El blog de Zarzamora - De la vida y otras cosas #1

#11: De Frederick y sus locuras

Estoy en el puesto de comida francesa de Nicole cuando Frederick me toma por el brazo y me arrastra lejos de allí. Soy consciente de que las doble letras nos observan.

—Estaba a punto de pedir uno de esos crepes con helado —le reclamo a Frederick cuando me suelta y nos alejamos por el pasillo.

—Deja de quejarte.

—¿A dónde vamos?

—Ahora entiendo por qué nunca hablas, solo lo haces para protestar.

—¡Ey! —Él suelta una carcajada.

—Lo siento. —Caminamos por el pasillo en silencio.

Los pasillos están bastante desiertos, pues la mayoría están en los puestos de comida. Aparte del de Nicole, están los de los otros cursos. Alcanzo a ver comida colombiana, venezolana, portuguesa, argentina y mexicana. Frederick se detiene en uno de estos últimos y pide un taco al que agrega una salsa picante.

—No me veas así —dice antes de meterse su taco a la boca—, no he desayunado; además, estas cosas me encantan.

No digo nada a eso y lo sigo por el pasillo; cuando lleva su taco a la mitad, me hago a una idea de hacia dónde me lleva.

—¿Vamos al auditorio?

—Exacto —contesta con la boca llena.

Me percato de que mientras más nos acercamos al auditorio, más solitarios se vuelven los pasillos. En el camino le pregunto si habrá alguien más allí y dice que no. Terminamos sentados en el suelo del escenario con las piernas cruzadas y mirando hacia las butacas. Frederick extrae una cajetilla de cigarros Lucky Strike del bolsillo de su mochila y me ofrece. Nunca antes de eso se me hubiera pasado por la mente fumar; de hecho, es la primera vez en mi vida que veo un cigarro en vivo y directo.

Cuando tomo uno y lo llevo a mis labios me pregunto por qué lo hago, ¿curiosidad? Es lo más probable. Cuando el humo invade mis pulmones, intento controlar las arcadas y el acceso de tos, pero se me hace imposible; es así como mi inexperiencia queda en evidencia frente al chico con menos tacto de todo el instituto. Sus carcajadas resuenan por todo el auditorio y mi cara está caliente; es fácil adivinar que el color rojo está también por toda ella.

—Siempre hay una primera vez para todo, ¿no es lo que dicen? —digo con el cigarro entre los dedos de mi mano derecha; Frederick comienza a controlar su risa.

—Sí, pero siempre me dan risa los primerizos. Bien. —Él le da una calada a su cigarrillo y luego me explica cómo debo fumar—: Aspira del cigarro y luego toma un poco de aire puro, después lo pasas y lo dejas que viaje hasta tus pulmones. Con calma y verás cómo fluye.

Descubro que no se equivoca; cuando logro dominar tan extraño arte me siento un poco mareada al principio, pero luego me encuentro ansiando fumar otro, y cuando el primer cigarro se acaba, Frederick me obsequia otro. Al tercero él dice:

—Sabes que siempre estoy con Ceci y los demás, ¿no? —Asiento y sacudo la ceniza en el piso encerado—. Pues pasa esto: están planeando hacer algo en unos días y no estoy tan seguro de querer participar.

—¿Es ilegal? —Pienso que mi pregunta lo escandalizará, pero no lo hace; se limita a mirarme de forma seria, lo que, si soy sincera, me preocupa.

—Quizás.

—¿Qué es? —Desvía la mirada hacia las butacas y fuma por un rato, luego me cuenta.

—Solo diré que tiene que ver con fuego. —Nos envuelve el silencio. ¿Fuego? ¿Qué planean incendiar? El grupo de Ceci es muy reconocido en el instituto por el espíritu rebelde que emanan allí a donde van, pero eso es una cosa; incendiar algo que estoy casi segura debe ser de propiedad privada es: vandalismo.

—¿Por qué me cuentas todo esto? —pregunto antes de llevar el cigarro a mis labios; Frederick se encoge de hombros.

—Honestamente, no tengo ni la menor idea.

—Si estuviera en mis manos —digo con lentitud, midiendo mis comentarios. Frederick no me pide un consejo directamente, pero si estudio con detalle sus palabras, eso está implícito—, me negaría. Quiero decir, si tuviera la opción de elegir, escogería lo que mejor me haga sentir. —Él ladea una sonrisa.

—Eso no se parece a lo que dijiste el otro día en clase.

—En realidad, sí. Hay cosas que no se pueden elegir, otras: sí.

—Gracias —dice y allí termina esa conversación.

Luego de fumarnos un cigarrillo más, regresamos a los pasillos congestionados de estudiantes. Frederick me pide unos crepes franceses y por fin puedo darme mi gusto; bueno, eso sin contar con que él se come la mitad. Luego vamos juntos al partido de baloncesto. Él se dedica todo el partido a gritar obscenidades a Damián; este último no escucha ninguna, tanto por la algarabía del lugar como por el hecho de que está muy concentrado en el juego que va empatado. Por desgracia para Frederick, el profesor de gimnasia lo escucha y le reprende. Las palabras «consejera escolar y detención» se escuchan en su frase y eso es suficiente para que me tome por la muñeca y me arrastre lejos del juego.

Cuando nuestra marcha se ralentiza por el pasillo aún nos estamos riendo; por los pasillos no hay muchas personas y no falta mucho para que el periodo escolar se acabe. Antes de cruzar una esquina en un pasillo, Frederick se despide de mí: «Estamos hablando» es lo que dice antes de dejarme un beso en la mejilla. Luego aferro la correa de mi mochila y me voy por el pasillo; a lo lejos vislumbro una figura delgada que apoya la espalda en la pared y tiene los brazos cruzados. Cuando la distancia es muy corta, sé que la figura pertenece a Nicole; a una Nicole que está cambiando y que no muchas personas parecen notar dicho cambio. Cuando paso frente a ella nuestros ojos se cruzan; son segundos, pero a veces un solo segundo es suficiente para saber que el otro te ha reconocido del pasado.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.