La última semana es muy tranquila, a pesar de que la cápsula sigue afectando a la mayoría. Las miradas y los susurros siguen persiguiéndome, así como a casi todos. Al final de la semana encuentro a Nicole sentada afuera de la dirección. Mueve la pierna con nerviosismo y cada tanto se agita el cabello. Cuando voy pasando por enfrente de ella me detengo y la miro. Se ve preocupada.
—Hola —saludo con suavidad. Nicole me mira.
—Si fueras la directora del instituto y te enteras de que una de las estudiantes está embarazada, ¿qué harías? —La miro con extrañeza, sin entender su pregunta.
—¿Por qué habría de hacer algo? —Nicole mira hacia la puerta de la dirección y noto que se agarra la barriga. Luego se humedece los labios y finalmente me cuenta con un ligero temblor en la voz:
—Me quieren echar. —Me mira, los ojos le brillan y la barbilla comienza a temblarle—. Según el director soy un mal ejemplo para las demás estudiantes. Me van a echar. —Y se larga a llorar, pero no como cuando lloras solo de tristeza. Aquel es un llanto desgarrador, de ese que nace en lo más profundo de tu ser. De ese que parece que nada ni nadie puede detener.
—¿No se puede hacer nada? —pregunto colocando mi mano en su hombro. Ella intenta controlar su arrebato.
—Mi papá está hablando con el director, pero no lo sé. —¿Su papá? ¿Así que ya lo sabe su familia? Bueno, era cuestión de tiempo, ¿no?
—Al menos tus papás están contigo, ¿eh? —Si no se los he dicho antes, se los digo ahora: soy pésima para consolar personas. De la misma forma que soy pésima para hablar, para socializar o incluso para querer. Si no me creen, pregúntenle a Frederick.
—Mi papá vino solo porque mi mamá se lo pidió. Él no me habla desde que se enteró de que espero un hijo de un chico que ni siquiera es mi novio.
Quiero decirle algo, ¿pero qué? Mi primer intento de consuelo es un completo fracaso. Miro en derredor y me fijo en otra cosa. ¿Dónde estaban las doble letras?
—¿Y tus amigas? —Nicole detiene su llanto por fin y se seca las mejillas, luego menea la cabeza y las excusa.
—Tienen sus propios problemas.
—No creo que sean más graves que los tuyos. —Entonces me mira y una leve sonrisa se abre paso entre tanto llanto. ¿Es bueno eso?
En ese momento la puerta de la dirección se abre y sale el papá de Nicole. Me percato del tiempo que ha pasado desde la última vez que lo he visto, cuando noto las canas en su cabello. Tiene el ceño fruncido y lo que me parece un poco de sudor en la frente. Nicole se pone en pie al instante.
El señor se fija entonces en mí y, si yo pienso que no me reconocerá, me equivoco. Sonríe y me saluda, comentando sobre el mucho tiempo que ha pasado desde que yo jugaba con Nicole en el jardín de su esposa. Nicole se estruja las manos con desesperación y a punto estoy de gritarle al señor que diga de una vez por todas qué pasará con Nicole. No hace falta, él por fin saca un teléfono celular y escribe un mensaje al tiempo que dice:
—Puedes quedarte tranquila. Llegué a un acuerdo con el director y te va a dejar culminar tu año escolar. —No me pasa desapercibido que en ningún momento la mira al rostro—. Nada como usar las leyes de la forma correcta. Como siempre lo he dicho, nadie se mete con un abogado. Bien, tengo que irme. Por favor, llama a tu mamá y avísale, porque debe estar muy preocupada.
—Sí, gracias, pa. —Y él se va. Sin mirarla, sin despedirse, como si ella no estuviera allí—. Bien, parece que eso es todo —sonríe ella secándose el llanto, pero en sus ojos sigue existiendo una tristeza infinita. Vuelvo a mirar en derredor y suelto una de mis imprudencias.
—¿Dónde está Bruno? —Ella se encoge de hombros.
—No tengo idea. Oye, gracias por estar aquí. Adiós.
Y se va. Dejándome en ese pasillo con una certeza; a veces nuestros peores enemigos son quienes menos esperamos, y nuestros aliados, quienes menos deseamos.
Zarzamora.