Harvy llegó a la boda de Nathalie convencido de que no iba a sentir nada extraordinario.
Era una idea optimista.
También falsa.
Lo descubrió antes incluso de entrar en la casa.
El carruaje se detuvo frente a la residencia de los Vannier y, durante unos segundos, Harvy permaneció sentado sin hacer ningún movimiento.
Había llegado muchas veces a aquella puerta.
Cientos, probablemente.
Casi nunca había pensado antes de entrar.
Bajaba del carruaje.
Cruzaba el vestíbulo.
Preguntaba por Paul o por Nathalie.
En ocasiones ni siquiera preguntaba.
Había pasado tantos años comportándose como un miembro adicional de aquella familia que la casa formaba parte de sus recuerdos de la misma manera que la suya.
Pero aquella mañana era diferente.
Había flores en la entrada.
Carruajes detenidos en la calle.
Criados vestidos para la ocasión.
Invitados entrando en pequeños grupos.
Y en algún lugar dentro de aquella casa, Nathalie estaba a punto de casarse.
Eleanor tocó ligeramente su brazo.
—¿Vas a bajar?
Harvy volvió la cabeza.
Ella estaba sentada frente a él.
Hermosa.
Serena.
Y observándolo con demasiada atención.
—Naturalmente.
—Llevas casi un minuto mirando la puerta.
—Estoy admirando la arquitectura.
Eleanor sonrió.
—La has visto durante veinte años.
—Y todavía me impresiona.
—Harvy.
Él soltó el aire.
—Estoy bien.
—No te pregunté eso.
Harvy la miró.
Eleanor extendió una mano.
—Solo pregunté si vas a bajar.
Harvy la tomó.
Aquello le gustaba de ella.
No intentaba arrancarle emociones antes de que pudiera comprenderlas.
No preguntaba:
¿Te duele?
¿Estás celoso?
¿Quieres marcharte?
Simplemente le ofrecía la mano.
Harvy la sostuvo.
—Sí.
Abrió la puerta del carruaje.
—Vamos.
Paul lo encontró antes de que llegara al salón principal.
—Llegas tarde.
Harvy miró su reloj.
—Llegué exactamente a la hora que me dijeron.
—Para ti eso es tarde.
—¿Nervioso?
Paul se acomodó el cuello.
—No.
—Mientes peor que Brantain.
—Brantain lleva veinte minutos caminando en círculos.
Harvy sonrió.
—Eso sí quiero verlo.
Paul señaló hacia una habitación lateral.
—Está allí.
Harvy miró a Eleanor.
—¿Te molesta?
—Ve.
—Podría tardar.
—Sobreviviré.
Paul sonrió.
—Definitivamente es demasiado buena para ti.
Eleanor respondió:
—Lo sé.
Harvy hizo una mueca.
—Esto será un matrimonio difícil.
Ella le dio un beso breve en la mejilla.
—Ve.
Harvy siguió a Paul.
Antes de entrar en la habitación, miró una vez hacia atrás.
Eleanor ya hablaba con la señora Vannier.
No estaba observándolo.
Y, extrañamente, eso lo tranquilizó.
Brantain realmente caminaba en círculos.
Harvy se apoyó contra el marco de la puerta.
—Extraordinario.
Brantain se volvió.
—¿Qué?
—Nada.
Harvy entró.
—Solo estaba pensando que el hombre que posee media ciudad parece incapaz de dominar una alfombra.
Brantain no sonrió.
—No estoy de humor.
—Eso veo.
Paul cerró la puerta.
—Le dije lo mismo.
Brantain miró a ambos.
—¿Por qué estáis aquí?
Harvy se sentó.
—Apoyo moral.
—No quiero apoyo moral.
—Excelente. Tampoco sabemos darlo.
Paul tomó una botella.
—¿Bebes?
—No.
—Eso dijo.
Harvy extendió una mano.
—Yo sí.
Paul le sirvió una copa.
Brantain los miró como si reconsiderara seriamente la boda solo para escapar de aquella habitación.
—¿Qué hora es?
Paul consultó el reloj.
—La misma que hace treinta segundos.
Brantain cerró los ojos.
Harvy observó su rostro.
Había visto a Brantain nervioso antes.
Durante conversaciones.
En recepciones.
Frente a Nathalie.
Pero aquello era distinto.
No era simple timidez.
Era miedo.
Harvy dejó la copa.
—Va a venir.
Brantain abrió los ojos.
—¿Qué?
—Nathalie.
Paul miró a Harvy.
Él continuó:
—Va a aparecer.
Brantain soltó una risa sin humor.
—Eso espero.
—No.
Harvy se puso de pie.
—Lo hará.
Brantain lo observó.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
La pregunta era extraña.
Tal vez incluso cruel, viniendo de él.
Pero Harvy conocía la respuesta.
—Porque cuando Nathalie decide algo de verdad, el resto del mundo solo descubre la decisión después.
Brantain permaneció inmóvil.
Harvy sonrió.
—Y te eligió.
La expresión del novio cambió apenas.
—¿De verdad lo crees?
Harvy pensó en las últimas semanas.
En los celos de Nathalie.
En sus dudas.
En la conversación junto a la fuente.
En la forma en que había hablado de Brantain cuando ya no intentaba convencer a nadie.
—Sí.
La respuesta salió sin dificultad.
—Lo creo.
Brantain respiró lentamente.
—Gracias.
Harvy levantó una mano.
—No arruines mi reputación.
Paul rió.
Brantain sonrió por fin.
Después preguntó:
—¿Y tú?
Harvy frunció el ceño.
—¿Yo qué?
—¿Estás bien con esto?
Paul dejó de reír.
Harvy miró a Brantain.
No había provocación en la pregunta.
Solo sinceridad.
Harvy pensó en mentir.
No necesitaba hacerlo.
—Sí.
Brantain esperó.
Harvy sonrió.
—Y no.
—Eso no ayuda.
—Nunca dije que quisiera ser útil.
Harvy caminó hacia la ventana.
—Una parte de mí probablemente siempre va a sentir algo extraño cuando la vea contigo.
Brantain bajó los ojos.
—Pero no porque quiera estar en tu lugar.
Eso hizo que levantara la mirada.