CAPÍTULO 8
Donde el poder sonríe, la verdad se maquilla y el monstruo no parece un monstruo
Salí del hospital con puntos, analgésicos y una sensación incómoda: alguien había ganado tiempo. Y el tiempo, cuando se compra, nunca es barato.
Quinn me prohibió investigar. Con voz firme. Con ojos cansados.
Eso fue lo que más me convenció de que debía hacerlo.
El nombre llegó por una vía absurda: un camarero demasiado hablador y un recibo olvidado.
Fundación Horizonte Interior.
Patrocinadora principal de los retiros de Glen Miller.
Directora ejecutiva: Marie- Louise Falcón.
—La madre del civismo local —murmuré—. Claro que sí.
Falcón era intocable. Filántropa. Conferencista. Invitada habitual a programas matinales donde hablaba de ética, sanación y “liderazgo consciente”. Glen había sido su joya mediática. Su gurú de cabecera.
Y su error.
Conseguí una cita con ella fingiendo algo que siempre funciona: culpa.
Su oficina era blanca, luminosa, sin una sola sombra. Eso ya era sospechoso.
—Nigel Groyden —dijo, sonriendo con la precisión de alguien entrenada para no parecer peligrosa—. Glen hablaba de usted.
—Espero que bien —respondí—. Los muertos tienen tendencia a exagerar.
No se rió. Sonrió más.
—Lamento su pérdida —continuó.
—No era mío —dije—. Era de todos.
—Ese fue el problema —respondió sin dudar.
Ahí estaba. El desliz mínimo. El ego habla antes que el discurso.
—Glense desvió —continuó—. La fundación promovía sanación, no exposición.
—Pero financiaba grabaciones ilegales.
—Legales —corrigió—. Consentidas. El poder siempre es consentido… hasta que deja de ser conveniente.
Me incliné hacia adelante.
—¿Mandó a matarlo?
No parpadeó.
—Glen se mató solo —dijo—. Yo solo retiré la red.
Ahí lo entendí todo.
No era una villana clásica.
Era una gestora de daños.
—Rupert —dije—. Policías. Jueces. Todos grabados.
—Todos humanos —respondió—. Y todos asustados.
Se levantó. Me dio la espalda.
—Usted también lo estaría —añadió—. Si supiera cuántas vidas se sostienen sobre secretos.
—Alguien va a hablar —dije.
—Siempre hablan —sonrió—. Y siempre se cansan.
Me acompañó a la puerta.
—Este caso está cerrado, señor Groyden. El muerto fue un exceso. La lección ya se aprendió.
—¿Y si no? —pregunté.
Me miró por última vez.
—Entonces será otro muerto absurdo.
Salí con náuseas. No de miedo. De claridad.
El asesino no era una persona.
Era un sistema con buena prensa.
Y yo…
Yo era un problema pequeño, pero ruidoso.