Parte 18: El renacer de la Reina en el Çırağan
Asya cruzó el umbral de su casa dejando atrás el olor a salitre del puerto y el recuerdo del perfume de Emre. Su padre y Dachi la esperaban con el alma en un hilo, pero se quedaron mudos al verla tan calmada. Con una elegancia natural, Asya se quitó los zapatos, se hundió en el sofá y miró a su hermana, quien aún tenía los ojos rojos de tanto llorar.
—No lo vuelvas a hacer, Dachi —dijo Asya, poniendo una mano firme pero cariñosa sobre su pierna—. No vuelvas a intentar ser yo, porque tú eres grandiosa siendo tú misma. El mundo no necesita dos Asyas, necesita que tú encuentres tu propia voz.
La paz volvió al hogar de los Sancak, pero solo por un momento. Asya se puso en pie con una chispa nueva en los ojos.
—Ahora, familia, prepárense. Tenemos una gala en el Palacio de Çırağan y no pienso ir sola.
Subió a su habitación y abrió su santuario: el vestidor. De una funda de seda sacó un vestido color champagne que parecía líquido. Era una pieza maestra: de frente, el escote era una obra de arte que apenas cubría sus senos con una sofisticación absoluta, pero al girarse, la espalda quedaba totalmente al descubierto, cayendo en una curva perfecta hasta su cintura pequeña. Una abertura profunda en la pierna prometía robar suspiros con cada paso.
Pero el toque final no fue el vestido, ni los zapatos cubiertos de cristales que brillaban como diamantes. Fue el "Kkot-pin" (un prendedor coreano de piedras preciosas que le regalaron en Seúl). Asya, que siempre llevaba el cabello suelto como una melena de leona, decidió por primera vez recogerlo en un moño alto y elegante, sujetado por ese gancho que destellaba con cada movimiento de su cabeza. El Kkot-pin no era solo un adorno; era su amuleto de poder, un recordatorio de que su éxito era global.
Cuando bajó las escaleras, su familia quedó sin aliento. Asya no iba a una fiesta; iba a recuperar su territorio.
Parte 19: Luces, veneno y una ausencia provocadora
El Palacio de Çırağan brillaba bajo la luz de miles de cristales. Asquín, la mejor amiga de Asya, recorría el salón con la mirada, asegurándose de que la mesa de los Sancak fuera la mejor del lugar.
—Asya, el decorado es un sueño —le decía por teléfono—, pero no dejes que la presencia de la "arpía" de Selin te arruine la noche. Aún no llega, pero ya sabes que donde hay luz, siempre hay bichos.
Por otro lado, Selin finalmente hizo su entrada. Iba vestida con un rojo sangre escandaloso, un vestido lleno de lentejuelas y un escote que gritaba por atención. Se sentía la reina del lugar, pero su seguridad se tambaleaba cada vez que miraba la puerta esperando a Emre.
Mientras tanto, en la mansión Bakırcı, Emre terminaba de ajustarse su Smoking de seda negra hecho a medida. Se colocó su reloj de platino y dejó que el aroma de su perfume inundara la habitación. Al bajar, su chofer de confianza, Cau, le abrió la puerta del auto con una sonrisa pícara.
—Jefe, con todo respeto, parece que se fuera a casar hoy —dijo Cau al verlo tan impecable.
—Tranquilo, Cau —rio Emre, aunque sus ojos brillaban de una forma distinta—. Esto es solo para pasar el rato... aunque hoy voy a ver a la mujer más bella que he visto en mi vida.
—¿Lo dice por la señorita Asya? —preguntó Cau.
Emre no respondió, pero la sonrisa en su rostro lo dijo todo.
Cuando Emre llegó a la gala, Selin casi se lanza sobre él.
—¡Emre, querido! Pensé que no vendrías —dijo ella, colgándose de su brazo y tratando de marcar territorio frente a todas las miradas de la alta sociedad. Emre mantenía su cortesía gélida, buscando con la mirada entre la multitud.
En ese momento, la familia Sancak hizo su entrada. Hamit, Meryem y una Dachi que caminaba con la cabeza baja, sintiendo el peso de la vergüenza. Al ver a Emre, Hamit se acercó de inmediato.
—Señor Bakırcı —dijo Hamit con sinceridad—, quiero pedirle disculpas por lo sucedido en su oficina. Mi hija...
