El cadaver tambien rie

CAPÍTULO 4: Donde la policía sospecha, el deseo estorba y la verdad empieza a oler mal

CAPÍTULO 4

Donde la policía sospecha, el deseo estorba y la verdad empieza a oler mal

Julie Quinn: humorista, ex amante de Nigel, inteligencia afilada y libido peligrosa

La comisaria Quinn: policía, harta de Nigel y extrañamente atraída por el.

Observó el informe preliminar con cara de resaca moral.
Muerte sin signos de violencia. Paro cardíaco.
Demasiado limpio. Nadie muere así cuando ha vivido tan sucio.

—Un terapeuta sexual sin enemigos es como un bar sin borrachos —dijo a su ayudante—. No existe.

Salió de la comisaría y marcó un número que conocía de memoria.

—Dime que no estás metido en esto —pidió, sin mucha fe.

—Depende de lo que consideres “esto” —respondí—. ¿Muerte? ¿Sexo? ¿Mentiras?

Silencio. Luego:
—Voy a verte.

Colgué y miré a Greta. Estábamos en mi departamento, lo suficientemente lejos del crimen y demasiado cerca el uno del otro. Ella llevaba mi camisa. Yo no recordaba cuándo me la había quitado.

—Eso fue una pésima idea —dije.

—¿Cuál? —preguntó—. ¿El sexo o confiar en mí?

—Sí.

Se rió. Siempre se reía cuando todo se complicaba. Era su superpoder.

—¿Vas a ver qué hay en la memoria? —preguntó.

—Claro —respondí—. Si voy a arruinar mi vida, al menos quiero contexto.

Conecté la USB al portátil. Una carpeta. Un nombre: CONFESIONES.

Vídeos. Audios. Fechas. Nombres.

—Oh —murmuró Greta—. Esto no es terapia. Esto es dinamita.

Abrí uno al azar. Un hombre conocido de la ciudad, casado, respetable, llorando mientras confesaba algo que no repetiré ni borracho. Otro archivo: una mujer, famosa, hablando de una muerte “accidental” ocurrida años atrás.

Cerré el portátil.

—Esto explica el silencio —dije—. Glen no ayudaba a aceptar la verdad. La coleccionaba.

—Y alguien decidió romper la vitrina —añadió Greta.

Llamaron a la puerta.

Tres golpes. Autoritarios.

—Es ella —dije.

—¿La policía o tu mala conciencia? —sonrió Greta.

Abrí. Quinn entró sin saludar. Miró a Greta, mi camisa, mi cara.

—Clase magistral de discreción, Nigel..

—Estoy investigando —dije.

—Estás follando —corrigió—. Y probablemente contaminando pruebas.

Me sostuvo la mirada. Algo más que enojo pasó por sus ojos. Algo que siempre evitábamos nombrar.

—¿Qué encontraste? —preguntó.

No respondí. Greta sí.

—Un muerto con demasiados secretos —dijo—. Y mucha gente que respiró aliviada cuando dejó de hablar.

Quinn frunció el ceño.
—¿Dónde está la memoria?

Silencio.

—No la tengo —mentí.

Ella suspiró.
—Nigel… alguien intentó borrar el historial médico de Glen anoche. Desde dentro del sistema policial.

Eso cambió todo.

—¿Un policía? —pregunté.

—O alguien con acceso —respondió—. Esto ya no es solo un crimen raro. Es una red.

Greta se acercó a la ventana.
—Entonces no buscan justicia —dijo—. Buscan control.

Quinn me señaló.
—Si estás escondiendo algo y esto explota, te hundes conmigo.

—Siempre me hundo contigo —sonreí.

No devolvió la sonrisa.

Cuando se fue, el departamento quedó en silencio otra vez. Demasiado silencio.

—Nigel —dijo Greta—, no estamos resolviendo un asesinato.

—Lo sé.

—Estamos eligiendo a quién joder la vida.

Asentí.

Porque ya estaba claro:
Glen Miller no murió por lo que sabía…
Sino porque ya no sabía callarse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.