Es bastante difícil volver a tratar con las personas cuando te has alejado de ellas por tanto tiempo. Es tan condenadamente difícil que puedes llegar al punto de querer alejarte de nuevo y eso no es bueno, créanme.
Lo cierto es que estoy molesta, triste y confundida. Es como tener todos los sentimientos apretujándome la cabeza y la garganta al mismo tiempo, lo cual me provoca deseos nada agradables. Como, por ejemplo: golpear algo o gritar; gritar con todas las fuerzas posibles para que todos estos sentimientos salgan expulsados y no vuelvan nunca jamás. Pero algunas cosas son imposibles. Aunque haya personas rematadamente locas que aseguran que nada lo es.
Frederick se cansa de perseguirme por todo el instituto, así que corre hasta colocarse frente a mí y cortarme el paso con su cuerpo.
—¿No te ha quedado claro que quiero estar sola? —digo apretando los puños y procurando mantener mi voz controlada. Primero, no quiero que note mi turbación. Segundo, se supone que estamos en detención y no quiero llamar la atención de posibles profesores que puedan estar por allí.
—¿Sabes? He conocido a mucha gente extraña, pero tú te llevas el premio.
—¡Muchas gracias, deditos de mantequilla! —Él cierra los ojos y suelta un suspiro.
—¿A qué viene eso ahora?
—No quiero hablar contigo, Frederick. En serio.
—Dame un segundo —pide alzando las manos—. ¿Estás molesta conmigo? —Me froto la cara con ambas manos, al parecer la detención está cumpliendo su cometido. Todo aquello es un terrible castigo.
—Solo quiero que la próxima vez que tú y tu amiga se quieran vengar de alguien, no me involucren. —Su ceño se arruga.
—¿Qué? ¿De qué? Oh. —Se lleva el puño a la boca y su rostro adquiere esa expresión de una persona que acaba de comprender algo. Un segundo después se ríe—. Oye, no sabía que eso era lo que Ceci tenía en mente, en serio.
—No me mientas, Fred.
—Ey. Sé que no tengo muy buena reputación. Pero algo te puedo asegurar: no soy un mentiroso. Eso ya deberías saberlo. —Bueno, en ese punto tiene razón, he de reconocer. Después de todo, la vez que le pregunté sobre Ceci, él me contestó con la verdad.
—¿Qué quería hacer? —me pregunta—. Pensé que la página era para sabotear la fiesta de Damián.
—¿Cuál fiesta?
—La que hace todos los años por su cumpleaños y la que nosotros siempre saboteamos con algún rumor divertido. Cosa que no sirve de mucho en realidad. —Reflexiona con un pequeño disgusto—. Al parecer, la gente encuentra en esos rumores un motivo más para asistir.
No lo entiendo. No entiendo la capacidad de Fred de calmarse tan rápido. Siempre es lo mismo. Un segundo se pelea conmigo y al siguiente me habla como si no acabara de ocurrir nada. Me vuelve a preguntar qué es lo que planea Ceci y aprovecha para asegurar de nuevo que no tiene ni idea. A regañadientes le cuento la idea brillante de Ceci, él no parece tan sorprendido. De hecho, la sorprendida soy yo cuando dice:
—Entonces, te contó la historia. ¿Eh?
—¿Cuál historia?
—Oh, oh. —Hace una mueca graciosa. Quiero abofetearlo y abrazarlo por igual. ¿Existe mayor contradicción?
Nos apoyamos en una de las paredes del pasillo y él me cuenta cómo es que una tal Michelle Joy, de tercer curso, los encuentra en plena acción un viernes luego de clases. Están en detención por haber incendiado el uniforme del equipo de baloncesto.
—A mi papá no le hizo gracia el dinero que tuvo que soltar por eso.
Relata con una sonrisa, como si su acto vandálico fuera de lo más gracioso. También me cuenta cómo es que Ceci decide que quiere agradecerle por ayudarla a quemar los uniformes y no dejarla sola. Los otros dos chicos, al parecer, corrieron antes de que el profesor de gimnasia los encontrara.
—Vaya forma de agradecer —digo por lo bajo, no lo suficiente porque Fred sonríe, lo que no me gusta—. ¿Por qué hacer algo así? —digo un poco irritada—. Sí, ya sé que muchos de los jugadores son unos idiotas, pero...
—Se supone que nadie debería saber esto, pero... —me corta Frederick, que mira a ambos lados del pasillo antes de decir—. Ceci tuvo algo con Damián. Ella no me ha contado muy bien qué fue. Pero el asunto es que ella estaba muy enfadada con él y por eso lo hizo. La idea era incendiar solo el de él, pero no sabíamos cuál era su número, así que los quemamos todos.
—Esa chica tiene una idea muy extraña de justicia por propia mano. —Frederick se ríe, así que le arrojo una mirada de enfado mientras le espeto—. ¿Y tú para qué la alientas? ¿Qué necesidad tienes de meterte en tantos problemas? —Se encoge de hombros.
—No lo sé, pensé que sería divertido.
—Oh, estoy segura de que al final del día sí te divertiste. —Me doy la vuelta para irme, pero él me sigue mientras dice con cansancio:
—Oye, pensé que íbamos a dejar de darle importancia a eso. —Me freno y me vuelvo hacia él.
—No es solo eso, Fred. Es todo lo que haces. Es todo lo que dicen sobre ti.
—La gente siempre va a hablar.
—Esa no es una excusa.
—¿Y cuál es la solución? —me reta—. ¿Dejar de hablar? —Nuestros ojos están fijos en los del otro. ¿Quién de los dos tiene la razón? No tengo ni idea, quizás ambos—. Lo siento —dice al fin—. Mira, no sé por qué ando metiéndome en problemas a cada rato. Y lo siento si la gente se la ha pasado diciéndote que soy una mala influencia. —Me cruzo de brazos y le arrojo una mirada de reproche.