El Beso

Capítulo Extra 3 - Eleanor

Harvy tardó en darse cuenta de que estaba buscando a Eleanor.

Al principio fueron coincidencias.

Después, excusas.

Más tarde dejó de molestarse en fingir.

Si sabía que ella estaría en una cena, aceptaba la invitación.

Si Paul mencionaba que los Gray asistirían a una recepción, Harvy preguntaba a qué hora.

Si pasaban dos o tres días sin verla, encontraba alguna razón perfectamente innecesaria para visitar a su padre.

Aquello le resultaba irritante.

No el interés.

La evidencia.

Había pasado años creyendo que sabía exactamente cómo funcionaban sus afectos.

Una mujer podía gustarle.

Podía desearla.

Podía divertirse con ella.

Pero siempre había existido una salida.

Una broma.

Una distracción.

Otra persona.

Eleanor no parecía aceptar esas rutas de escape.

Ni siquiera porque se lo propusiera.

Simplemente no reaccionaba como él esperaba.

Una tarde, durante una visita a casa de los Gray, Harvy intentó provocarla.

—Creo que está empezando a gustarle mi compañía.

Eleanor continuó bordando.

—Qué conclusión tan ambiciosa.
—He venido tres veces esta semana.
—Eso dice más de usted que de mí.

Harvy sonrió.

—Podría haberme echado.
—Podría.
—No lo hizo.
—Mi madre habría considerado descortés expulsar a un invitado sin una razón.
—Entonces necesito saber qué razones serían suficientes.

Eleanor levantó los ojos.

—Siga hablando.

Harvy soltó una carcajada.

La señora Gray, sentada al otro extremo de la habitación, los miró y sonrió discretamente.

Harvy lo notó.

Aquello debería haberlo inquietado.

En lugar de eso, le produjo una sensación casi agradable.

Como si de pronto estuviera ocupando un lugar visible.

Definido.

Peligroso, sí.

Pero real.

Durante aquellas semanas aprendió cosas sobre Eleanor que nadie le había pedido aprender.

Que no le gustaban las rosas demasiado perfumadas.

Que prefería caminar a montar en carruaje cuando el tiempo lo permitía.

Que fingía entender de música porque su madre esperaba que lo hiciera, aunque en realidad se aburría en ciertos conciertos.

Que odiaba perder en cualquier juego de cartas.

Que podía permanecer callada mucho tiempo sin sentirse obligada a llenar el silencio.

Eso último fue lo que más sorprendió a Harvy.

Nathalie odiaba ciertos silencios.

No todos.

Pero sí aquellos en los que sentía que el control podía cambiar de manos.

Con ella, el silencio era muchas veces otra forma de competencia.

Con Eleanor no.

A veces ambos simplemente caminaban.

Sin hablar.

Y aquello no significaba nada malo.

Una tarde, después de casi diez minutos sin decir una palabra, Harvy preguntó:

—¿Está molesta conmigo?

Eleanor lo miró.

—No.
—No ha hablado.
—Usted tampoco.
—Yo estaba esperando.
—¿Qué cosa?

Harvy abrió la boca.

No sabía.

Eleanor sonrió.

—Exactamente.

Él rió.

—Esto es extraño.
—¿Qué?
—Poder estar con una mujer sin sentir que tengo que hacer algo.

Eleanor dejó de caminar.

—Eso no ha sonado especialmente halagador para sus relaciones anteriores.

Harvy pensó inmediatamente en Nathalie.

—Probablemente no lo sea.

Eleanor lo observó.

—¿Ella?

Harvy supo de inmediato a quién se refería.

—Sí.
—Habla mucho de Nathalie incluso cuando no la menciona.

Harvy frunció el ceño.

—Eso suena imposible.
—No lo es.

Eleanor reanudó el paso.

—Está en muchas de las comparaciones que evita hacer.

Harvy la siguió.

—Eso debería molestarle.
—Tal vez.
—Pero no parece.
—Porque no estoy compitiendo con ella.

Harvy quedó en silencio.

Eleanor continuó:

—Si tengo que ganar una competencia para interesarle, entonces ya perdí.

Él la miró.

—Eso ha sido muy sensato.
—Lo sé.
—Y profundamente irritante.
—También.

Harvy sonrió.

Y por primera vez sintió miedo.

No a perder a Eleanor.

Todavía no.

A querer conservarla.

Nathalie empezó a notarlo.

Harvy supo exactamente cuándo.

Fue durante una recepción.

Él estaba hablando con Eleanor cerca de una ventana cuando sintió una mirada.

No necesitó buscar demasiado.

Nathalie estaba al otro lado del salón.

Brantain a su lado.

Ella fingía escuchar a una mujer mayor.

Pero sus ojos estaban sobre Harvy.

Él la conocía.

Conocía aquella expresión.

No era dolor.

No era enfado todavía.

Era cálculo.

La forma en que Nathalie observaba algo cuando acababa de descubrir que no funcionaba como esperaba.

Harvy sostuvo su mirada.

Durante un segundo sintió la vieja reacción.

El impulso de sonreír.

De acercarse.

De demostrarle que seguía existiendo aquella línea invisible entre ambos.

No lo hizo.

Se volvió hacia Eleanor.

—¿Qué ocurre?

Preguntó ella.

—Nada.
—Eso nunca significa nada.

Harvy sonrió.

—Está aprendiendo malas costumbres.
—De usted.
—Entonces todavía puede salvarse.

Eleanor miró discretamente hacia Nathalie.

Después volvió a Harvy.

—¿La vio?
—Sí.
—¿Va a ir?

Harvy sintió algo en la pregunta.

No celos.

Evaluación.

—No.

Eleanor asintió.

Nada más.

Aquello le importó más de lo que debería.

Nathalie fue quien se acercó después.

Brantain hablaba con unos conocidos.

Eleanor había ido a saludar a su madre.

Harvy estaba solo.

—Te escondes.

Él sonrió.

—Creía que esa frase era mía.
—La aprendí de alguien insoportable.
—Debe de ser encantador.

Nathalie se detuvo junto a él.

—Veo que pasas mucho tiempo con Eleanor.
—Eso parece.
—La ciudad también lo parece notar.
—La ciudad necesita pasatiempos.




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