CAPÍTULO 2
Donde todos mienten un poco y algunos con talento
Sally Miller: viuda del muerto, elegante, ambigua, imposible de leer.
LA VIUDA APARECIÓ UNA HORA DESPUÉS, cuando el cadáver ya había sido cubierto y la escena empezaba a oler menos a muerte y más a burocracia.
Sally Miller entró como si el departamento aún le perteneciera emocionalmente, no legalmente. Vestía un vestido claro que no gritaba luto, pero tampoco felicidad. Era una elección inteligente. Todo en ella lo era.
—¿Es verdad? —preguntó, mirando a nadie en particular.
—Tan verdad como suele ser la gente —respondí yo.
La comisaria Quinn me fulminó con la mirada. Sally, en cambio, me observó con interés clínico. Reconocí esa expresión: la misma que usaba Glen Miller en las portadas de sus libros. Analizar al otro como si fuera una pregunta incómoda.
—Usted es Nigle Groyden —dijo—. El detective.
—A veces —contesté—. Otras soy solo un mal hábito.
No sonrió, pero algo en sus ojos se contrajo levemente. Punto para mí.
—Mi marido hablaba de usted —continuó—. Decía que era… fascinante.
—Decía muchas cosas —intervino Greta,—. La mitad eran mentira y la otra mitad también.
Sally la miró por primera vez. Dos mujeres midiendo fuerzas sin levantar la voz. El tipo de duelo que deja cicatrices invisibles.
—¿Usted era paciente? —preguntó Sally.
—No —respondió Vera—. Yo cobraba menos y decía la verdad.
Silencio.
Quinn carraspeó.
—Señoras, si van a pelear, háganlo fuera del perímetro.
—No vamos a pelear —dije—. Vamos a recordar.
Me acerqué a Sally. Olía a algo caro y discreto. Como una mentira bien ensayada.
—¿Dónde estaba usted anoche? —pregunté.
—En un retiro de silencio —respondió sin dudar—. Tres días sin hablar.
—Qué ironía —murmuré—. Su marido murió sin decir nada.
Ella me sostuvo la mirada. No parpadeó.
—Glen siempre habló demasiado —dijo—. Supongo que alguien decidió callarlo.
Greta soltó una risa breve.
—O alguien se cansó de escucharlo gemir sobre el “yo interior”.
Sally se giró hacia ella.
—¿Se acostó con mi marido?
Greta ladeó la cabeza.
—¿En qué año?
Quinn levantó una mano.
—Basta.
Yo tomé nota mental. Demasiada tensión para ser improvisada. Demasiadas verdades dichas en forma de broma.
—Sally —dije—, su marido tenía enemigos.
—También amantes —corrigió ella—. Y discípulos. A veces eran lo mismo.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿Qué era para él?
Por primera vez, vaciló.
—El público —respondió al fin—. Yo veía el espectáculo completo.
Cuando se fue, el departamento quedó en silencio. Greta se sentó en el sofá sin pedir permiso.
—Esto va a ser divertido —dijo—. Trágico, sucio y divertido.
—Alguien mató a un hombre —le recordé.
—Y alguien se acostó con el hombre equivocado —me miró—. Tú incluido, seguro.
No respondí. No hacía falta.
Porque ya empezaba a entender algo:
Glen Miller no había muerto por sexo.
Había muerto por todo lo que venía después.