Emre detuvo las palabras de Hamit poniendo una mano suave en su hombro, mientras miraba a Dachi con un gesto de comprensión que la hizo respirar tranquila por primera vez.
—No se preocupe, señor Sancak. Los errores de juventud a veces traen los mejores descubrimientos.
Emre miró alrededor, notando que el lugar junto a Hamit estaba vacío.
—¿Está la familia completa? —preguntó con una curiosidad que no pudo ocultar.
Hamit, siguiendo el plan de su hija, respondió con una sonrisa forzada:
—Asya se quedó trabajando. Ella es así, los negocios son su vida.
Selin, al escuchar eso, soltó una risita triunfal.
—Pobre Asya —dijo con sarcasmo—, siempre tan aburrida entre papeles. Se va a perder la mejor noche de la temporada.
Pero lo que Selin y Emre no sabían es que, en ese mismo instante, el auto de Asya se detenía frente a la alfombra roja.
Parte 20: El impacto del Champagne y el choque de Reinas
El salón del Palacio de Çırağan estaba en su punto máximo. La orquesta tocaba una melodía suave y el tintineo de las copas de cristal llenaba el aire. Emre, aunque rodeado de los empresarios más poderosos del país que buscaban su atención, no escuchaba nada. Su mirada estaba fija en la entrada, ignorando incluso los comentarios venenosos que Selin le susurraba al oído.
Entonces, el tiempo se detuvo.
Las puertas se abrieron y Asya entró. No caminaba, parecía flotar sobre la alfombra roja. El vestido color champagne se movía como seda líquida alrededor de sus piernas, y con cada paso, la abertura dejaba ver la firmeza de su seguridad. Pero era su rostro, enmarcado por ese moño perfecto y el brillo celestial del gancho coreano, lo que silenciaba las conversaciones a su paso.
—¡Es ella! —murmuró alguien en la multitud.
Emre, sin pedir permiso a Selin ni a nadie, dejó su copa sobre una bandeja y caminó hacia el centro del salón. Se encontraron a mitad de camino, bajo la luz de la gran lámpara de cristal.
—Buenas noches —dijo Emre, y por primera vez su voz no era la de un negociador, sino la de un hombre cautivado—. Pensé que estaba usted atrapada entre papeles, señorita Sancak.
—Buenas noches, señor Bakırcı —respondió Asya con una sonrisa enigmática, sosteniéndole la mirada—. Los papeles pueden esperar cuando hay una noche tan... brillante.
Selin, roja de la rabia y sintiéndose invisible, corrió hacia ellos y se colgó del brazo de Emre, casi tropezando en el intento.
—¡Asya! —chilló con una falsa alegría que no engañaba a nadie—. Qué sorpresa que dejaras el escritorio. Pensé que no tenías nada que ponerte para un evento de este nivel.
Asya ni siquiera se dignó a contestar con palabras. Le dedicó a Selin una mirada de absoluta indiferencia, se acomodó el bolso de mano y, al seguir su camino hacia la mesa de sus padres, le dio un ligero "toque" con el hombro a Selin, apartándola de su paso con una elegancia letal.
Pero cuando Asya pasó de largo, el salón entero contuvo el aliento. Al dar la espalda, la seda champagne caía hasta casi la cintura, dejando al descubierto una piel perfecta, suave y luminosa. Emre se quedó paralizado. Sus mejillas, siempre impasibles, se tiñeron de un rojo suave y su garganta se secó. No podía apartar los ojos de esa espalda que era, al mismo tiempo, un desafío y una invitación.
Selin vio la cara de Emre y supo que había perdido la batalla antes de empezar.
Parte 21: El vals del destino y el hechizo desatado
La orquesta comenzó a tocar una melodía turca antigua, una balada cargada de nostalgia y pasión que llenó cada rincón del palacio. Emre, que estaba a punto de beber su champaña, casi se ahoga al reconocer las notas; era su canción favorita, la que guardaba en lo más profundo de su corazón. Al ver que Asya era quien la había pedido, supo que no había vuelta atrás: esa mujer era su otra mitad.
Sin pensarlo, Emre se levantó de la mesa. Selin saltó como un resorte pensando que bailaría con ella, pero él ni siquiera la miró. Caminó directo hacia Asya.
