Si han leído las dos entradas anteriores de este blog, saben que los estudiantes de último curso de mi instituto —al menos los que estuvimos en detención por una protesta en la cafetería— la estamos pasando bastante mal, algunos peor que otros.
El lunes, luego de enterarme de que nuestro vídeo es publicado y luego de una pequeña pero sí muy extraña conversación con Frederick y Bruno, voy al lavado. Allí estoy hasta que suena la siguiente campana y la verdad es que habría estado mejor si me hubiera quedado allí.
Pensando que ya estoy libre de que me atrape cualquier profesor, salgo al pasillo, solo para encontrarme con un montón de miradas y susurros a mi alrededor. Tomo aire y camino con prisa por los pasillos. ¿A dónde puedo ir? No tengo muchas opciones. Tal vez la biblioteca o el auditorio o la cancha de básquet. Pero ninguno termina de convencerme, tengo esa extraña sensación de que en esos lugares están los otros chicos o chicas que aparecen en la cápsula del tiempo. Así que voy al patio trasero de la escuela: grave error.
Salgo al aire fresco viendo tras de mí, como si esperara que alguna especie de monstruo o acosador estuviera siguiéndome, pero el peligro está justo allí, en el patio trasero, sentado en la grama y fumando un cigarrillo, con el cabello de mechas rojas atado en una cola de caballo y la ira haciendo de su cara una mueca nada amistosa.
—Hasta que apareces —Me giro con el corazón martillándome en el pecho, ingenuamente me siento aliviada de ver que solo se trata de Ceci, quien se levanta de la grama y aplasta su cigarro en el suelo con la punta de su bota—. ¿Dónde estabas?
—Uh, por ahí. ¿Has visto a Frederick?
—Jah —se mofa, cruzando los brazos y pasando la punta de su lengua por su labio superior—. Debe estar escondido debajo de alguna roca, perra.
—¿Perdón?
—No te hagas la santa. Eso te puede funcionar con el resto, pero no conmigo.
—¿Qué te pasa?
—¿Qué me pasa? —Se me acerca, recuerdo su berrinche en la biblioteca cuando no he querido ayudarla con lo de Michelle Joy y siento una punzada de pánico—. Tú la publicaste, ¿verdad? La cápsula.
—Claro que no, ¿cómo se te ocurre?
—¡Oh, por Dios, cállate! —No puedo prevenirlo ni en un millón de años. Solo sé lo que pasa cuando sus manos se estrellan contra mis hombros y me hace retroceder—. No creas que esto se va a quedar así, haré lo posible porque llegue a manos del director. Oh, maldición, te van a expulsar.
—Yo no publiqué la cápsula, no seas absurda. ¿Acaso crees que...?
Entonces se me lanza encima, mi mochila cae al suelo al tiempo que las manos de Ceci se enredan en mi cabello y yo enloquezco. Comienzo a gritar e intento protegerme lo mejor que puedo de sus arañazos. La muy desgraciada se está desquitando conmigo.
—¡Ey! ¡Ey! —No sé quién es, pero en algún punto siento cómo me la arrancan de encima. Luego unas manos con esmalte color violeta me ayudan a ponerme en pie.
Cuando me he quitado el cabello de la cara, recupero mi visión y parte de mi compostura, me doy cuenta de que Lydia está a mi lado, sosteniéndome por la espalda y mirando de forma reprobatoria a Ceci, quien a su vez está presa en los brazos de Damián y parece tan desorientada como yo, pues su vista está clavada en mí.
—¿Qué rayos te pasa? —pregunta Lydia con incredulidad.
—Suéltame —Ceci se suelta de los brazos de Damián y estoy a punto de encogerme detrás de Lydia, pero no hace ademán de atacarme de nuevo—. Ya sabes lo que hizo.
—¿Qué cosa? —es la voz de Marta, me giro a verla y veo a Nicole junto a ella, me pregunto en qué momento han llegado que ni siquiera las he notado.
—Ella publicó la cápsula.
—Por supuesto que no —asegura Nicole. Tiene una mano sobre su vientre ya no tan plano como en antaño—. No puedes ir por ahí acusando a la gente que te cae mal solo porque sí. ¿O acaso tienes pruebas? —Ceci se gira hacia Nicole con los ojos centelleantes de ira.
—¿Pruebas? ¿Es que no te das cuenta? Esa maldita cápsula del tiempo nos va a arruinar la vida a todos. Todos dijimos cosas, todos vamos a caminar por esos pasillos con la cabeza gacha por los próximos meses. ¡Todos! Menos ella.
Hay un momento de silencio porque para mi desgracia, Ceci tiene razón. Todos dicen cosas que los dejan muy mal parados, excepto yo.
—No creo que ella lo haya hecho. Es solo una coincidencia —me defiende Nicole y me siento muy agradecida por ello.
—Piensa lo que quieras, en lo que a mí concierne —Ceci se vuelve de nuevo hacia mí—. Tú lo hiciste y más te vale que te cuides la espalda, zorra.
Ceci recoge la mochila que está sobre la grama y se va haciendo sonar muy fuerte sus botas contra el suelo. Cuando creo que todo ha pasado, Damián pregunta.
—¿No lo hiciste, verdad? —Lo miro, se ve diferente. Parece cansado, molesto y asustado.
—No.
—Más te vale que tengas razón. El que haya hecho esto lo va a pagar —Entonces nos mira a todas y luego se va.
—¿Estás bien? —¿Quién lo diría? Al parecer la única persona con la que puedo contar en este instante es Lydia.