El Brillo de tu Ausencia

Capitulo 1-12

Parte 1: El eco de los tacones
El sonido de sus tacones sobre el mármol del vestíbulo no era solo un ruido; era un anuncio. Cada paso de la joven empresaria coordinaba perfectamente con la caída impecable de su traje sastre, enviando un mensaje claro antes de que ella siquiera abriera la boca: "Aquí mando yo".
Al llegar a la sala de juntas, su mirada recorrió el lugar con la precisión de un escáner. No necesitaba gritar para que el silencio se apoderara del aire. Su reputación la precedía: era implacable con la mediocridad y directa como una flecha. Sin embargo, minutos antes, en la entrada, se había detenido discretamente para recoger una carpeta que a un pasante se le había caído, entregándola con un gesto breve pero amable que nadie más vio. Su dureza no era maldad; era el filtro con el que protegía un mundo que ella misma había construido desde cero.
Parte 2: Un aroma a café y ambición en Estambul (Versión Final)
Ella cruzó la puerta de una exclusiva cafetería frente al Bósforo. El viento suave de Estambul movía apenas su cabello, pero su postura seguía siendo de acero. Se sentó en una mesa de madera oscura, pidió un café turco bien cargado y, mientras observaba el paso de los barcos, el teléfono vibró sobre la mesa.
Era su asistente. Al otro lado de la línea, la voz sonaba nerviosa:
—Señora, ya tenemos la carpeta lista. El proyecto para la adquisición de la nueva empresa está sobre su escritorio. Pero... el dueño se niega a ceder. Dice que solo hablará con usted en persona.
Ella arqueó una ceja. Conocía ese nombre: Emre Bakırcı. Un hombre cuyo apellido pesaba en toda Turquía, dueño de un imperio que ella había admirado y estudiado desde que empezó a trabajar de sol a sol para construir su propio camino. Emre era conocido por ser tan brillante como inaccesible, un hombre que no regalaba ni un segundo de su tiempo.
A pesar de su carácter fuerte, que la hacía parecer una reina de hielo frente a sus negocios, su mente voló un segundo a su hogar. Pensó en sus padres, que siempre la miraban con orgullo por ser el pilar de la familia, y en sus dos hermanas: una sumergida en sus libros de la universidad y la otra, la más audaz, siempre soñando con el mundo del espectáculo y las luces de los sets de grabación. Ella era la mayor, la que protegía a todos, la que se vestía de éxito para que a su familia nunca le faltara nada.
Cerró el teléfono con un golpe seco. Si Emre Bakırcı quería verla, la vería. Pero lo haría bajo las reglas de ella.
Parte 3: El refugio de la guerrera
Se levantó de la mesa dejando el café a medias; el tiempo era su activo más valioso. Al salir de la cafetería, su chofer ya la esperaba frente a un impresionante edificio de cristal en el corazón financiero de Estambul. Allí funcionaba su imperio: "Aura Prestige", una firma dedicada a diseñar la imagen y el éxito de las figuras más influyentes del país. Al entrar, el movimiento era frenético pero silencioso, una maquinaria perfecta que ella dirigía con solo una mirada. Nadie se atrevía a cometer un error bajo su mando, pero todos sabían que trabajar para ella era garantía de excelencia.
Tras una jornada intensa revisando contratos, decidió que era momento de recargar energías donde realmente se sentía ella misma.
Llegó a la casa familiar, una hermosa propiedad que ella misma había reformado para sus padres. Al cruzar el umbral, la armadura de empresaria pareció suavizarse, aunque no desapareció del todo. Su madre, una mujer de ojos dulces que conocía cada rincón de su alma, salió a recibirla con los brazos abiertos.
—Hija mía —dijo su madre, recorriéndola con una mirada llena de orgullo—, te ves radiante. Ese traje te queda como si hubiera sido esculpido sobre ti, pero es tu brillo lo que me asombra. Estás conquistando el mundo, ¿verdad?
Ella sonrió por primera vez en el día. Una sonrisa real, solo para su madre, antes de recordar que la carpeta de Emre Bakırcı aún quemaba en su bolso, esperando el próximo movimiento.
