SIPNOSIS DEL LIBRO: EL CADAVER TAMBIEN RIE
En una ciudad donde la muerte se ha vuelto rutina, un cadáver aparece con una mueca imposible: una sonrisa. Lo que en un principio parece una broma macabra pronto se transforma en el punto de partida de una investigación inquietante que mezcla humor negro, crimen y una profunda reflexión sobre la condición humana.
A medida que los personajes se adentran en el misterio, salen a la luz secretos enterrados, culpas silenciadas y verdades incómodas. Entre giros inesperados y diálogos cargados de ironía, la novela invita al lector a preguntarse si la risa es una forma de resistencia… o la última burla antes del final.
El cadáver también ríe es una historia provocadora que desafía los límites entre la tragedia y la comedia, donde incluso la muerte tiene algo que decir.
CAPÍTULO 1
Donde aparece un cadáver y nadie se excita como debería
Glen Miller: El cadaver.En vida gurú del sexo consciente. En muerte, una bomba de secretos.
EL CADAVER ESTABA BOCA ARRIBA, completamente vestido, y aun así resultaba obsceno.
No por la posición, bastante correcta para alguien muerto, sino por la sonrisa. Glem Miller, sonreía como si la muerte hubiera sido solo una palabra mal pronunciada. Como si en cualquier momento fuera a abrir los ojos y a cobrar entrada.
—No mires tanto —dijo la comisaria Julie Quinn—. Parece que te va a pedir un autógrafo.
—Estoy intentando decidir si está muerto o simplemente satisfecho —respondí.
Ella suspiró. Siempre suspiraba conmigo. Era su forma de no arrestarme por existir.
El apartamento olía a incienso caro y fracaso humano. Libros de autoayuda sexual por todas partes: Respira tu orgasmo, El clímax interior, Haz el amor contigo mismo (y luego con otros). Glen Miller había hecho una fortuna diciéndole a la gente cómo tocarse sin culpa. Al parecer, alguien había decidido tocarlo a él con consecuencias permanentes.
—¿Qué hacía un detective privado aquí? —preguntó Quinn.
—Lo mismo que tú —dije—. Llegar tarde.
No era del todo mentira. La viuda me había llamado esa mañana. Voz suave, precisa, como si cada sílaba estuviera entrenada para no revelar nada.
“Creo que mi marido ha muerto… otra vez”, —había dicho.
Cuando llegué, ya estaba la policía. Siempre me ganaban por minutos y por dignidad.
Me acerqué al cuerpo. No había signos evidentes de violencia. Nada de sangre. Nada de drama clásico. Solo una copa de vino volcada, un cenicero lleno y un ambiente que gritaba: aquí pasó algo raro y probablemente desnudo.
—Muerte natural —dije.
—Autopsia —corrigió Quinn—. Y no, Nigel, no puedes investigar.
—Nunca investigo —sonreí—. Solo hago preguntas incómodas y cobro por ellas.
En ese momento entró Greta Hyde, sin pedir permiso. Vestía de negro, como si el luto fuera una broma privada. Me miró, arqueó una ceja y sonrió.
—Vaya —dijo—. Si lo sé, traigo palomitas. Un cadáver, mi ex y la policía. Esto promete.
La comisaria cerró los ojos. Yo no.
Porque cuando Greta sonreía así, algo siempre acababa mal… y curiosamente divertido.
Y porque, aunque nadie lo sabía todavía, Glen Miller no había muerto solo.
Había dejado suficientes secretos como para matar a medio pueblo.