El Brillo de tu Ausencia

Capitulo 13-17

Parte 13: El juego de las sombras
​En la oficina, el ambiente aún vibraba con la energía eléctrica que había dejado Dachi. Emre, con los reflejos de un depredador, tomó la carpeta de la mesa y la deslizó dentro de su gaveta bajo llave justo antes de que Selin terminara de cruzar el umbral. El "clic" de la cerradura fue el punto final a su secreto.
​—¡Querido Emre! —exclamó Selin, entrando con ese aire de dueña del mundo que tanto la caracterizaba—. ¿Interrumpo algo importante? Porque vi salir de aquí a una... "visita" muy peculiar.
​Emre se recostó en su silla de cuero, entrelazando los dedos sobre el escritorio con una calma que desesperaría a cualquiera. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia.
​—Nada que deba preocuparte, Selin. Solo negocios —respondió él con voz plana.
​Selin soltó una risita cargada de veneno y se acercó al escritorio, tratando de ver si había quedado algún rastro.
—¿Negocios? Vamos, Emre. Conozco a Asya Sancak de toda la vida. Sé cómo camina, sé cómo se peina y sé que ella jamás saldría de una oficina tropezando con sus propios pies y con la cara roja de vergüenza. Así que dime... ¿quién era esa que iba como loca corriendo? Porque te aseguro que esa mujer no era Asya.
​Emre arqueó una ceja. Por dentro, su curiosidad se encendió aún más. Si esa mujer no era la famosa Asya, ¿quién era la joven hermosa que acababa de dejarle sus secretos comerciales en una carpeta?
​—Si no era ella, entonces el misterio es mucho más interesante de lo que pensé —dijo Emre con una sonrisa enigmática que hizo que Selin apretara los puños—. Pero mis clientes son privados, Selin. Y mis intereses... mucho más.
​Selin se quedó helada. Esa mirada de Emre no era la de un hombre que acababa de tener una reunión aburrida; era la mirada de alguien que acababa de encontrar un rompecabezas que quería armar.
Parte 14: La sospecha de Selin y el silencio en la casa
Selin salió de la oficina de Emre con la mirada fija en un punto inexistente, pero su mente trabajaba a mil por hora. No se creyó ni una palabra de lo que él le dijo. Antes de llegar al ascensor, se desvió hacia el escritorio de la asistente personal.
—Derca, dime algo —dijo Selin, bajando el tono de voz pero con un filo de autoridad—. Esa muchacha que acaba de salir de la oficina de Emre, la que iba hecha un manojo de nervios... ¿Quién era? ¿Cómo se anunció?
Derca levantó la vista de su computadora, un poco intimidada por la presencia de la mujer.
—Señorita Selin, no sabría decirle con exactitud. Solo dijo que venía en representación de la familia Sancak. El señor Bakırcı la hizo pasar de inmediato, sin pedir más detalles.
Selin apretó su bolso de diseñador con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—"Familia Sancak"... —susurró para sí misma—. Nadie me quita lo que es mío. Emre es mi destino, y voy a descubrir quién es esa ratoncita que se atrevió a entrar en su despacho usando el nombre de Asya.
Mientras tanto, en la mansión Sancak...
El silencio en el estudio de Hamit era tan denso que se podía sentir en la piel. Dachi seguía allí, con el cabello húmedo y los ojos hinchados de tanto llorar, viendo a su padre caminar de un lado a otro como un hombre que espera su sentencia.
—Tenemos que ir a buscarla, papá. Tenemos que recuperar esa carpeta antes de que ella se dé cuenta —decía Dachi entre sollozos.
Pero ya era tarde. En el pasillo, el sonido rítmico de los tacones de la verdadera Asya se detuvo justo frente a la puerta del estudio. No llamó. No pidió permiso. La puerta se abrió con una lentitud que daba más miedo que un grito.
Asya estaba allí parada, todavía con la ropa de trabajo, pero con una mirada que atravesaba las paredes. No miró a su padre; sus ojos se clavaron directamente en Dachi.
—¿Dónde estuviste hoy, hermana? —preguntó Asya con una calma glacial que hizo que a Hamit se le escapara un suspiro de terror—. Y más importante aún... ¿por qué mi traje azul huele a miedo y a un perfume que no es el mío?
Hamit intentó dar un paso al frente.
—Hija, escucha, yo puedo explicarte...
—Tú no, padre —lo cortó Asya sin quitarle la vista de encima a Dachi—. Quiero que ella me lo diga. ¿Qué fuiste a hacer a la oficina de Emre Bakırcı y qué hiciste con mi proyecto?
Parte 15: La leona en territorio enemigo
