El blog de Zarzamora - De la vida y otras cosas

#25: De los involucrados: Nicole y Lydia

Menea la cabeza y se frota las mejillas con su mano libre, la que no está pegajosa por el caramelo.

—Sé que no es mi asunto, pero ¿ya tomaste una decisión?

—Tienes razón, no es tu asunto.

Acto seguido, comienza a caminar y yo vuelvo a seguirla, sintiendo que ese día ya está siendo demasiado largo y que no podré aguantarme otra sorpresita más. Lo que no sé en ese instante es que apenas comenzaban.

Regresamos al aula de detención. El profesor Murray sigue durmiendo en su escritorio y todos los alborotadores de último curso están reunidos frente a él, Lydia frente a todos, gesticula con mucha vehemencia.

—Sería como en esa vieja serie, en la que salía el papasito de James Lafferty —Lydia cierra los ojos y suelta un suspiro. Ceci está sentada sobre la mesa de un pupitre, tiene los brazos cruzados y el ceño arrugado.

—No creo que sea el mejor ejemplo. Te recuerdo que esa cápsula fue abierta y que desencadenó un tiroteo.

—¡Oh, vamos! Ninguno de nosotros la abriría —Marta se encuentra prisionera en los brazos de Simón. Los recuerdo riendo y besándose en aquella aula vacía y me pregunto qué tendrían en mente hacer. Nicole camina hasta ellos y se detiene a su lado, yo sigo de pie en la puerta, mirándolos.

Descubro entonces una horrible realidad, esos chicos son mi gente. Con sus defectos y locuras, con ellos comparto la mayor parte de mi día y de mis días. No son solo compañeros de clase. Son personas que están allí la mitad del día, mostrándome quiénes son por medio de sus acciones o de su forma de vestir, incluso. Hasta puede decirse que me sirven de guía, como una alerta roja de: «No hagas esto, mírate en este espejo» o como una buena señal: «Puedes ser quien tú quieras y nadie tiene derecho a ponerlo en tu contra».

—Así que una cápsula del tiempo —dice Frederick. Está de brazos cruzados, apoyado contra una pared. Lydia se vuelve hacia él.

—Sí, podemos entrar al salón de audiovisuales y tomar prestada una grabadora. Cada quien filma un pequeño mensaje diciendo quién es, o qué ama hacer, o qué espera del futuro. Cualquier cosa sobre sí. Luego la enterramos y la abrimos dentro de treinta años.

—Es estúpido —sentencia Bruno. Está sentado en un pupitre y se apoya la barbilla en la mano. Lydia revira los ojos.

—Será divertido, aunque la olvidemos y el video eche raíces. Aún nos queda —Lydia se vuelve y mira el reloj en la muñeca de Murray—. Treinta minutos antes de que él se despierte. Tiempo suficiente para que todos grabemos algo.

—¿Qué nos garantiza que eso no se publique? —pregunta Ceci. Todos miran a Lydia.

—Fácil, todos vamos a estar ahí y, si se llega a publicar, el culpable será fácil de encontrar. Solo nosotros vamos a saber de eso, ¿no? —Todos guardan silencio. La idea parece, por un lado, algo divertida; por otro, algo estúpida y, finalmente, algo peligrosa. Lydia se voltea y me mira. Luego me toma por la muñeca y me pone frente a todos—. A ver, creo que todos estamos de acuerdo en algo, esta señorita es la que tiene mejor criterio de todos, ¿no? —Ceci revolea los ojos y los otros solo guardan silencio—. ¿Qué piensas? ¿No sería genial tener aunque sea un mínimo registro de cómo somos a los dieciséis años?

¿De verdad todos piensan que yo tengo un buen criterio? ¿Por qué siento que la supuesta cápsula del tiempo depende de mi respuesta? ¿Por qué todos me miran como si de verdad esperaran con ansias mi afirmación?

Los miro, a todos esos chicos. A los rockeros que se esconden detrás de mucho negro, a las niñas bonitas que encuentran a su primer gran amor en la secundaria, a las niñas bonitas no tan afortunadas que encuentran una maternidad apresurada. A los deportistas fanfarrones y a sus amigos que tienen la certeza de ser los mejores de la clase. A las extrovertidas que quieren agradarle a todo el mundo, a los chicos que encuentran en el aroma de un cigarro mentolado lo necesario para decir: «No sé por qué soy como soy», y lo sé.

Ahora somos lo que somos y en el futuro deberíamos poder recordarlo. No con una vieja fotografía mental, borrosa por el olvido, sino con un recuerdo real, uno tangible que proclame a gritos: «¡Ey, este eras tú, no lo olvides!».

—Creo que deberíamos hacerlo.

Y ahí está, la peor idea que he tenido en mucho tiempo.

Zarzamora.




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