Parte 4: Entre estrategias y secretos de familia
Ella subió las escaleras después de la charla con su madre. La idea era clara: si su padre se presentaba como el interesado en las acciones, Emre no vería venir quién estaba realmente detrás de la estrategia. La ubicación de esa empresa era una mina de oro, un punto estratégico donde los clientes llegaban "como arroz", y ella no pensaba dejar pasar esa oportunidad.
Al entrar a su habitación, el silencio la rodeó. Se quitó el saco, pero no se detuvo; abrió su laptop y siguió puliendo detalles. El éxito no descansaba.
Mientras tanto, en la habitación de al lado, el ambiente era muy diferente. Su hermana menor caminaba de un lado a otro como un león enjaulado. Ella amaba a su hermana mayor, pero ya no quería ser solo "la hermana de la empresaria exitosa". Quería brillar con luz propia, hacer algo por su cuenta que dejara a todos con la boca abierta. Era la alegría de la casa, un poco "tostada" por su energía desbordante y su risa fácil, pero esa misma chispa era la que la impulsaba a querer demostrar que ella también tenía el fuego de los negocios en la sangre.
—Esta vez lo haré yo sola —susurró la hermana, mirando su propio reflejo—, sin preguntarle nada. Se va a llevar la sorpresa de su vida.
Parte 5: La ambición de Dachi y el dilema de Hamit
Dachi entró al despacho de su padre con la determinación de quien va a declarar una guerra. Hamit Sancak estaba sentado tras su escritorio, revisando unos papeles, cuando vio a su hija menor acercarse.
—Papá, quiero hacer algo por mí misma —soltó Dachi sin rodeos—. No quiero que Asya me ayude, no quiero que ella ponga el dinero ni los contactos. Quiero demostrar que yo también soy una Sancak.
Hamit se quitó los lentes y se la quedó viendo en silencio. Pensaba y pensaba, midiendo la energía desbordante de Dachi frente a la disciplina casi militar de su hija mayor.
—¿Realmente quieres hacerlo sola, Dachi? —preguntó Hamit con voz pausada—. Sabes que Asya ha construido un imperio para protegernos a todos. ¿Por qué no quieres su guía? Ella es la reina de los negocios en esta familia.
—Precisamente por eso, papá —respondió ella con una chispa en los ojos—. Si ella me ayuda, siempre será el éxito de Asya. Y yo necesito que sea el éxito de Dachi.
Hamit suspiró, viendo en la pequeña el mismo fuego que vio en Asya años atrás, aunque quemara de forma diferente.
Parte 6: El pacto secreto
Hamit miró a su hija con una seriedad que detuvo por un segundo los brincos de alegría de la joven. El peso de lo que estaba a punto de proponerle era enorme.
—Escúchame bien, Dachi —dijo Hamit, extendiendo sobre el escritorio la carpeta que Asya le había entregado horas antes—. Este es el proyecto de adquisición más importante que tenemos. Si logras que este hombre firme y acepte la sociedad, te daré el capital para tu propio negocio. Pero el hombre es Emre Bakırcı, y no es alguien que se deje impresionar por sonrisas.
Dachi tomó la carpeta, apretándola contra su pecho como si fuera un tesoro. Sus ojos brillaban.
—¡Te lo juro, papá! No te voy a defraudar. Voy a lograr que firme aunque tenga que perseguirlo por todo Estambul.
—La única condición —añadió el padre, bajando la voz y mirando hacia la puerta— es que Asya no puede saber nada. Si ella se entera de que te envié a ti en mi lugar, con su proyecto más preciado, se acabará la paz en esta casa. Para el mundo, y especialmente para Emre, tú vas en mi representación.
Dachi asintió frenéticamente, sellando el pacto con un abrazo fuerte. Salió del despacho tratando de caminar con elegancia, imitando un poco a su hermana mayor, pero en cuanto dobló la esquina del pasillo, no pudo evitar soltar una risita de emoción. No sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo, ni que Emre Bakırcı era exactamente el tipo de hombre que detectaba el miedo —y la inexperiencia— a kilómetros de distancia.
Mientras tanto, en su habitación, Asya sintió un escalofrío. Cerró su laptop y se acercó a la ventana, observando las luces de la ciudad. Algo en su instinto de empresaria le decía que las piezas en el tablero se estaban moviendo sin su permiso.
