He estado repasando la entrada anterior, nos quedamos en el momento en que Frederick y yo fumamos en el pasillo. Todo bien hasta ahí. Fred decide abandonar la tarea de averiguar qué me ocurre y yo me siento agradecida, pues ni yo misma entiendo lo que tengo. Solo sé que no me siento bien, nada bien. Cuando el primer cigarro se acaba, dejamos las colillas ahí mismo, en el suelo encerado, y él se pone en pie.
—Vamos —me extiende la mano en un último intento de que lo acompañe y yo lo miro dubitativa; en verdad lo único que me apetece es caer anestesiada igual que Michael Murray, así que meneo la cabeza, cosa que a Frederick no le agrada—. ¡Oh, vamos! No seas aguafiestas.
—Lo siento, pero de verdad que no tengo ganas de hacer nada. —Él se acuclilla frente a mí y me mira hasta el punto de lograr incomodarme—. ¿Qué? —Se encoge de hombros y ladea una sonrisa.
—Bien, te dejaré tranquila. —Titubea, queriendo agregar otra cosa, pero se lo piensa mejor y se pone en pie—. Estaré en la cancha de baloncesto, por si descubres que no puedes vivir sin mí.
—Gracioso.
Lo miro alejarse por el pasillo y luego desaparecer por una esquina. Casi al instante me arrepiento de no haber ido con él. ¿En qué estoy pensando? Realmente es perturbador estar allí sola, con el profesor Murray sedado sobre su escritorio y todo el instituto vacío.
Largo un suspiro y abrazo mis piernas. Miro a ambos lados del pasillo y un frío me roza los brazos. Cierro los ojos y cuento hasta diez; no hubiera estado preparada para lo que veo si me hubieran avisado. No estoy del todo sola y no, no me refiero a Murray, cuyos ronquidos son el único sonido que se escucha.
Cuando abro los ojos de nuevo, una sombra pasa, solo eso veo y es suficiente para congelarme. Mi respiración comienza a ser más pesada y mi corazón late ahora con más fuerza. Siento de inmediato el sudor cubriéndome la frente y tengo la garganta inutilizada de miedo.
Cierro los ojos de nuevo y vuelvo a contar mis respiraciones, eso siempre funciona. Pero cuando una mano me toca el hombro estoy a punto de morirme de puro susto. La misma mano me apresa la boca y los ojos casi se me salen de las órbitas, pero solo es Ceci, que está ceñuda y parece molesta.
—No grites, ¿quieres atraer a alguien y que se den cuenta de que Murray está sedado? —Me suelta y mira hacia el aula, como si sus susurros pudieran levantar a Murray de su sueño provocado, luego gira su rostro hacia mí—. ¿Qué te pasa? Parece como si acabaras de ver un asesinato.
Ceci y sus hermosas comparaciones.
—Estoy bien —digo y ella se endereza.
—¿Segura? Te ves un poco pálida y parece como si fueras a vomitar. —Meneo la cabeza y me paso una mano por la frente para secarme el sudor, Ceci suelta una risa—. Bien, con tal de que no seas otra Nicole.
—¿Qué? —Ahora ella se para frente a mí, tiene los brazos cruzados, también sonríe.
—Bueno, ya sabes. Se le nota más rellenita. El cuento de la bulimia solo se lo tragan las mojigatas de primero y segundo año. En fin —dice encogiendo los hombros como si estuviera hablando de cualquier cosa—, quiero pedirte un favor.
Decido ponerme en pie. Ceci no es precisamente mi persona favorita en el mundo y tenerla de pie sobre mí me intimida, sobre todo porque ahora me doy cuenta de que es un poco más alta que yo, aparte de que su mirada es dura y no sé si la usa con todo el mundo o solo con las personas que no le agradan. Le pregunto qué quiere y ella me explica. La idea no me agrada, pero tampoco quiero seguir allí sola.
Así que la sigo por los pasillos en silencio. Ella se detiene en las esquinas y mira por el pasillo antes de avanzar. Me explica que a veces se quedan otros profesores por allí, pero al parecer ese día estamos de suerte, pues no vemos a ninguno.
Estamos muy cerca de la biblioteca cuando nos tropezamos con Damián. Se apoya contra una pared y fuma, pero no es un cigarro normal, este, por su olor, llevaría a la cárcel a la persona que se lo haya vendido.
Ciertamente hubiera preferido que él se quedara en donde está, pero alega estar muy aburrido y parecerle muy interesante la idea de Ceci. Cuando esta le pregunta por Bruno, él dice que se separaron en algún tramo del instituto y que no lo ha visto desde entonces. Llegamos a la biblioteca y Ceci enciende el computador, luego me cede el puesto.
—¿Por qué no lo haces tú? —pregunto mientras me meto en internet.
—No soy muy buena con esas cosas online —confiesa con ligera vergüenza y escucho a Damián reírse. Ceci le lanza una mirada asesina al tiempo que yo digo:
—De acuerdo, eso lo entiendo. Pero lo que pides es muy sencillo. Cualquier otra persona podría ayudarte.
—Sí, es cierto. Pero para lo que necesito que me ayudes, no puedo confiar en cualquiera. Al menos sé que tú no se lo contarás a nadie. —No sé si tomar eso como un cumplido o como un insulto. «Claro, que me ayude la chica sin amigos, la que no habla con nadie». ¿Qué jugada más segura que esa?
—Pero sigo sin entender algo —digo mientras creo la página que Ceci me pidió—. ¿Qué es lo que quieres hacer con exactitud?
—Pues crear un rumor, claro. —Arrugo el entrecejo y la miro.
—¿Qué rumor? —Ella parece reticente e incluso le lanza una mirada a Damián antes de contestar.
—Cualquier rumor, uno que sea espantosamente desagradable y que involucre a Michelle Joy.
—¿Quién es esa?
—La perra que regó el rumor sobre Freddie y mí. —Damián se está riendo y en esta ocasión Ceci casi se le arroja encima para matarlo, pero él dice:
—Oye, calma. Es que resulta que conozco muy bien a Michelle Joy.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Ceci. Yo estoy en shock, por un lado no tengo ni la menor idea de quién es la tal Michelle y, por otro lado, parece que la bendita relación de Frederick y Ceci se empeña en perseguirme.
—Pues ha estado con casi todo el equipo de baloncesto. También le gusta mucho beber, la he visto darse unas buenas borracheras en varias fiestas.