CAPÍTULO 3
Donde el pasado vuelve desnudo y sin pedir permiso
Nigel Groyden:detective privado, 42 años, brillante cuando no bebe. Vive del cinismo y del deseo mal gestionado.
GRETA NO SE LEVANTÓ DEL SOFA hasta que la policía se fue. Cuando el último uniforme desapareció por la puerta, cruzó las piernas con lentitud deliberada.
—¿Siempre miras así o solo cuando hay muertos de por medio? —preguntó.
—Es una mirada profesional —respondí—. Se activa cuando algo no cuadra.
—Entonces mírame bien —sonrió—, porque yo nunca cuadro.
Encendí un cigarro que no debía fumar en un departamento ajeno. Glen Miller lo habría aprobado. Le gustaba que la gente rompiera reglas mientras hablaba de conciencia plena.
—¿Por qué estabas aquí? —le pregunté.
—Porque Sally Miller me llamó.
Eso sí me sorprendió.
—¿La viuda llama a la ex amante del muerto? Eso no es duelo, es casting.
—Me pidió que hiciera reír a la gente esta noche —dijo—. Dice que el humor ayuda a procesar el trauma.
—¿Y tú?
—Yo ayudo a procesar casi cualquier cosa.
Nos miramos. El aire se tensó como una cuerda vieja. Había pasado tiempo desde la última vez que nos habíamos visto desnudos, pero no lo suficiente como para olvidar cómo terminaba siempre.
—Glen tenía algo —continué—. Algo que no quería que saliera a la luz.
Greta se inclinó hacia adelante.
—Tenía muchas cosas. Vídeos, audios, confesiones. La gente hablaba con él como si fuera un confesionario con piernas.
—¿Chantaje?
—Conciencia guiada —se burló—. “Dime tu secreto y te digo cómo aceptarlo”.
Me acerqué a la estantería. Libros perfectamente ordenados. Demasiado perfectamente.
—Elías era desordenado —murmuré—. Esto lo ordenó alguien más.
Pasé el dedo por detrás de los libros. Algo cedió. Un panel falso. Dentro, una memoria USB negra, sin marca.
Greta silbó.
—Mira qué monje tan tecnológico.
Guardé la memoria en el bolsillo.
—Si Quinn ve esto, me arresta.
—Si Sally lo ve, te mata —dijo—. Y si yo lo veo… bueno, depende del contenido.
Nos reímos. Demasiado fuerte. Demasiado nerviosos.
—¿Sabes quién querría esto? —le pregunté.
Greta dudó.
—Todos.
Se levantó y se acercó. Demasiado cerca. Olía igual que antes. A problemas bien contados.
—Nigel —dijo—, Glen no ayudaba a la gente. La exponía. Les enseñaba que su deseo era una bomba… y luego les daba la mecha.
—¿Y quién encendió la cerilla?
—Alguien que se cansó de arder.
Sonó mi teléfono. Número desconocido.
—Groyden —contesté.
Silencio. Luego una voz distorsionada:
—Devuelve lo que no es tuyo.
La llamada se cortó.
Greta me miró con una sonrisa lenta.
—Bueno —dijo—. Ya estás oficialmente dentro.
—Nunca estuve fuera —respondí.
Y en ese momento supe dos cosas:
Alguien estaba dispuesto a matar por lo que había en esa memoria…
Y yo estaba a punto de acostarme con la persona menos adecuada para mantener la cabeza fría.