Parte 7: La calma antes de la tormenta
El fin de semana en la mansión Sancak solía ser un torbellino de risas, música y las ocurrencias de Dachi. Pero ese sábado y domingo, un silencio extraño reinaba en el ala de las habitaciones. Dachi, que normalmente no podía estar quieta cinco minutos, estaba atrincherada en su cuarto.
—¿Señorita Dachi? ¿Va a salir con sus amigas? ¿Le preparo algo de comer? —preguntó la empleada, extrañada al verla tan calmada.
—No, gracias. No quiero nada —respondió Dachi desde el otro lado de la puerta, sin despegar los ojos de los documentos.
Tenía la carpeta de Asya abierta sobre la cama. Estudiaba cada cifra, cada plano de la ubicación estratégica de la nueva empresa, y sobre todo, el perfil de Emre Bakırcı. Sabía que el lunes no podía llegar con su energía habitual de "niña pequeña"; tenía que ser una versión mejorada de sí misma. Por primera vez en su vida, el lunes no era un día pesado, sino el trofeo que quería alcanzar.
Mientras tanto, en el piso de abajo, Asya tomaba un té con su madre, extrañada por la ausencia de su hermana menor.
—¿Qué le pasa a Dachi? Está muy tranquila —comentó Asya, ajustándose su bata de seda, siempre impecable incluso en domingo.
—Cosas de jóvenes, hija. Estará planeando alguna de sus locuras —respondió la madre con una sonrisa nerviosa, evitando mirar a Hamit, quien fingía leer el periódico con una calma que no sentía.
El reloj marcaba las horas lentamente. Dachi solo tenía una meta: que cuando el sol saliera el lunes, el mundo —y especialmente su hermana— supieran que ella también podía ser una reina del éxito.
Parte 8: El juego de poder en el Green
Mientras en la mansión Sancak se gestaba una traición familiar, en el exclusivo club de golf de Estambul, Emre Bakırcı golpeaba la pelota con una precisión quirúrgica. A su lado estaban sus dos amigos de toda la vida: Okan, un banquero astuto, y Serkan, un arquitecto de renombre.
—Te veo distraído, Emre —dijo Okan, ajustándose la gorra—. ¿Sigues pensando en la oferta por la empresa del puerto?
—Pienso en quién va a venir a entregármela —respondió Emre con una sonrisa de medio lado—. He oído mucho sobre esa tal Asya Sancak. Dicen que es de hielo, que no ha dejado que ningún hombre se acerque a su vida ni a sus libros contables. Me intriga ver si su carácter es tan fuerte como dicen.
—Ten cuidado, amigo —rio Serkan—, las mujeres así suelen ser las más peligrosas.
En ese momento, el sonido de unas risas agudas rompió la calma del campo de golf. Caminando hacia ellos con un conjunto de diseñador impecable y una sonrisa ensayada, apareció Selin. Selin venía de una de las familias más ricas del país y llevaba años persiguiendo a Emre. Para ella, él era el trofeo final, el único hombre que nunca había caído ante sus encantos.
—¡Emre, querido! —exclamó Selin, acercándose para darle un beso en la mejilla que él esquivó sutilmente—. Qué coincidencia encontrarte aquí. Mi padre dice que estás por cerrar un trato importante. Espero que esta noche estés libre para celebrar... conmigo.
Emre guardó su palo de golf, manteniendo esa distancia cortés pero gélida que volvía loca a Selin.
—El trato aún no está cerrado, Selin. Y los negocios no se celebran antes de tiempo.
Él no lo sabía, pero mientras rechazaba a la mujer que moría por él, el destino le estaba preparando una sorpresa: el lunes no vería a la "Reina de Hielo" que esperaba, sino a la torbellino de Dachi.
Parte 9: El robo de identidad y el lunes de fuego
El amanecer del lunes no fue uno cualquiera. En su habitación, Dachi se miraba al espejo con ojos de asombro. Había logrado entrar al vestidor de Asya como una ninja y "tomar prestado" un conjunto ejecutivo de seda azul marino y unos tacones de aguja que la hacían sentir tres metros más alta. Se sentía extraña, atrapada en una ropa que no era la suya, pero sabía que para enfrentar a un Bakırcı, tenía que lucir como una Sancak.
Abajo, el desayuno fue una tortura para Hamit. Asya, impecable y radiante como siempre antes de ir a su oficina, se detuvo frente a él.
