CAPÍTULO 9
Donde la verdad se filtra, el miedo se organiza y el humor se vuelve un acto político
No puedes tumbar a un sistema gritándole.
Pero puedes hacerlo tosiendo en el micrófono adecuado.
Volví a casa y abrí la copia de la memoria. La miré como se mira a un animal peligroso: con respeto y un plan de escape.
No iba a publicar todo. Eso sería una masacre indiscriminada. Elías había grabado monstruos, sí, pero también idiotas, cobardes y gente demasiado humana para merecer el apocalipsis.
Necesitaba un nombre.Uno grande.
Uno imposible de barrer bajo la alfombra.
Y apareció.
Un vídeo corto. Reciente.
Marie-Louise Falcón, relajada, sin maquillaje institucional, diciendo una frase que no estaba pensada para salir al mundo:
“No es chantaje si ellos aceptan que su verdad es peligrosa.”
—Bingo —murmuré—. Filosofía aplicada al delito.
Llamé a un periodista. No uno famoso. Uno cansado. Los cansados son los únicos valientes que quedan.
—Te voy a mandar algo —le dije—. Si no vuelvo a llamarte en veinticuatro horas, publícalo.
—¿Es grande? —preguntó.
—Es elegante —respondí—. Y eso siempre molesta más.
Colgué y me serví un trago. Me dolía todo. El cuerpo, la cabeza, la conciencia. Pero la ironía seguía intacta, y eso era mi único capital.
Sonó el timbre.
Abrí con la pistola en la mano. Aprendí algo, al menos.
Era Quinn.
—Estás filtrando —dijo sin saludar.
—Estoy respirando —respondí—. A veces coincide.
Entró y cerró la puerta.
—Si esto sale —dijo—, se cae media ciudad.
—Solo la parte que estaba podrida —contesté—. El resto se adapta.
Me miró largo rato. Luego dejó el arma sobre la mesa.
—Ya eligieron por mí —dijo—. Intentaron moverme de puesto esta mañana.
Sonreí.
—Siempre hacen eso cuando hueles demasiado cerca.
—¿Qué publicaste? —preguntó.
—Lo justo —respondí—. Para que nadie duerma tranquilo, pero tampoco encienda hogueras.
Se sentó. Se pasó las manos por la cara.
—Glen era un bastardo —dijo—. Pero sabía algo importante.
—¿Qué cosa?
—Que el deseo es el mejor archivo —respondió—. Todo el mundo guarda algo que no quiere perder.
Asentí.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora el sistema se defiende —dije—. Y nosotros vemos cuánto aguanta la risa.
Mi teléfono vibró. Mensajes. Notificaciones. El ruido digital de un escándalo naciendo.
Quinn cerró los ojos.
—Ya empezó.
—Sí —sonreí—. Y esta vez no pueden fingir que fue un accidente.
Miré la pantalla una vez más.
El nombre de Glen Miller estaba en todas partes.
Muerto.
Por fin escuchado.