NOTA DE INTENCIÓN DEL AUTOR
Esta novela nace de una pregunta sencilla y contemporánea:
¿qué ocurre cuando el poder deja de ocultarse y empieza a explicarse mejor que nadie?
Desde el inicio quise escribir un thriller distinto, donde el misterio no se resolviera solo descubriendo “quién fue”, sino entendiendo cómo funciona un sistema cuando es puesto en evidencia y, aun así, sobrevive. El motor de la historia no es únicamente un crimen, sino una red de silencios, pactos implícitos y narrativas cuidadosamente construidas.
El sexo aparece en la novela no como provocación gratuita, sino como lenguaje de poder. No hay interés en el escándalo explícito, sino en cómo la intimidad, el deseo y la culpa pueden utilizarse como moneda simbólica,
Los personajes principales representan distintas formas de enfrentar ese sistema. Glen Miller encarna un poder antiguo, personalista y excesivo, que termina por exponerse a sí mismo. El sustituto, en cambio, representa una versión más moderna y peligrosa: un poder que no niega los hechos, sino que los reformula, los vuelve aceptables e integra al discurso público. Entre ambos, los protagonistas se mueven en un terreno ambiguo, donde decir la verdad no garantiza justicia ni reparación.
El tono combina suspense, ironía y humor negro, porque creo que el lector contemporáneo reconoce mejor las contradicciones del mundo cuando estas se muestran con cierta distancia crítica. El humor aquí no suaviza la historia: la vuelve más incómoda y más cercana.
El final es deliberadamente abierto. No hay una gran caída del sistema ni una victoria limpia. Esta elección responde a una idea central del libro: el poder rara vez desaparece; se adapta. Sin embargo, también deja una grieta, una sensación de inquietud persistente, que invita al lector a seguir pensando la historia más allá de la última página.