CAPÍTULO 10
Donde el sistema muerde, los amigos caen y la risa cuesta caro
El escándalo duró exactamente doce horas antes de que alguien empezara a sangrar.
No en redes. En la vida real.
El periodista me llamó a las seis de la mañana. No dijo hola.
—Me allanaron —dijo—. Legalmente impecable. Moralmente pornográfico.
—¿Publicaste? —pregunté.
—Claro —respondió—. Cuando el poder sonríe, es porque ya decidió aplastarte.
Colgó. Su tono no era heroico. Era cansado. Ese cansancio que solo llega cuando sabes que hiciste lo correcto y aun así vas a perder algo.
Encendí la televisión. Marie-Louise Falcón hablaba con voz serena sobre “manipulación mediática” y “material sacado de contexto”. El presentador asentía como si le hubieran ajustado el cuello con una corbata invisible.
—Hija de puta elegante —murmuré.
Quinn llegó una hora después. Traía café y malas noticias.
—Suspendida —dijo—. Temporalmente. Mientras “se aclara mi imparcialidad”.
—Eso significa que eres culpable de pensar —respondí.
—Y tú —añadió— tienes una orden de registro pendiente.
Nos miramos. Dos profesionales del desastre.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
—No —dijo—. Pero duele.
Sonó mi teléfono. Número privado.
—Nigel Groyden —dijo una voz femenina—. Está usted jugando a ser héroe.
—No —respondí—. Juego a no ser cómplice.
—Tiene dos opciones —continuó—. Callarse y desaparecer… o seguir hablando y perder a alguien que le importa.
Miré a Quinn.
—Ya perdí a casi todos —dije—. Tendrán que esforzarse más.
La línea se cortó.
Horas después me enteré:
Greta había sido detenida en otro país. Un cargo viejo. Ridículo. Suficientemente real.
—Es un mensaje —dijo Quinn—. “Podemos tocar a quien quieras”.
Me senté. El humor no salió. Eso también era nuevo.
—Entonces vamos a terminarlo —dije—. Rápido y feo.
—¿Cómo?
Sonreí por primera vez en horas.
—Con lo único que el poder no controla del todo —respondí—: el ridículo.
Porque si algo aprendí de Glen, de Greta y de mí mismo…
Es que cuando el deseo se expone, el monstruo pierde la máscara.
Y ya no pensaba protegerla.