Asya no escuchaba los gritos de su padre ni los sollozos de Dachi que se quedaban atrás en la mansión. Solo sentía el pulso acelerado en su cuello y una rabia fría que la hacía conducir con una precisión peligrosa. Su proyecto, su esfuerzo de meses, estaba en manos de un hombre que ahora pensaba que ella era una mujer débil y asustadiza. No podía permitirlo.
Llegó al edificio Bakırcı como un torbellino. No se detuvo en el vestíbulo, no esperó el ascensor privado. Entró a la planta de la presidencia con una presencia tan imponente que los empleados se apartaban a su paso.
—¡Señorita! —exclamó Derca, levantándose de un salto al verla—. ¿Tiene cita? ¡Señorita Sancak, espere!
Asya no contestó. Abrió de par en par las puertas dobles de la oficina de Emre. Sus ojos recorrieron el despacho con la rapidez de un rayo: el escritorio de madera noble, los sillones de cuero, los estantes... pero no había rastro de la carpeta. El silencio de la oficina vacía la enfureció aún más. Salió de nuevo al área de recepción, donde Derca estaba pálida.
—¿Dónde está él? —preguntó Asya, y su voz sonó como el crujido de un látigo—. ¿Dónde está Emre Bakırcı?
—El... el señor salió hace diez minutos —tartamudeó Derca, sin entender por qué la mujer que hace unas horas salió huyendo con miedo, ahora regresaba con llamas en los ojos y una seguridad aterradora—. Tenía un compromiso en el puerto para revisar los terrenos de la nueva adquisición.
Asya apretó los puños. El puerto. Justo el lugar que ella había analizado en su proyecto. Se dio media vuelta sin decir nada, pero antes de salir, clavó su mirada en Derca.
—Si él llama, dile que Asya Sancak estuvo aquí. La verdadera. Y que lo que tiene en su gaveta no le pertenece.
Asya salió disparada hacia el puerto, mientras Derca, temblando, tomaba el teléfono para avisar a su jefe. Lo que Asya no sabía es que Selin todavía estaba en el edificio, observando desde una esquina, confirmando sus sospechas: la que vino antes era una impostora, y la que acababa de pasar era la verdadera amenaza.
Parte 16: El rugido de la verdadera reina
El sol del atardecer sobre el puerto de Estambul teñía todo de un naranja intenso, pero el ambiente era frío como el hielo cuando los frenos del auto de Asya chirriaron, bloqueando el paso del vehículo de lujo de Emre.
Él ya tenía un pie dentro del coche, listo para marcharse al ver que ella no llegaba, pero en ese instante la puerta se abrió de golpe. Asya bajó del vehículo con una elegancia que ni siquiera la rabia podía ocultar. Caminaba con pasos de fuego, su mirada fija en él, ignorando a los guardaespaldas y al ruido de los contenedores siendo movidos en el muelle.
—¡Señor Bakırcı! —su voz cortó el aire como un cristal—. Soy Asya Sancak. Y exijo que me devuelva ahora mismo lo que me pertenece.
Emre se enderezó lentamente. Había estado esperando a la mujer que temblaba en su oficina, pero al girarse, la sonrisa de superioridad que tenía preparada se le borró del rostro. El tiempo pareció detenerse. Si la joven de la mañana era hermosa, la mujer que tenía enfrente era una aparición. Sus ojos no tenían rastro de miedo; eran dos brasas encendidas que lo desafiaban sin parpadear. Su belleza no era solo física, era el aura de poder y dignidad que la rodeaba lo que lo dejó sin palabras por primera vez en su vida.
—Así que... usted es la verdadera Asya —dijo Emre con la voz un poco más ronca de lo normal, tratando de recuperar su compostura mientras la recorría con la mirada—. Debo admitir que la descripción que me dieron de usted se quedó muy corta.
—¡Ahorrese los halagos, Bakırcı! —le espetó ella, plantándose frente a él, tan cerca que podía sentir el calor de su presencia—. Mi proyecto, mi carpeta original. Sé que la tiene. Sé que la guardó en su gaveta. Usted no tiene derecho a tocar una sola cifra de ese documento sin mi consentimiento legal. ¿Qué clase de empresario es usted que necesita robarle las ideas a una mujer para poder avanzar?
Emre, recuperando su brillo en los ojos, dio un paso hacia ella, acortando la distancia mínima que los separaba.
—Yo no robo nada, Asya. Usted envió a una representante que "olvidó" sus armas en mi campo de batalla. Pero ahora que la veo a usted... entiendo por qué ella estaba tan nerviosa. Es difícil vivir bajo la sombra de un león cuando solo se es un pequeño cachorro.




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