Damián me invita a su fiesta de cumpleaños cuando la clase del nombre extraño termina. Dice que técnicamente puede ir todo el mundo, pero que ahora que sabe que yo no soy muda quiere hacerme saber que puedo ir. Luego se ríe y se va con Bruno. Yo sigo pensando en la pregunta de los diez años. ¿En dónde estarás dentro de diez años? Piensa, ¿en dónde quieres estar?
Me sobresalto cuando siento una mano en mi hombro. Me espabilo y giro el rostro. Frederick tiene la mochila pendiendo de su hombro y el aula está vacía.
—¿Todo bien? —Tomo mi mochila mientras me muerdo el interior de la mejilla y luego asiento. Me pongo en pie y salgo del salón. Él me sigue de cerca—. ¿Vas a seguir evitándome?
La mañana está llegando a su fin y con ello las clases. El movimiento que se aprecia por los pasillos es cada vez menor. Uno que otro estudiante rezagado que corre hacia la salida o uno que otro profesor que ultima papeles antes de irse o que se prepara para hacer guardia. Me vuelvo hacia Fred y lo miro un instante.
—He estado pensando y me di cuenta de una cosa, no tienes derecho a exigirme nada. —Él alza ambas cejas, así que prosigo—. Dijiste lo que dijiste en un vídeo que se suponía que no debía ser publicado, Frederick. No era algo que pensabas decirme, ¿me equivoco? —Un chico pasa por nuestro lado, lleva los audífonos puestos y toca una batería invisible—. ¿Qué buscas de mí entonces?
—¿Quieres que te deje en paz? ¿Eso es lo que me estás diciendo?
—No, eso no es lo que trato de decir. Fred. —Largo un suspiro y cierro los ojos. Luego digo—. Dime, ¿en algún momento pensaste en decirme lo que dijiste en la cápsula? Y sé sincero. —Me aparta la mirada. En esa acción dice más de lo que puede decir con cualquier palabra—. ¿Qué quieres que te diga entonces?
—Quiero saber lo que sientes tú.
Meneo la cabeza y digo algo medio cruel.
—Espera que hagan otra cápsula y ahí lo diré.
—Mira, sé que tienes razón. Pero tampoco seas así. ¿Debí decírtelo? Por supuesto que sí, no soy estúpido. Pero ya está hecho, no puedo volver en el tiempo. A menos que esos extraterrestres vengan pronto con una máquina del tiempo, cosa que dudo.
—Estoy hablando en serio.
—Yo también. —Nos miramos en silencio por un instante, luego del cual agrega—. ¿Recuerdas cuando estabas molesta por lo que se decía de Ceci y de mí?
—Tenías que recordarme eso —digo dándole la espalda, luego replico—. Además, no estaba molesta. No me importa lo que hagas con tu querida Ceci.
—¿Segura? —pregunta con saña y siguiéndome el paso.
—Hablamos después.
—No, quiero hablar ahora. ¿Podrías al menos escucharme?
—No. —Pero no se va a dar por vencido. Me llama por mi nombre al tiempo que me sujeta por el brazo.
—Mencioné lo de Ceci porque pensé que había quedado claro que eso no tenía importancia.
—No la tiene.
—Bien, si no la tiene, entonces dime qué sientes por mí, ¿sabes? No es tan difícil. —Entonces hace una muy mala imitación de mi voz—. «Fred, solo quiero que seamos amigos, ¿quieres un malvavisco?». Eso es todo.
—Primero: yo no hablo así. Y segundo: no te diré nada.
—¿Por qué?
—Porque aún no te lo has ganado.
Me suelta el brazo, sus labios se entreabren y casi alcanzo a ver un brillo en sus ojos. Soy una idiota, en otras palabras, le he confesado que siento lo mismo que él. Aferro mi mochila y trato de colocar cara de seriedad ante la sonrisa que se le está formando y me despido de la manera más fría que puedo, aunque no creo que haya tenido mucho éxito:
—Nos vemos, Freddie-Freds.
Desde ese día, las cosas han mejorado solo un poco.
Zarzamora.