El cadaver tambien rie

CAPÍTULO 7: Donde nadie sale ileso y la confianza queda en cuidados intensivos

CAPÍTULO 7

Donde nadie sale ileso y la confianza queda en cuidados intensivos

Desperté en un hospital con una pulsera en la muñeca y demasiadas preguntas en la cabeza. No era la primera vez, pero siempre esperaba que fuera la última.

—No te muevas —dijo Quinn—. Si mueres ahora, el papeleo me mata a mí.

Giré la cabeza. Estaba sentada a mi lado, sin uniforme, con cara de haber pasado la noche discutiendo con la realidad.

—¿Rupert? —pregunté.

—Detenido —respondió—. Por ahora. Tiene abogados que cuestan más que mi sueldo anual.

—¿Y Greta?

Silencio.

Eso fue respuesta suficiente.

—Habló —dije.

—Lo justo —admitió Quinn—. Te salvó la vida, Nigel. No lo olvides.

—Nunca olvido a quien me traiciona —respondí—. Ni a quien me rescata. A veces son la misma persona.

Quinn me observó con algo parecido a compasión. Eso sí que dolía.

—Glen Miller murió por un ataque inducido —dijo—. Una combinación de sustancias que alguien puso en su vino. Nada violento. Nada evidente.

—Elegante —murmuré—. Muy acorde a su marca personal.

—El encargo vino de más arriba —continuó—. Rupert no fue el cerebro. Solo el que pagó.

—¿Quién entonces?

Quinn dudó.
—Aún no puedo decirlo. Y tú no deberías preguntar.

—Entonces estamos jodidos —sonreí—. Cuando la policía deja de hacer preguntas, es porque las respuestas son peligrosas.

Se levantó.

—Descansa —dijo—. Y Nigel… esta vez no te metas.

Nos miramos. Ambos sabíamos que mentía.

Horas después, cuando el hospital se volvió silencioso, alguien se sentó en la silla que Quinn había dejado vacía.

—Hola —dijo Greta.

Tenía un moretón en el brazo y los ojos rojos de no dormir. No parecía una femme fatale. Parecía humana. Eso era nuevo.

—¿Vienes a terminar el trabajo? —pregunté.

—Vengo a explicarme —respondió—. Aunque sé que no sirve de nada.

—Adelante —dije—. Siempre me gustaron las malas explicaciones.

—Rupert me amenazó —dijo—. No conmigo. Con alguien más.

—Siempre es alguien más.

—Pero yo llamé a la policía —añadió—. Sabía que no saldrías vivo si no lo hacía.

—¿Y la copia?

Sonrió apenas.
—No todo el mundo es idiota.

Eso me sorprendió.

—¿Qué vas a hacer ahora? —pregunté.

—Desaparecer un tiempo —respondió—. Contar chistes en otro lugar. Reírme de otros monstruos.

Asentí.

—Cuídate, Nigel —dijo—. Tú siempre te quedas cuando todos se van.

—Alguien tiene que apagar las luces —respondí.

Se fue sin besarme. Eso fue lo más honesto que hizo en años.

Cerré los ojos.

El caso no estaba resuelto.
El poder seguía intacto.
Y la verdad… la verdad estaba en pausa.

Pero ya no estaba solo.

Y eso, en este negocio, era casi una victoria




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