El cadaver tambien rie

CAPÍTULO 16: Los archivos que no duermen

CAPÍTULO 16

Los archivos que no duermen

Los archivos no olvidan.
Solo esperan.

Lo supe cuando alguien accedió a una carpeta que no había abierto en semanas. No dejó rastro visible. No hizo ruido. Solo una pequeña anomalía en el registro de actividad. Un parpadeo en la pantalla.

Como un ojo que se abre.

—No estamos solos —murmuré.

Apagué el portátil y lo encendí otra vez, por superstición más que por técnica. Nada. Todo en orden. Eso era lo inquietante.

Glen Miller había creado un sistema elegante: copias redundantes, accesos escalonados, claves que cambiaban según patrones emocionales. Narcisismo tecnológico.
Pero también había dejado algo más: dependencia.

Gente que no sabía vivir sin saber que su secreto seguía cautivo.

Alguien había intentado comprobarlo.

Llamé a Greta.

—Están tocando los archivos —le dije.

—Siempre los tocan —respondió—. Es como una herida: no pueden dejar de mirarla.

—No para borrar —añadí—. Para asegurarse de que siguen ahí.

Silencio.

—Entonces esto no terminó —dijo al fin.

—No —respondí—. Solo cambió de forma.

Empecé a revisar metadatos. Horarios. IPs encubiertas. Todo llevaba a lo mismo: accesos legales a través de instituciones legales.

El poder no hackea.
Autoriza.

Encontré una carpeta que no había visto antes. No nueva. Antiguamente invisible.
Nombre: SEGUIMIENTO.

Dentro, notas de Elías. Observaciones clínicas que no tenían nada que ver con el ámbito clínico. Evaluaciones de riesgo. Predicciones.

“Si este sujeto pierde el cargo, hablará.”
“Esta persona preferirá hundir a otros antes que caer sola.”

Elías no solo grababa. Modelaba escenarios.

—Hijo de puta brillante —susurré.

Ese archivo era el verdadero peligro. No mostraba pecados. Mostraba mecanismos.

Y alguien más lo sabía.

Recibí un correo sin remitente. Una sola línea:

“Cierra eso o aprenderás a dormir mal.”

Me reí. Fue automático. Defensivo.

—Duermo mal desde hace años —dije en voz alta.

Pero cerré el portátil.

Esa noche soñé con Glen. Estaba vivo. Sonreía. Me mostraba un espejo y me decía algo que no entendía al despertar.

Por la mañana, Quinn apareció con café y una noticia.

—Reabrieron un caso viejo —dijo—. Un suicidio. De alguien que estuvo en terapia con Elías.

—¿Casualidad? —pregunté.

—No —respondió—. Advertencia.

El sistema no quería borrar los archivos.
Quería usarlos mejor.

Y por primera vez desde que empezó todo, tuve miedo real.
No de morir.
De que la verdad aprendiera a administrarse sin mí.

Porque los archivos no duermen.

Y cuando despiertan, no preguntan quién los creó.
Solo a quien obedecen.




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