Soy la última en llegar a detención el viernes luego de clases, lo que sorprende a muchos. Ciertamente me he retrasado intencionalmente. Luego de que la clase de Biología termina, me tardo mis buenos diez minutos viendo hacia la nada en mi asiento. Cuando no puedo retrasarlo más, tomo mi mochila y voy hacia el aula del profesor Murray.
—Hasta que se digna a honrarnos con su presencia.
Michael Murray tiene ese tipo de comentarios para con los alumnos y es uno de los motivos por los cuales es odiado por toda la población juvenil del instituto. Por eso, y por su conocida babosería cuando está cerca de las chicas más lindas.
Cierro la puerta tras de mí y me desplomo sobre el primer asiento de la fila junto a la puerta, muy lejos de todos los alborotadores de último curso, mi curso. El profesor Murray mira el reloj pulsera de su muñeca y larga un suspiro. Luego se acaricia la enorme barriga y con desánimo nos insta a que, si tenemos deberes, los comencemos.
—Son tres hermosas y agradables horas —nos recuerda y de inmediato se escucha el sonido de cremalleras, hojas de libretas y el roce de los lápices de grafito.
Media hora después Michael Murray parece casi muerto. Tiene la mirada fija en el techo, las manos cruzadas sobre su barriga y no pronuncia una palabra. Aventuro a lanzar una mirada hacia atrás. Bruno está sumido en un libro enorme, atrás de él está Damián, que juega con un mazo de cartas.
En la fila del otro extremo de aquella en la que yo me encuentro está Nicole, sentada en el primer asiento, se pinta las uñas con esmalte verde manzana. Atrás de ella está Marta, que le pasa notas a Simón, quien está sentado a su lado. Atrás de Simón está Ceci y atrás de ella los otros dos rockeros de su grupo que estuvieron en la protesta. Todo parece normal, hasta que noto al final del salón a Lydia, que cuchichea con Frederick. Me vuelvo en mi asiento, cruzo los brazos sobre la superficie y apoyo la quijada entre ellos.
Tres horas, tres largas, agotadoras y aburridísimas horas. Pero claro, es mi primera vez en detención y no me sé las artimañas de algunos veteranos. Pasan cuarenta minutos de detención y todo sigue según lo planeado por las autoridades escolares. Es una tortura, es aburrimiento puro en su máxima expresión, hasta el punto de que de seguro el espíritu más débil juraría no volver a portarse mal luego de eso. Pero justo a los cuarenta minutos escucho una risita de atrás, es de Lydia, que se endereza y pide disculpas de inmediato cuando todos en el aula la miran. El profesor Murray se remueve en su silla, lo cual me recuerda que sigue vivo y vigilante. Se mueve de nuevo y dice:
—¿Qué es hoy, Cecilia? —Giro el rostro hacia donde sé que está sentada la mencionada. Ceci tiene un envase en su mano derecha, a pocos centímetros de llevárselo a los labios.
—Es naranja —sonríe, y luego agrega en un susurro perfectamente audible para todos los presentes—. Aderezado con un poco de... vodka. —Abro los ojos como platos y miro a Murray. ¿Qué reacción espero? Pues la que tendría cualquier profesor, ¿no? Gritos, consternación, enfado, algo similar. Pero estamos frente a Michael Murray, obeso profesor de religión con no muy buenas costumbres—. ¿Quiere un poco, profe? —Él le hace un ademán con la mano y Ceci le lleva el envase hasta el escritorio, en donde él comienza a beber con tranquilidad.
No soy la única sorprendida, eso sí. Los veteranos en detención no lo somos todos, de hecho veo a Nicole quedarse congelada mientras ve a Murray beberse el vodka con tranquilidad. Pero las sorpresas aún no terminan, son solo el comienzo.
—Muy bueno —expresa Murray antes de dejar escapar un eructo y de comenzar a removerse incómodo en su silla.
Veo cómo su rostro se congestiona un poco, la frente comienza a brillarle de sudor y él lanza un suspiro antes de desplomarse sobre el escritorio. Me quedo de piedra, consternada, y no soy la única.
—¿Pero qué? —dice Marta, quien tiene los ojos abiertos en toda su envergadura. Escucho una risa incontrolable desde atrás y sé que es de Lydia.
—¿Cómo va la cuenta, Ceci? —pregunta Frederick desde atrás. Ceci se levanta de su asiento y ahora está recogiendo su envase color morado.
—Seis a cero —contesta muy satisfecha—. Este viejo marrano sigue cayendo en el mismo truco. Qué aburrido.
—¿Qué le diste? —pregunta Nicole. Tiene las manos abiertas sobre la superficie, su esmalte está secándose.
—Ya lo oíste —Ceci regresa a su asiento y guarda el envase en su mochila—. Naranja y vodka. Ah, y las pastillas para dormir de mi papá, olvidé mencionarlo. ¡Oops! —Dicho lo cual choca la palma de su mano con uno de sus amigos rockeros que ya la tiene en el aire, el cual se levanta de inmediato y dice:
—Bien, hora de divertirse en serio.
Tanto él como Ceci y el otro chico salen del aula, los tres dejan las mochilas atrás. Todo se sume en silencio entonces. Un minuto después Lydia se levanta y nos insta a divertirnos.
—¿No es genial? —dice ya de pie—. ¿Qué hacemos ahora? —pregunta volviéndose hacia Frederick, que tiene los ojos puestos sobre mí. Le aparto la mirada y vuelvo a colocar la quijada sobre mis brazos. Cualquiera hubiera pensado que nuestro profesor no se encuentra sedado sobre su escritorio.
—Ni hablar, yo me largo —dice Damián colocándose en pie. Veo en Bruno intenciones de hacer lo mismo, hasta que Fred dice:
—No pueden irse. Lo sedamos para no calarnos las tres horas de aburrimiento y hacer algo divertido de verdad. Pero debemos estar presentes para cuando despierte. ¿Por qué creen que nunca se ha dado cuenta de que le damos algo? El imbécil siempre cree que solo se queda dormido un rato.
—¿Y cómo sabemos cuándo va a despertar? —pregunta Simón, sonríe y parece encontrar muy divertido todo aquello, igual que Lydia.
—Ceci siempre le da la misma dosis, solo le dura dos horas.
—No le veo el sentido a esto —confiesa Nicole examinando sus uñas—. Igual tenemos que cumplir con el castigo.