—Padre, hoy es el día —dijo ella, ajustándole la corbata con firmeza—. Emre Bakırcı no regala oportunidades. Llámame solo cuando el trato esté cerrado. Confío en ti.
—Sí, hija... tranquila. Ve sin cuidado —respondió Hamit, sintiendo que la camisa le apretaba el cuello más de lo normal.
En cuanto el auto de Asya desapareció por el portón, Dachi bajó las escaleras a toda velocidad, haciendo un ruido seco con los tacones. La ama de casa se quedó paralizada con una bandeja en las manos, mirando el traje:
—¿Ese no es el conjunto que la señorita Asya usó en la convención de...?
Pero no pudo terminar la frase. Dachi le lanzó un beso volado, se puso unos lentes oscuros y salió disparada hacia su propio coche antes de que su madre apareciera en la sala.
Minutos después, Dachi llegaba al imponente edificio de Emre Bakırcı. El corazón le latía a mil por hora. Al entrar al lobby, el eco de los tacones (los de Asya, pero en sus pies) llamó la atención de todos. Se acercó a la recepción con toda la seguridad que pudo fingir y soltó la bomba:
—Buenos días. Soy la representante de la familia Sancak. Tengo una cita con el señor Emre Bakırcı.
Parte 10: Máscaras, sudor y el roce del fuego
Dachi entró a la oficina con el corazón martilleando en sus oídos. Al fondo, frente a un ventanal inmenso que dominaba todo Estambul, un hombre estaba de espaldas. Al escuchar los tacones, Emre Bakırcı se giró lentamente. Por un segundo, el aire se detuvo. Emre vio a una mujer de una belleza deslumbrante, con una mirada que intentaba ser de acero pero que temblaba como una flama al viento.
«Así que esta es la famosa Asya Sancak», pensó él, impresionado. Por un instante quiso suavizar su expresión, pero recordó que tenía frente a él a un "terremoto" de los negocios y recuperó su postura firme, ajustándose la chaqueta con elegancia.
—Bienvenida —dijo con una voz profunda que hizo que a Dachi se le aflojaran las rodillas—. Pensé que no vendría personalmente.
Dachi, bañada en un sudor frío que amenazaba con arruinar el maquillaje de su hermana, dio un paso al frente apretando la carpeta contra su pecho. Intentó poner su voz más grave, la voz de "reina" que usaba Asya.
—Buenos días, señor Bakırcı. He venido a finiquitar el traspaso de las acciones. No perdamos el tiempo; por favor, revise los papeles y firme —soltó ella, intentando sonar cortante.
Emre entrecerró los ojos. Había algo que no cuadraba. La ropa era impecable, pero la mujer que la habitaba parecía estar a punto de salir corriendo. Se acercó a ella con pasos lentos, rompiendo su espacio personal hasta que pudo oler su perfume.
—Realmente... —comenzó Emre, haciendo una pausa que pareció eterna— ¿Eres Asya Sancak? ¿O eres una impostora?
A Dachi se le bajó la tensión de golpe. El mundo le dio vueltas y su rostro pasó del pálido al rojo en un segundo.
—¿Qué... qué trata de decir? —tartamudeó, intentando recuperar la dignidad.
Emre, fascinado por la reacción, extendió la mano. Con una lentitud tortuosa, rozó con sus dedos el mentón de Dachi, obligándola a sostenerle la mirada.
—Realmente eres hermosa —susurró él, y su voz ya no era de negocios, sino algo mucho más íntimo—. No sabía que bajo esa coraza de mujer implacable se escondía alguien que está aquí, frente a mí, temblando y sudando de nervios.
Dachi no pudo más. El contacto físico, la mentira y la presión de Emre la quebraron. Sin decir una palabra, soltó la carpeta sobre el escritorio de un golpe seco, dio media vuelta y salió de la oficina casi huyendo, dejando atrás el eco de sus tacones y un rastro de misterio que Emre no pensaba dejar escapar.
Parte 11: El olvido fatal
Dachi entró en el estudio con el cabello aún húmedo, dejando pequeñas gotas sobre la alfombra. El alivio de haberse quitado el traje de su hermana y estar de nuevo en su propia piel le duró apenas unos segundos. Hamit estaba de pie junto al ventanal, con las manos entrelazadas tras la espalda, esperándola.
