El blog de Zarzamora - De la vida y otras cosas #1

#20: De lo no buscado

He estado pensando mucho en esa cosa llamada tiempo. En lo simple que es y en cómo un solo segundo de retraso puede virarte hacia el camino correcto o, más probable, hacia el incorrecto.

Es un día de instituto normal. Llego temprano como siempre y me compro un jugo de naranja en la cafetería. Luego veo mis dos primeras clases: matemáticas e informática. Hasta allí, todo va la mar de normal. A mitad de mañana decido ir al baño y así lo hago. Está solo y no ocurre nada fuera de lo normal, lo cual ya es todo un evento, pero cuando salgo los acontecimientos comienzan a sucederse uno tras otro, como una cadena de eventos sin fin.

Primero es mi mochila. En el baño olvido cerrar la cremallera cuando saco el delineador de ojos y me repaso la raya de mis párpados; el resultado es que el peso de mis libros va abriendo la mochila poco a poco hasta que todo se desparrama por el suelo. Quizá si eso no ocurre, yo hubiera seguido directo a mi clase de geografía, pero eso no es posible, pues me retraso al hincarme en el suelo para recoger mis pertenencias; por lo cual, cuando Simón pasa corriendo, se topa de frente conmigo y a punto está de pasarme por encima.

—¿Qué haces aquí? —espeta frenándose y haciendo que las suelas de sus zapatos chirríen contra el suelo. Lo miro sin comprender.

—Voy a clase, yo...

—Olvídate de eso —dice con presteza y retoma su caminar—. Se supone que todos debemos estar ahí.

No entiendo absolutamente nada y quizás si me hubiera limitado a ignorarlo y dar media vuelta hacia el salón de geografía, no me habría metido en semejante embrollo. Pero no hago eso; en cambio, aferro la correa de mi mochila y lo sigo por el pasillo. Le pregunto qué ocurre con voz suave y él contesta una completa locura. Esa es mi segunda oportunidad para dar marcha atrás, pero sigo adelante cual kamikaze.

Cuando llegamos a la cafetería, que es hasta donde Simón me guía, ya se encuentran todos allí. Todos los de nuestro curso. Nicole está sentada a una de las mesas con sus amigas. Ceci está de pie sosteniendo lo que parece un cartel, pero lo tiene doblado a la mitad, por lo cual no puedo ver qué dice. Damián habla con Bruno desde una de las esquinas y yo sigo sin comprender nada.

Escaneo la cafetería; Frederick no está por ningún lado y, si eso parece extraño, me extraña aún más ver a Lydia acercarse a Ceci y decirle algo al oído. Ceci sonríe y luego Lydia se percata de mí. Corre en mi dirección y me toma por el brazo, luego me arrastra hacia la mesa de las Doble Letras.

—No sé ustedes, pero esto me emociona —dice Lydia. Veo a Marta ladear una sonrisa y a Nicole fruncir el ceño—. ¿A ti no? —me pregunta Lydia y yo la miro.

—Tendría una opinión si supiera qué está pasando.

—¿Cómo? ¿Simón no te explicó? Te vi llegar con él. —Alcanzo a ver una mueca de disgusto en el rostro de Marta, así que evito mirarla a los ojos.

—No, bueno sí, algo dijo. Me dijo que iban a protestar, pero no entiendo para qué.

—Protestamos por una alimentación digna —dice Ceci desde su posición cerca de la entrada y lanzando una mirada a la cocinera que está tras su mostrador.

—¿Es en serio? —digo sin podérmelo creer—. ¿Por qué solo nuestro curso?

—Porque somos los mayores —contesta Ceci.

—Y porque nadie más quiso participar de esta locura —agrega Simón con una sonrisa; acaba de pararse junto a Bruno, que me arroja una mirada.

Recuerdo nuestra conversación de hace días y siento que vuelvo a experimentar la rabia que me ha provocado ese día con sus palabras; y ya sea por mera casualidad, por la divina gracia de algún ente superior, o qué sé yo, Frederick aparece en ese instante. Cruza la puerta de entrada e informa que ya vienen.

Entonces los rockeros del grupo de Ceci se sitúan a su lado y levantan carteles. Incluso las Doble Letras se ponen de pie. Damián, Bruno y Simón se acercan a la entrada y un segundo después la subdirectora entra a la cafetería acompañada por dos profesores. Reconozco al profesor de gimnasia y al de historia.

—¿Saben que vamos a terminar en detención? ¿Cierto? —susurro aún sin podérmelo creer. En ese instante Ceci y los suyos se hacen escuchar y Frederick se aleja de ellos, lo que no parece muy revolucionario.

—Ey, viniste —dice parándose tras de mí y colando una de sus manos en mi hombro. Noto cómo todas, las Doble Letras y Lydia, nos arrojan una mirada, y no una de admiración precisamente.

—Sí, y sinceramente, no sé qué rayos hago aquí.

—Excelente, ese es el espíritu de hermandad y compañerismo que... —Habla como si estuviera dando un discurso de patriotismo; coloco los ojos en blanco y le espeto que se calle, lo que provoca una risa en él.

Aquella protesta no logra llegar ni a escándalo. Ahora Ceci argumenta frente a la subdirectora los beneficios de una alimentación saludable. Yo sigo sin comprender qué rayos hacemos ahí.

—¿A quién se le ocurrió esto? —pregunto, y Nicole habla por primera vez. Tiene un tono medio triste y medio ensoñador en su voz.

—A Bruno.

—Bien, ¿y por qué decidieron hacerle caso? —pregunto mirando a Bruno, que está de pie tras Ceci y los suyos. Frederick comienza a responder, pero lo corto—. Y no te preguntaba a ti. Sé lo que te encanta armar disturbio en todos lados.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.