El blog de Zarzamora - De la vida y otras cosas #1

#13: De Bruno y su comportamiento

​La semana especial ha llegado a su fin. El cuadro de honor de nuestro curso ha ganado uno de los juegos mentales; el juego consiste en armar palabras con sílabas desperdigadas por el suelo del auditorio. El premio ha sido una mochila con utensilios escolares dentro para cada una de las integrantes del equipo. Frederick dice que es el premio más tonto que ha visto jamás; no estoy de acuerdo, pero no se lo digo.

El día es bastante relajado para todos; el primer periodo es dedicado a los juegos mentales y la otra mitad es dedicada a la recreación. Se hacen pequeños partidos de baloncesto y fútbol, hay un pequeño concurso de canto y muestras gratis de cupcakes.

Me separo de Frederick cuando Ceci sube al escenario para participar en el concurso de canto; la razón es que necesito ir al baño, aunque tengo la leve sensación de que él no me cree del todo e ignoro por completo el porqué.

Cuando salgo del auditorio, me topo con una pareja muy acaramelada que pretende esconderse de los curiosos en una esquina. Cuando los paso de largo, no puedo evitar reírme. Simón siempre ha sido un payaso y, a pesar de que ya lo he visto con anterioridad coquetear con Marta, en esta ocasión es diferente. Se ve a simple vista que ya han pasado la etapa del burdo coqueteo y van un escalón más en serio, por lo cual es muy gracioso ver en esa actitud al payaso consagrado del curso. Por otro lado, también me causa gracia la reacción que probablemente tendrá Nicole cuando se entere, pues es bien sabida la aversión que siente hacia Simón.

Los baños están solos, esa es una de las ventajas de la semana especial. Dejo la mochila sobre uno de los baños y me meto en un cubículo a hacer lo mío; al salir, abro el grifo, ahueco las manos y dejo que el agua se estanque en ellas, luego la dejo correr. Cuando me miro al espejo tengo una sensación extraña y no sé explicar por qué, solo sé que la chica del espejo se siente diferente.

Soy yo, tengo el cabello atado en una cola y los ojos con el delineador negro que siempre uso, la usual expresión serena y la mirada un tanto apagada, pero de la misma manera soy diferente. Me sonrío a mí misma y cierro el grifo. Seco mis manos en mis pantalones, tomo la mochila y salgo de allí.

Hace unos días atrás, la puerta de ese mismo baño la estrellaba contra el rostro de Frederick; este día, en cambio, no la estrello contra nadie, pues la que se estrella con ese alguien soy yo.

—Lo siento —digo recobrando el equilibrio y mirando la expresión seria de Bruno. Parece un poco ausente.

—No lo sientas. —Nos quedamos allí, viéndonos y sin decir palabra; es sin lugar a dudas uno de los momentos más extraños que he experimentado y eso es mucho decir de mí—. ¿Alguna vez te has arrepentido de algo? —pregunta de la nada; su mirada es intensa e, incluso, da un poco de miedo. Asiento a su pregunta y él lleva su mirada hacia el pasillo. Está un rato en silencio y luego dice—: ¿Por qué nunca hablas? —Me atrevo a asegurar que suena enfadado, como si yo acabara de insultarlo cuando, en realidad, lo único que hice fue cruzarme en su camino.

—Solo lo hago cuando tengo algo interesante que decir.

—Eso es una estupidez.

Sí, está molesto y es fácil adivinar que se está desquitando conmigo; clavo una dura mirada en él. Nunca he sido buena hablando en voz alta, pero algunas de las personas con las que me he topado a lo largo de mis dieciséis años han coincidido en que mis ojos son suficientes para decir muchas cosas, y esta vez no es la excepción. Bruno se pasa una mano por los cabellos y suspira.

—Lo siento, solo necesito hablar con alguien. —Hace una pausa para fruncir los labios—. Pero no pareces la persona indicada.

—Pues suerte con tu búsqueda —digo con dureza antes de esquivarlo. Mi intento de huir es cortado cuando él me aprieta por un brazo para disculparse.

—Lo siento. Yo de verdad necesito hablar con alguien, si no, voy a explotar.

—¿Qué hay de Damián?

—Ególatra idiota —dice con naturalidad. De nuevo el silencio y su mirada intensa; no me agrada que me vea de esa forma porque me pone nerviosa.

—Tienes razón, no soy la persona indicada, disculpa. —Me doy la vuelta para irme, pero él dice:

—Te he visto con Frederick. —Me detengo y lo miro extrañada—. Con él sí hablas, ¿no? A pesar de que solo es un idiota con necesidad de atención.

—¿Qué rayos te pasa? —A espaldas de él veo una figura acercándose y, antes de él poder contestarme, ella habla.

—¿Bruno? ¿Podemos hablar un momento? —Nicole lleva una cinta negra atada en un mechón de su cabello rubio; Bruno no la mira—. ¿Bruno? —Su voz suena temblorosa y me siento como una intrusa.

—¿Qué, Nicole? —Se vuelve él hacia ella con una expresión de cansancio.

No puedo seguir contándoles qué pasa entre ellos porque aprovecho para largarme de allí. No vuelvo a toparme con nadie más el resto de este día; me dedico a esconderme de todos hasta que suene la campana para marcharme. Cuando lo hace, veo a Frederick buscando a alguien por los pasillos y algo me dice que ese alguien a quien busca soy yo. Aun así, decido no presentarme ante él. No quiero hablar con nadie.

Como puedo me le escondo y me voy a casa. Una vez allí, pienso en todo lo que ha pasado y me pregunto por qué estuve tan preocupada por relacionarme con la gente, ¿para qué? En todo este día lo único que han provocado en mí es ansiedad. Frederick con sus miradas extrañas cuando le digo que me voy; Bruno con su interrogatorio y su mirada acusativa cuando nunca antes hemos hablado; y Nicole con su mirada de tristeza y su voz de niña herida.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.