El cadaver tambien rie

CAPÍTULO 5: Donde alguien cruza la línea y nadie queda limpio

CAPÍTULO 5

Donde alguien cruza la línea y nadie queda limpio

Greta Hyde: humorista, ex amante de Nigel, inteligencia afilada y libido peligrosa.

El mensaje llegó a las tres de la mañana, que es la hora oficial de las malas decisiones.

DEVUÉLVELO.

ÚLTIMA OPORTUNIDAD.

Sin firma. Sin estilo. Eso lo hacía peor.

—Qué considerados —dijo Greta, leyendo por encima de mi hombro—. Antes mataban sin avisar.

—Están nerviosos —respondí—. Eso significa que lo que tenemos vale algo.

—O que tú vales poco —sonrió.

Salí de la cama y me puse los pantalones. El departamento parecía más pequeño de noche, como si las paredes también escucharan.

—Tenemos que sacar copia —dije—. Si me pasa algo, quiero que esto sobreviva.

—¿“Si”? —Greta se estiró—. Qué optimista eres cuando estás asustado.

Fuimos a un local veinticuatro horas. Luz blanca, café malo, un tipo que no hacía preguntas porque había visto demasiado. Mientras copiaba los archivos, revisé los nombres otra vez.

Entonces lo vi.

—No… —murmuré.

—¿Qué? —preguntó Greta.

Un archivo fechado dos días antes de la muerte.

Nombre del archivo: Quinn_J

Greta se quedó inmóvil.

—Eso no significa nada —dijo—. Puede ser otra persona.

—No —respondí—. Nigel era un narcisista meticuloso. Siempre usaba nombres reales.

El silencio entre nosotros fue espeso. El tipo del local carraspeó. La máquina pitó: copia terminada.

—¿Vas a verlo? —preguntó Greta.

—No aquí.

Regresamos al auto. Me senté con la memoria en la mano como si pesara una tonelada.

—Si ella está involucrada… —empezó Greta.

—Entonces no hay nadie limpio —terminé.

Sonó mi teléfono otra vez. Número conocido esta vez.

—Bruno —dijo Quinn—. Dime que no has hecho nada estúpido.

—Depende —respondí—. ¿Aún confías en mí?

Silencio largo. Demasiado largo.

—¿Qué encontraste? —preguntó al fin.

Miré a Greta. Ella negó con la cabeza. Muy despacio.

—Encontré algo que te involucra —dije.

Respiración contenida al otro lado de la línea.

—Glen me grabó —admitió—. Una sesión. Legalmente gris. Moralmente asquerosa.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque no maté a nadie —dijo—. Pero alguien sí… para que eso no saliera.

Un coche pasó demasiado despacio frente a nosotros. Luces apagadas. Motor encendido.

—No estás a salvo —le dije.

—Tú tampoco —respondió—. Escúchame bien: hay gente dentro y fuera de la policía que pagaría por borrar esos archivos. Y no pagan con dinero.

El coche se detuvo.

—¿Dónde estás? —preguntó.

Demasiado tarde.

La puerta se abrió de golpe. Un golpe seco en la cabeza. El mundo se volvió ruido y luz rota.

Lo último que vi fue a Vera gritando mi nombre…

y una mano llevándose la memoria USB.




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