CAPÍTULO 6
Donde despierto atado y confirmo que el humor es un mecanismo de defensa
Desperté con dolor. Eso fue lo primero.
Lo segundo fue la certeza de que no estaba muerto, lo cual en ese momento me pareció una decepción moderada.
Tenía las manos atadas a una silla y una luz apuntándome a la cara. El cliché completo. Faltaba la música dramática, pero no se puede pedir todo.
—Si vas a matarme —dije—, avisa. Así ajusto expectativas.
Una silueta se movió frente a mí.
—Siempre tan encantador, Groyden.
Reconocí la voz. Y eso fue peor que cualquier arma.
—Hola, diputado —murmuré—. Jamás pensé que te vería en un sótano. Te imaginaba más… corrupto al aire libre.
Rupert Blay. Político local. Defensor de la moral familiar. Archivo número tres en la memoria de Glen. Casado, tres hijos, sonrisa televisiva.
—Glen era un enfermo —dijo—. Grababa a la gente sin permiso.
—No —corregí—. Grababa con consentimiento… firmado. Lo leí.
Me dio un golpe seco en el estómago. Profesional. Sin rabia. Eso siempre asusta más.
—Esa memoria no te pertenece —continuó—. Hay cosas que no deben salir a la luz.
—Claro —tosí—. La verdad siempre queda fatal en campaña.
Se acercó más.
—¿Dónde está la copia?
Sonreí. Me dolía todo, pero la sonrisa salió sola.
—¿Qué copia?
Otro golpe. Esta vez en la cara.
—Mira —dije cuando pude respirar—, ya me secuestraste, me pegaste y rompiste varios delitos en cadena. Si me matas, solo confirmas que eres culpable.
—No necesito matarte —respondió—. Solo convencerte.
Detrás de él apareció otra figura.
Vera.
Libre. Demasiado tranquila.
Mi estómago cayó más que con los golpes.
—Hola, Nigel —dijo—. Perdón por el drama.
—Dime que esto es parte de un plan brillante —susurré.
—Lo es —respondió—. Simplemente no es tu plan.
Rupert sonrió.
—La señorita Greta Hyde entendió rápido. Inteligente. Divertida. Y muy consciente de lo frágil que es la gente que ama.
La miré. Busqué algo. Culpa. Miedo. Algo.
—Lo siento —dijo Greta—. Esto se nos fue de las manos.
—Siempre se te van —respondí—. Por eso me gustabas.
Rupert se inclinó.
—Última oportunidad, Groyden. ¿Dónde está la copia?
Cerré los ojos.
—En un lugar seguro —mentí.
Vera respiró hondo.
—Nigel… —empezó.
—No —la interrumpí—. Si vas a venderme, hazlo sin discurso. Es más elegante.
Silencio tenso.
Entonces sonaron sirenas. Lejanas, pero inconfundibles.
Rupert palideció.
—¿Qué hiciste? —Le gritó a Greta.
Ella sonrió. De verdad esta vez.
—Improvisé —dijo—. Nunca fui buena siguiendo planes.
El caos estalló. Gritos. Pasos. La silla cayó.
Mientras todo se volvía ruido, pensé una cosa muy clara:
El misterio ya no era quién mató a Glen Miller.
Era quien iba a sobrevivir a la verdad.