El Beso

Capítulo Extra 4 - El Precio De La Verdad

El compromiso con Eleanor no produjo en Harvy el pánico que había esperado.

Eso fue lo primero que lo sorprendió.

Durante años había hablado del matrimonio como si fuera una enfermedad lenta, una institución diseñada específicamente para domesticar hombres razonables y convertirlos en criaturas preocupadas por horarios, cuentas domésticas y cenas familiares.

Había hecho bromas.

Demasiadas.

Había asegurado en más de una ocasión que prefería perder una mano antes que entregarla en matrimonio.

Paul conservaba una lista mental de aquellas declaraciones y disfrutaba recordándoselas.

—Creo que mi favorita era la de la cárcel.

Dijo la mañana siguiente al compromiso.

Harvy estaba sentado frente a él en el club.

—¿Qué cárcel?
—Dijiste que el matrimonio era una prisión donde el reo tenía que pagar personalmente las cortinas.

Harvy cerró los ojos.

—No recuerdo haber dicho eso.
—Yo sí.
—Eso demuestra que necesitas una vida más interesante.

Paul sonrió.

—También dijiste que ningún hombre sensato entregaría voluntariamente su libertad.
—Era joven.
—Fue hace cuatro meses.

Harvy tomó su café.

—He madurado.

Paul soltó una carcajada.

Varias personas miraron en su dirección.

—Habla más bajo.
—Harvy ha madurado.
—Paul.
—Esto merece anunciarse.

Harvy le lanzó una servilleta.

Paul la atrapó.

—Entonces ¿Cómo se siente?

Harvy pensó.

No había dormido demasiado.

No por miedo.

Por una especie de energía nueva que le hacía reconstruir una y otra vez la conversación con Eleanor.

Quiero los años.

Le había parecido una frase desesperadamente sentimental al decirla.

Ahora todavía le daba vergüenza.

Pero seguía siendo cierta.

—Bien.

Paul lo miró.

—Eso es decepcionante.
—¿Qué esperabas?
—Terror.
—Lo siento.
—Arrepentimiento.
—Tampoco.
—Una fuga internacional.

Harvy sonrió.

—Quizá después de la boda.

Paul bebió.

—Eleanor te hará bien.

Harvy levantó una ceja.

—Eso ha sonado como si fuera una medicina.
—En cierto sentido.
—Cuidado.

Paul sonrió.

Después se puso serio.

—¿Nathalie lo sabe?

Ahí estaba.

Harvy miró hacia su taza.

—Probablemente.
—No le has dicho.
—No.
—¿Por qué?

Harvy sintió irritación.

—Porque no necesito su permiso.

Paul lo observó.

—No pregunté eso.
—Entonces pregunta mejor.
—¿Por qué no quisiste decírselo tú?

Harvy guardó silencio.

Porque una parte de él había querido evitar su reacción.

Porque no sabía si Nathalie sonreiría, se enfadaría o lo miraría con aquella indiferencia perfecta que a veces era peor que ambas cosas.

Porque, aunque Eleanor ya era una elección real, seguía existiendo una parte pequeña y vergonzosa de Harvy que quería comprobar qué significaba para Nathalie dejar de ser una posibilidad.

—No era necesario.

Dijo.

Paul sonrió sin humor.

—Eso suena exactamente como ella.

Harvy levantó la vista.

—¿Qué?
—Cuando algo importa demasiado, ambos decís que no es necesario hablarlo.

Aquello lo irritó porque era cierto.

—Por eso nunca os entendisteis.

Harvy se reclinó en la silla.

—¿Y desde cuándo eres especialista en nosotros?
—Desde que tuve que vivir veinte años viendo cómo os comportabais como dos idiotas.

Harvy soltó una risa.

—Gracias.
—De nada.

Paul bebió.

—Se enterará hoy.
—¿Por qué?
—Mi madre.

Harvy cerró los ojos.

—Naturalmente.
—Probablemente ya está eligiendo la expresión exacta con la que anunciarlo.
—¿Crees que me odia?
—¿Mi madre?
—Sí.

Paul pensó.

—No.
—Qué alivio.
—Creo que lleva años esperando que alguien te controle.

Harvy hizo una mueca.

—Eso sí suena más propio de ella.

Nathalie recibió la noticia antes del mediodía.

Harvy lo supo porque Paul apareció en su casa aproximadamente una hora después.

Sin llamar.

Harvy abrió la puerta de su estudio y lo encontró sirviéndose una copa.

—¿Desde cuándo entras así?

Paul lo miró.

—Aprendí de ti.
—Eso demuestra pésimo juicio.
—Nathalie ya lo sabe.

Harvy sintió una reacción demasiado rápida.

—¿Y?

Paul sonrió.

—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Esa cara.
—No dije nada.

Harvy se acercó.

—¿Cómo reaccionó?
—La felicitó.
—¿A quién?
—A Eleanor.

Harvy frunció el ceño.

—¿Estuvo allí?
—Esta mañana.

Aquello sí lo sorprendió.

—¿Por qué?

Paul se encogió de hombros.

—Supongo que quería hablar con Nathalie.

Harvy sintió una pequeña tensión.

—¿Sobre mí?
—Probablemente.
—¿Y tú no sabes nada?
—Me echaron.

Harvy caminó hacia la ventana.

Una parte de él quería ir inmediatamente.

No sabía a cuál de las dos.

Preguntar.

Controlar.

Asegurarse de que nadie hubiera dicho demasiado.

La vieja costumbre.

Se detuvo.

No.

Eleanor había elegido hablar con Nathalie.

Nathalie había elegido responder.

No todo tenía que pasar por él.

—¿No vas a ir?

Preguntó Paul.

Harvy se volvió.

—¿Adónde?
—A casa.
—No.

Paul arqueó las cejas.

—Impresionante.
—Estoy aprendiendo.
—Esto sí merece anunciarse.

Harvy señaló la puerta.

—Fuera.

Paul rió.

Eleanor se lo contó esa misma tarde.

No todo.

Lo suficiente.

Estaban caminando por el jardín detrás de la casa de los Gray.

El compromiso todavía no se había anunciado públicamente, aunque ambas familias ya lo sabían.

Eleanor llevaba el anillo.

Harvy lo miraba con una frecuencia ridícula.

Ella lo notó.




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