El cadaver tambien rie

CAPÍTULO 14: Pornografía moral

CAPÍTULO 14

Pornografía moral

La pornografía no siempre enseña cuerpos.

A veces enseña culpa.

Descubrí el patrón una madrugada, cuando dejé de mirar los archivos como pruebas y empecé a mirarlos como discurso. Glen Miller no coleccionaba actos sexuales. Coleccionaba contradicciones.

Gente hablando de familia mientras describía deseos que no encajaban en ninguna foto de Navidad.
Defensores de la ética pública pidiendo permiso para no ser quienes decían ser.
Voces temblorosas que no pedían placer, sino absolución.

Eso era el verdadero material sensible.

—No es porno —murmuré—. Es catecismo invertido.

El sexo no aparecía como escándalo, sino como síntoma. Nadie se excitaba frente a la cámara. Se desarmaban. Se quitaban capas. Se escuchaban a sí mismos por primera vez… y eso los aterraba más que cualquier desnudo.

Ahí estaba el truco.

El chantaje clásico exige una amenaza.
Este no.

Aquí bastaba con que el archivo existiera.

No hacía falta decir “si no haces esto, publico aquello”.
Bastaba con recordar: “Yo sé quién eres cuando nadie te aplaude”.

La pornografía moral funciona así: no muestra lo prohibido, muestra lo inconfesable. No vende placer, vende vergüenza organizada.

Llamé a Quinn.

—¿Sabes qué es lo peor? —le dije.

—Siempre —respondió—. Pero dime.

—Que nadie fue forzado —continué—. Vinieron solos. Pagaron. Firmaron. Suplicaron ser grabados.

Silencio.

—Porque el poder necesita sentirse deseado —añadí—. Incluso cuando se odia por ello.

—¿Y Elías? —preguntó—. ¿Qué ganaba?

Miré la pantalla. Pausé un vídeo en el momento exacto en que alguien dejaba de hablar como figura pública y empezaba a hablar como animal asustado.

—Superioridad —respondí—. El orgasmo del terapeuta.

Colgué y me serví un café que sabía a castigo.

Entendí entonces por qué la fundación no destruía los archivos, aunque podía. No eran un seguro para usarlos: eran un recordatorio permanente.

La gente obedecía mejor cuando sabía que su imagen pública era una ficción frágil.

El sexo, reducido a herramienta pedagógica.
El deseo, convertido en expediente.

Eso era la pornografía moral:
Usar la intimidad ajena no para excitar, sino para disciplinar.

Greta lo explicó mejor que yo cuando apareció esa noche sin avisar.

—No los grababan para verlos —dijo—. Los grababan para que se vieran a sí mismos… sabiendo que alguien más también podía hacerlo.

—Eso destruye a cualquiera —respondí.

—No —corrigió—. Solo a los que viven de parecer otra cosa.

Pensé en cuántas veces el mundo había usado el sexo para castigar, no para gozar. ¿En cuántas carreras se habían sostenido por el miedo a una cama mal explicada?

—Esto no va de moral —dije—. Va de control estético.

Vera sonrió, cansada.

—La hipocresía siempre ha sido más obscena que el deseo.

Cuando se fue, me quedé mirando los archivos otra vez. Ya no me repugnaban. Me daban algo peor: claridad.

Glen Miller no murió por grabar sexo.
Murió por administrar vergüenza mejor que quienes creían poseerla.

Y alguien, en algún lugar muy limpio, había decidido que ese negocio debía continuar…
Pero sin intermediarios incómodos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.