El blog de Zarzamora - De la vida y otras cosas

#54: De los desayunos con otras familias

Salgo de la habitación de Fred al día siguiente con mucha timidez. Me abrazo a mí misma, no tanto por frío sino por las palabras de aquella playera blanca que estoy comenzando a detestar. Mis ojos se tropiezan de inmediato con el sofá, donde un par de mantas arrugadas descansan, sin rastro de Frederick alrededor. Un aroma a huevos llega hasta mí, así como el murmullo de conversación y el sonido de cubiertos.

Lo sigo y me lleva hasta la cocina. Donde una mujer parece danzar entre la estufa y la mesa. Tiene el cabello rubio recogido en un moño, lleva una espátula en la mano derecha y en la izquierda un pañuelo de cocina y frente a la isla de la cocina está Fred. Me dirige una sonrisa al verme y me da los buenos días.

—Buenos días, linda. ¿Cómo quieres tus huevos? —saluda la mujer por su parte, que parece alegre, muy distinta del hombre que en la noche ha pasado seguro a la habitación que ocupé.

—Como sean está bien —contesto, caminando hacia la isla, casi tropezándome con el perrito que tan alegremente corretea y ladra por todo el lugar.

—Que sean revueltos —escoge ella por mí y se pone a prepararlos. Mientras lo hace agrega—. Lamento si mi esposo fue muy rudo anoche, parece que ha olvidado lo que es ser adolescente.

—Desearía que tú también lo olvidaras —la interrumpe Fred, llevándose a la boca una pieza de pan, ella se gira y lo mira un buen rato, para luego decir.

—Agradécele a mi espíritu aventurero el que hoy estés allí sentado —A esas palabras Fred se limita a hacer una mueca que deja entrever lo poco que le gusta escucharla hablar así. A mí me causa gracia en cambio, pues parece muy divertida—. Si no fuera por mí, tu padre nunca se hubiera escapado conmigo a aquellas montañas —agrega, dándose la vuelta y revisando los huevos—. Siempre ha sido tan rígido y estricto. Si yo no hubiera aparecido en su vida nunca se habría animado a echar un polvo entre las agujas de los pinos.

—¡Mamá! Puedes, por favor —Aunque Fred se tapa la cara con ambas manos, puedo alcanzar a ver que su cara se ha vuelto roja. Creo que por un segundo lo comprendo. No me hubiera gustado escuchar a mi madre hablar sobre mi procreación, mucho menos si Amanda hubiera estado en la sala, por un segundo me imagino esa escena y es suficiente para espantar a cualquiera.

—¿Qué? —dice ella al parecer con mucha alegría, agitando la espátula y sonriéndole a su hijo—. Así pasó.

—¿Qué cosa? —Giro el rostro, el padre de Fred entra en la cocina y se dirige a la heladera, a diferencia de la noche anterior, está bien peinado y vestido, con el cabello húmedo al parecer recién lavado, pero con la misma expresión seria en la cara.

—Le recordaba a tu hijo que alguna vez hubo una pizca de diversión en ti —contesta ella, sacando los huevos revueltos de la sartén y colocándolos en un plato que luego deja frente a mí—. Es obvio que lo olvidó si siempre andas sermoneándolo —El papá de Fred no dice nada, bebe agua con tranquilidad, hasta que dice.

—No sería lo que soy ahora si no hubiera tenido disciplina —Abandona el vaso en el lavaplatos y luego, dirigiéndome una mirada, agrega—. Ven a mi oficina cuando termines de desayunar.

Estoy a punto de mirar tras de mí, esperando que hable con alguien que yo no hubiera visto. Pero por las caras de Fred y su madre no es así, me habla a mí y no sé qué decir. Afortunadamente no hace falta que hable, él se va de inmediato, haciendo que su esposa suspire.

—Lo siento, cariño. Debes pasar por la revisión.

—¿Cuál revisión? —pregunto, aquella familia es muy extraña, es como si las personas más dispares entre sí hubieran decidido vivir juntas, pero aun así, no parecen tan desagradables. Aunque el padre de Fred cause un poco de miedo.

—La que hace con todos nuestros amigos —contesta la madre de Fred, sirviendo un poco de jugo de naranja y poniéndomelo en frente de mi plato con huevos—. Al menos esperemos que salgas mejor parada que Cecilia.

Entonces se da uno de esos momentos de familia, en los que el invitado queda excluido, preguntándose qué rayos está pasando. Pues madre e hijo se miran y estallan en risas. Al parecer, haga lo que haga, no puede irme peor que a Ceci.

Zarzamora.




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