—¿Es verdad que faltaste tres días a clases?
Cuando tu mamá comienza una conversación con esa pregunta, sabes que nada bueno puede salir de esa conversación. La mayoría de las personas se preparan para escuchar las terribles sentencias: «Estás castigado. Dame tu celular. No usarás el computador por un mes. No más fiestas». Y un sinfín de castigos que nunca me han impuesto, pero que otros adolescentes siempre mencionan con molestia.
En mi caso, por otro lado, que mi mamá comience una conversación con esa pregunta significa más que solo un futuro castigo. Pues detrás de esas preguntas yo me hago muchas más: ¿Cómo se ha enterado? ¿El instituto ha vuelto a llamar? ¿O es otra persona quien le avisa? En ese caso, ¿quién?
Gano tiempo mientras enrollo algo de pasta en el tenedor. Cenamos pasta con salsa de tomate porque mamá llega muy tarde del trabajo y, puesto que había empezado a sentirme famélica, decido preparar lo más fácil. Mi mamá arruga la cara cuando ve que acompaño la pasta con queso y un jugo pasteurizado de naranja.
—¿Llamó el instituto? —digo por fin, metiendo enseguida la pasta enrollada en mi boca. Mi mamá tiene el tenedor en la mano derecha y los dedos de su mano izquierda se mueven nerviosos sobre la mesa. Entonces menea la cabeza. Hora de un trago al jugo, luego del cual vuelvo a cuestionar:
—¿Cómo...?
—Llamó tu papá. —Otro trago al jugo. Antes de que pueda decir nada, mamá responde a la pregunta que aún no formulo—. Al parecer a su novia le parece que te estoy descuidando y le pidió que hablara conmigo. —El rostro de mamá es una oda a la ira y, aunque cualquiera que hubiera escuchado aquella conversación habría creído que esa ira es por mi inasistencia a clases, no es así—. Entonces, ¿qué tienes que decir? —Otro trago al jugo y luego enrollo más pasta en el tenedor.
—Uh, tuve algunos problemas en el instituto. Pero ya no importan.
—¿Sabe ella esos problemas? —Con "ella" se refiere a Amanda, el nombre impronunciable que está más presente en la mente de mamá que el mío mismo. Asiento—. ¿Por qué no hablaste conmigo?
—Porque nunca tienes tiempo. Igual que mi papá. El instituto llamó para acá, pero no estabas.
—Por si no lo sabes, mi sueldo paga los gastos.
—Lo sé, mamá. No. —Suelto el tenedor y me cruzo de brazos—, no me estoy quejando, ¿bien?
—¿Segura? Porque eso es lo que parece. —Alzo la mirada de mi plato y la observo. Por un instante me siento invisible. Pero no de la forma en que lo soy en el instituto. Es de una forma distinta, como si mi mamá pudiera ver a través de mí y solo parpadeara el nombre de Amanda y yo no importara en lo absoluto.
—Lo que pasó entre ustedes no es mi culpa —digo, en uno de esos arranques de sinceridad que en ocasiones me atacan, y veo la sorpresa en su rostro—. Entiendo que estés enojada con ellos, pero no lo descargues en mí.
Me levanto de la mesa, yéndome a mi habitación. Le paso el seguro a la puerta y en vano guardo la esperanza de que ella venga a tocarla. Como en esas películas, cuando piden con voz dulce que la abran para hablar. Pero ella no lo hace, y el único sonido que escucho es el que hace cuando limpia los platos y luego el de la puerta de su habitación.
Ese rechazo duele mil veces más que cualquiera que pueda ocurrir en las instalaciones de un instituto de secundaria.
Zarzamora.