—Hija, me tenías con el alma en un hilo —dijo Hamit, girándose con el rostro cansado—. Entiendo que ese hombre te intimidara. Emre no es alguien común. Pero está bien, no te preocupes más. Me encargaré yo mañana. Dame la carpeta, guardaré todo bajo llave antes de que Asya regrese de su oficina.
Dachi se detuvo en seco. El paño con el que se secaba el cabello se le resbaló de las manos, cayendo al suelo como un peso muerto. Sus brazos quedaron colgando a los lados del cuerpo y su rostro se puso más blanco que la pared.
—¿Hija? ¿Qué pasa? —Hamit se acercó, y al ver la expresión de terror en los ojos de Dachi, su propio corazón dio un vuelco—. Dachi... ¿Dónde está la carpeta?
—Papá... —la voz le salió en un susurro roto—. La dejé. La dejé allá. En su escritorio.
Hamit abrió los ojos de par en par, sintiendo que el mundo se le venía abajo. Se llevó las manos a la cabeza, caminando de un lado a otro como un león herido.
—¡¿Qué hiciste qué?! ¡Dachi, esa carpeta tiene los documentos originales! ¡Toda la estrategia de tu hermana está ahí! ¡Si Emre lee esos papeles sin que hayamos firmado nada, nos tiene en sus manos! ¡O peor, si Asya se entera de que los perdiste...!
—¡Fue su culpa, papá! ¡Él me tocó el mentón, me miró de una forma... yo no podía pensar! —exclamó Dachi, empezando a llorar de la pura angustia.
En ese momento, el sonido de un motor se escuchó en la entrada de la casa. Era el auto de Asya. El silencio en el estudio se volvió sepulcral. Hamit y Dachi se miraron con absoluto pánico. La "Reina" estaba en casa y ellos acababan de entregarle el reino al rival.
Parte 12: La llamada de la víbora
Asya subía las escaleras con una sonrisa, comiendo su manzana con esa elegancia natural que nunca la abandonaba. Estaba feliz, convencida de que su padre ya tenía el contrato firmado en el estudio. Al entrar a su habitación, lanzó su bolso sobre la cama y se disponía a entrar al vestidor cuando su teléfono personal comenzó a sonar.
Era Selin.
Asya suspiró con fastidio. Selin era de esas personas que uno mantiene cerca solo por etiqueta social, pero cuya presencia siempre dejaba un sabor amargo.
—¿Selin? Qué sorpresa —dijo Asya con voz neutra, mientras empezaba a desabotonarse los puños de su blusa.
—¡Ay, Asya querida! No sabes lo que acabo de ver —soltó Selin desde el otro lado, con una voz cargada de una falsa preocupación que goteaba veneno—. Estaba saliendo del club de golf y pasé por la oficina de Emre Bakırcı para dejarle un detalle, y no vas a creer a quién vi salir de allí... ¡corriendo como si hubiera visto a un fantasma!
Asya se detuvo en seco. Su instinto de empresaria se puso en alerta máxima.
—¿De qué hablas, Selin? —preguntó, tratando de que su voz no temblara.
—Vi a una mujer salir de su despacho privado. Iba vestida exactamente con ese traje azul de seda que tú tanto presumes, pero... no sé, Asya, se veía tan desaliñada, tan nerviosa. Incluso tropezó al entrar al ascensor. Me preguntaba si habías enviado a alguien en tu nombre, porque esa chica definitivamente no tenía tu clase. Emre se quedó allí, en la puerta, mirándola con una cara de... bueno, como si hubiera encontrado un juguete nuevo.
A Asya se le cayó el trozo de manzana al suelo. Sus ojos se clavaron en la puerta de su vestidor, que estaba entreabierta. Una duda oscura empezó a crecerle en el pecho.
—¿Un traje azul, Selin? —susurró Asya, sintiendo que la sangre se le congelaba.
—Sí, cariño. El azul marino de solapas anchas. ¿Pasa algo? Pensé que te gustaría saber que alguien está usando tu ropa y tu nombre para hacer el ridículo frente al hombre más poderoso de la ciudad. ¡Besitos!
Selin colgó, dejando a Asya en un silencio sepulcral. Asya caminó lentamente hacia su vestidor. Abrió la puerta de par en par y vio su traje azul. Estaba colgado, sí, pero el cinturón estaba mal puesto y había una pequeña mancha de sudor frío en el cuello que antes no estaba.




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