dentro de él.
Brantain parecía miserable.
Nathalie, en cambio, parecía tranquila.
Pero Harvy la conocía.
Demasiado.
Había algo calculado en aquella tranquilidad.
Una dirección.
Una intención.
La vio acercarse a Brantain.
Hablar.
Él respondió.
Nathalie tomó su brazo.
Y ambos abandonaron el salón hacia un corredor lateral.
Harvy permaneció inmóvil.
—Eso parece interesante.
La voz pertenecía a Eleanor Gray.
Harvy se volvió.
La conocía de varias reuniones, aunque nunca habían hablado demasiado.
—¿Qué cosa?
Eleanor miró hacia el corredor por el que Nathalie y Brantain acababan de desaparecer.
—Eso.
Harvy sonrió.
—No sé de qué habla.
—Claro.
Eleanor tomó una copa de una bandeja.
—La gente siempre mira con enorme discreción precisamente aquello que más le interesa.
Harvy levantó una ceja.
—¿Me estaba observando?
—No.
—Entonces tenemos un problema lógico.
Eleanor sonrió.
—Quizá estaba observando lo mismo.
Harvy volvió la mirada hacia el corredor.
—¿Brantain?
—Nathalie.
—Ah.
—Parece decidida.