Los milagros existen, parece ser. Ni el director, ni cualquier autoridad escolar que pudiera estar merodeando por el instituto este viernes de detención luego de clases, escucha el jaleo de Ceci, que se debate en los brazos de Frederick cuando entro en la biblioteca, mientras Damián, cuya mejilla está por completo colorada, sonríe con picardía.
—Dijiste que me ibas a ayudar —le espeta Ceci. Me sorprende que pueda hablar con aquella ferocidad. Primero, porque para mí hablar ya es todo un reto. Reto que parece que estoy cumpliendo muy bien estos días. Por otro lado, los brazos de Frederick están muy apretados alrededor de su cintura. La verdad es que me sorprende que siga respirando.
—¿No has escuchado la expresión: «En esta vida nada es gratis»?
—¿No has escuchado la expresión: «Vete al infierno»?
Cuando se me hace imposible seguir en aquel pasillo solitario con Bruno, lo cual es alrededor de tres segundos luego de que él haga su última pregunta, decido ir a la biblioteca a echar un vistazo. No he sido la única, claro. Bruno me sigue hasta allí y, cuando llego, Lydia está en la puerta mirando todo el espectáculo. Por desgracia para mí, Lydia no es suficiente para ocultar mi presencia. Cuando Ceci me divisa, su odio vira en otra dirección, la mía.
—Ahí estás. ¿Se puede saber por qué no puedes hacer algo malvado una sola vez en tu maldita vida?
—Ey, no le hables así —le pide Frederick mientras la suelta, ella se vuelve y lo mira. Esa chica tiene un grave problema de control de la ira.
—¡Oh! ¡Perdóname! Había olvidado lo imbécil que te tiene la mocosa por estos días. —¿Mocosa, dice? Vaya, excusen a Miss Picapiedra—. ¿Saben qué? Váyanse todos al carajo. ¡Ahh!
En un último arranque de furia, patea la silla del escritorio y tumba los libros de una estantería. Nos lanza una última mirada y con las mejillas coloradas camina hacia la puerta. Lydia se mueve de una forma tan rápida que no me da tiempo a reaccionar. Cuando me doy cuenta de que ella ya no está frente a mí, tengo a Ceci plantada al frente.
—Si alguna vez te llegan a joder la vida en este maldito instituto, ¡júralo!, que seré la primera en colaborar para eso —espeta mientras me apunta con un dedo tembloroso. Luego se va corriendo por el pasillo.
El silencio que reina en la biblioteca por esos minutos es inquietante. Es como si acabáramos de presenciar la aparición del mismo demonio. Pero lo peor de todo es que yo acabo de ganármela de enemiga.
—Bien, eso fue raro —comenta Lydia antes de irse. Claro, ya no hay nada más de su interés allí, es decir, no existe nada más para cotillear si la protagonista del escándalo acaba de irse.
Damián, por otro lado, se acaricia la mejilla sin dejar de sonreír. Luego camina hasta Bruno y se lo lleva, alcanzo a escucharlo decir lo mucho que le gusta hacer enfadar a esa: «pobre desgraciada», son las palabras que usa. Por millonésima vez me pregunto por qué Bruno es su amigo. Frederick, por otro lado, intenta arreglar el desastre que su amiga ha dejado allí.
—Apuesto a que jamás pensaste que pasarías detención así —dice cuando coloca el último libro de la estantería. Sonrío en contra de mi voluntad.
—Oye, eh... iré a caminar por allí, si no te importa. —Achica los ojos, como meditando si argumentar sobre por qué debo quedarme con él, pero al final se decide por asentir mientras sonríe y se lo agradezco.
Los siguientes minutos son la experiencia más extraña que he vivido en mucho tiempo. Si nunca han estado solos en una institución educativa, les recomiendo que no lo hagan, pues hay algo muy perturbador en eso. Los pasillos que suelen estar llenos de risas, del roce de las suelas de zapatos contra la cerámica, de la algarabía de la adolescencia y de un montón de cremalleras y hojas de libros, hacen que el presenciar estos mismos pasillos sumidos en el completo silencio y la soledad tenga algo de aterrador. Es como estar en medio de un mundo nuevo y no grato.
Me detengo en mitad de uno de los tantos pasillos, me abrazo con fuerza y me alegro de sentir la suave tela de mi playera de algodón color blanco. Cierro los ojos y me encuentro pensando en lo que tiene estampado aquella franela. Por algún motivo, ni siquiera recuerdo habérmela puesto en la mañana, mucho menos recuerdo lo que tiene estampado. Abro los ojos y observo el delantero de la franela.
«Me, Myself and I»
reza en letras negras y cursivas, un segundo después llega hasta mis oídos el sonido de una guitarra acústica. Escaneo el pasillo y camino en la dirección en que el sonido me llama. Me guía hasta un aula, no del todo vacía. Sentado sobre el escritorio, un muchacho toca una serie de notas suaves en su guitarra desvencijada. Me pregunto cómo es que aún le sirve aquel trasto.
—Hola —dice él sin levantar la vista. Estoy segura de que cualquier persona hubiera encontrado todo aquello muy extraño y, en algún nivel muy en el fondo de mi conciencia, yo sé que lo es, pero por algún motivo no puedo solo dar la vuelta e irme.
—No te conozco —digo, porque así es. Nunca lo he visto por el instituto. Y sí, hay mucha gente allí, pero con el paso de los años uno aprende a reconocer los rostros. La chica que todas las mañanas se rocía con colonia antes de clases, el chico que camina por los pasillos dando saltitos. O la niña que siempre pide un refresco de limón en la cafetería cada viernes.