El cadaver tambien rie

CAPÍTULO 15: La comedia del arrepentimiento

CAPÍTULO 15

La comedia del arrepentimiento

El arrepentimiento es una puesta en escena.

Lo descubrí cuando empezaron a llamarme personas que jamás me habrían saludado en la calle. Gente con cargos, con agenda, con fotos oficiales donde nadie suda.

—Solo quiero aclarar algo —decían.
—Esto se está malinterpretando —añadían.
—Usted entenderá que fue un momento de debilidad.

Momentos de debilidad muy bien agendados.

El primero fue un concejal de cultura que hablaba como si estuviera dando una conferencia incluso cuando pedía auxilio.

—No soy hipócrita —me dijo—. Soy complejo.

—No, señor —respondí—. Es usted coherente en privado e incoherente en público. Eso no es complejidad, es marketing.

No volvió a llamar.

Luego vino una empresaria del rubro “bienestar emocional”. Lloró. Mucho. Demasiado bien.

—Glen me ayudó —dijo—. Me enseñó a aceptarme.

—¿Y ahora? —pregunté.

—Ahora me están juzgando.

—No —la corregí—. Se está juzgando sola. El resto solo mira.

Colgó antes de que pudiera terminar la frase. El arrepentimiento siempre huye cuando no obtiene aplausos.

Lo fascinante era el tono común. Nadie negaba lo ocurrido. Nadie se indignaba por la grabación. Todos estaban ofendidos por el contexto.

—No pueden mostrar eso sin explicar quién soy —decían.

Ahí estaba la comedia.

El poder no teme al pecado.
Teme la edición.

Greta lo resumió mejor cuando se sentó frente a mí en un bar demasiado luminoso para conversaciones honestas.

—Quieren controlar el remate —dijo—. No la historia.

—Exacto —respondí—. No les molesta haber deseado. Les molesta no poder dirigir la risa.

Porque la risa había empezado.

Memes. Parodias. Imitaciones cuidadosas que no decían nada explícito, pero lo sugerían todo. Nadie nombraba a nadie. No hacía falta.

La comedia es cruel cuando es precisa.

—Esto se va a volver contra nosotros —advirtió Greta.

—Siempre lo hace —dije—. Pero mientras tanto, funciona.

Quinn apareció más tarde, con ojeras nuevas y paciencia vieja.

—Están ofreciendo declaraciones públicas de arrepentimiento —dijo—. Conferencias. Disculpas. Talleres de “reconstrucción ética”.

—Claro —respondí—. El perdón como performance.

—Y va a colar —añadió—. La gente ama a quien se disculpa bien.

Pensé en Glen. En cómo enseñaba a aceptar el deseo sin consecuencias públicas. En cómo había creado el escenario perfecto para que el arrepentimiento se volviera rentable.

—El monstruo aprendió rápido —murmuré—. Ya no necesita esconderse. Ahora se emociona frente a cámara.

Greta se rió, sin alegría.

—La comedia del arrepentimiento —dijo—. Lloran, prometen, siguen igual.

—Sí —respondí—. Pero ahora sabemos algo.

—¿Qué?

—Que cuando se arrepienten en público, es porque ya se perdonaron en privado.

Eso los hace peligrosos.
Y previsibles.

Y mientras el mundo aplaudía disculpas bien iluminadas, alguien, en algún despacho silencioso, tomaba nota de quién había sabido llorar…
Y quién no.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.