—Señorita Sancak, su padre me ha concedido este honor —dijo Emre con una voz que vibraba de emoción contenida.
Asya sintió que las manos le sudaban y que el piso se movía, pero al ver la mirada tranquilizadora de Hamit, aceptó. En cuanto la mano de Emre tocó su cintura descubierta, una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de ambos. Él tragó en seco, sintiendo la piel suave de Asya bajo sus dedos.
—Hubiera sido un error entregarte esos documentos en una oficina fría —le susurró Emre al oído mientras se movían al ritmo de la música—. Este es el lugar donde debíamos estar. Los papeles pueden esperar... yo no.
Selin, desde la orilla, ardía en un fuego de celos que ya no podía controlar. No iba a permitir que Asya brillara un segundo más. Con paso firme, se lanzó hacia la pista fingiendo un tropiezo y chocó con todas sus fuerzas contra Asya.
—¡Oh, lo siento! —fingió Selin con una sonrisa de víbora.
El impacto fue tan fuerte que Asya perdió el equilibrio, pero los brazos de Emre se cerraron sobre ella como un escudo de acero, sosteniéndola contra su pecho. En el movimiento, el golpe hizo que el Kkot-pin, el gancho de piedras coreano, saltara por los aires.
El tiempo se detuvo. El moño de Asya se deshizo y su cabello cayó en una cascada de seda oscura, ondulando sobre sus hombros y cubriendo la espalda que antes estaba desnuda. Fue una transformación total: de la reina impecable a una diosa terrenal y salvaje. Emre, teniéndola tan cerca, sintió que el aroma de su cabello lo envolvía por completo. Se quedaron mirando fijamente, ignorando el escándalo, los chismes y a una Selin que, al ver que su plan había fallado y que ahora ellos parecían salidos de un cuento de hadas, quería que la tierra se la tragara.
—Ahora —susurró Emre, acariciando un mechón de ese cabello suelto—... ahora sí te veo completa, Asya.
Parte 22: El honor de las Sancak y el adiós de la Reina
El sonido del golpe de Dachi contra la mejilla de Selin resonó más fuerte que la orquesta. Selin se llevó la mano a la cara, con los ojos desorbitados, mientras el murmullo de las risas de los invitados empezaba a crecer como una marea.
—¡Mi hermana es intocable! —sentenció Dachi, olvidando por un momento su propia timidez y enfrentando a la víbora frente a todos.
Hamit y Meryem se acercaron rápidamente para contener la situación, pero el daño ya estaba hecho. Selin, fuera de sí y con el maquillaje corrido por las lágrimas de rabia, comenzó a gritarle a Emre, exponiendo su desesperación ante el mundo:
—¡He hecho todo por ti, Emre! ¡Toda una vida esperando que me mires! ¡Y prefieres a esta mujer que solo viene a robarte con sus proyectos!
Emre, manteniendo una calma que helaba la sangre, dio un paso al frente y la miró con lástima.
—Selin, basta. No se puede robar algo que nunca fue tuyo. Yo nunca he sido tuyo —dijo con una firmeza cortante—. Estás obsesionada y esto se acaba aquí.
Asya, con el cabello aún suelto pero con una dignidad que hacía que pareciera llevar una corona invisible, se acercó a la humillada Selin. La miró desde su altura, impecable a pesar del caos.
—Es una cucharada de tu propia medicina, Selin —le dijo con voz suave pero letal—. En lugar de perseguir a un hombre que ni siquiera te ve, deberías buscar la forma de construir algo propio. Deja de vivir de tus padres y empieza a vivir de tu propio esfuerzo. Quizás así, algún día, alguien te respete.
Asya miró a su familia y, con un gesto de cabeza, les indicó que era hora de partir. Se giró hacia Emre, quien la miraba con una mezcla de admiración y un deseo que quemaba. Él no quería que se fuera, quería retenerla en esa pista de baile para siempre.
—Lo siento, señor Bakırcı —dijo Asya, recuperando su tono profesional pero con un brillo especial en los ojos—. Mañana estaré en su oficina a primera hora. Iré por mi documento... o por la firma del mismo. Usted decide.
Asya salió del Palacio de Çırağan escoltada por su familia, dejando atrás a un Emre Bakırcı que, por primera vez en su vida, contaba los segundos para que amaneciera y volviera a ver a la mujer que le había robado el aliento.